Somos nuestra memoria, ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.
Jorge Luis Borges. Poema Cambridge (1969)
Don Vicente mira a la gente pasar de camino al Mercadillo de los viernes, en Denia.
Pero hoy no es un viernes común.
Hace un par de días murió Rosa, su esposa de toda la vida. Ese pensamiento le cierra el pecho y llena sus ojos de lágrimas.
Entonces, para minimizar el dolor, intenta recordar el pasado. La memoria es esquiva a su edad, aunque sólo la reciente, a la antigua la recuerda muy bien. Tal vez, demasiado bien.
Era un niño cuando comenzó la Guerra Civil, apenas 4 añitos.
Denia fue uno de los últimos bastiones de la República, y por eso tuvo el “privilegio” de ser bombardeada desde el mar y por las fuerzas aéreas franquistas, alemanas e italianas.
Vicente recuerda las explosiones, los paisanos que corrían ahí mismo, en el sitio donde está él ahora: los espacios abiertos al lado de lo que es actualmente el Museo del Juguete, y antes, la estación de trenes.
¿Estará lista la comida cuando llegue a casa?
Debe acordarse de comprar flores para Rosita. Se ganará un beso.
Cada vez que pasa por el túnel del castillo, que se utilizaba como refugio antiaéreo, también retumban las bombas en su cabeza, y a veces debe detenerse para no caer al suelo.
Otra vez la memoria lo lleva a algún año de la postguerra, y la imagen aparece más sólida, porque es la del hambre.
Pasa un tiempo. Recoge comida de las pensiones, de los colegios, hasta de la basura. Va de la mano de Paquita, su madre, viuda de Mario Beltrán, que acabó su vida en la batalla de Teruel, una de las más sangrientas de la guerra.
Su existencia está marcada por esa guerra. Aunque apenas fuera muy pequeño, vivió los tiempos del odio y la revancha que vinieron después, sobre todo en los 40 y 50.
El reloj pulsera, casi tan antiguo como él, le muestra las 11 de la mañana.
Alguien lo saluda por su nombre y con una sonrisa, y Vicente responde pero no sabe quién es.
Tiene hambre, tal vez fue el recuerdo de la postguerra, y además es la hora del esmorzaret.
Camina lento, arrastrando los pies, al bar Ironía.
Se sienta y pide una caña, y lo de siempre. Dice lo de siempre porque no se acuerda del nombre del bocata.
Si senyor, responde el mozo en valenciano.
Y después llegaron los exnazis.
Eso fue apenas terminó la guerra en Europa, en el 45 o 46.
Johannes Bernhart se llamaba el más famoso de ellos. Fue el que ayudó a contactar a Franco con Hitler para obtener ayuda aérea.
Más tarde vinieron muchos más. Se juntaban en el restaurante Finita todos los 20 de julio para celebrar el cumpleaños del Führer. Algunos hasta vestían uniformes de las SS.
Vicente, cerca de los 20 años, tocaba la flauta dulce en la banda del Ayuntamiento. Los convocaban para interpretar pasodobles, y después piezas de Wagner, cuando ya estaban pasados de copas.
Allí conoció a Rosa.
Su gesto adusto se ablanda con la imagen de ella joven. Les costó mucho convencer a sus suegros pues ellos eran franquistas, pero el amor pudo más que todo.
El amor, y la barriga hinchada de su novia.
Ahora sonríe. Hace mucho que no sonríe aunque ignora la razón. Cuando llegue a casa le contará a Rosita.
Traen la caña y unas aceitunas. Está helada y entra bien en esa mañana cálida de junio.
El cabrón de Johannes se escapó a la Argentina en 1953, perseguido por los americanos. Sabe la fecha porque fue para cuando quitaron las cartillas de racionamiento. Había amasado buen dinero con la construcción y el alquiler de los primeros bungalows turísticos del pueblo.
Allí en el sur, amparado por Perón, compró tierras, e hizo crecer su fortuna hasta su muerte.
Llega el bocadillo. El perfume de la carne a la plancha y las cebollas asadas le alcanza claro y fuerte a pesar de su edad.
Ha pedido otra caña.
De pronto, los vericuetos de su mente despliegan mensajes luminosos de neón, que se superponen con todo lo demás.
Hizo fortuna hasta su muerte…
¿Estará lista la comida cuando llegue a casa?
Debe acordarse de comprar flores para Rosita. Se ganará un beso.
Rosita ha muerto. Lo aterra ese olvido.
¿Pero cómo puede ser?, se pregunta.
Está de pie, sin saber a dónde irá.
Ojalá se hubiera ido con ella, reflexiona.
Deja unas monedas sobre la mesa.
Y el bocadillo intacto.
Al que las palomas, hambrientas, comienzan a rodear.
Ricardo Viti, 4 de junio de 2024