Wings

Septiembre de 2024. En un cine familiar de Jávea, sobre la costa del Mediterráneo, miro un documental sobre el conjunto Paul McCartney and the Wings. Lo hicieron en 1974; la calidad del video deja que desear pero la del audio es excelente. La cereza de la torta es Geoff Britton, el baterista de la banda cuando hicieron la filmación. Geoff vive en Jávea, y al terminar la proyección se presta a responder preguntas y nos llena de alegría con sus anécdotas.

Pero hay algo más. Las canciones, que hacía mucho no escuchaba, me despiertan un hecho que ocurrió en aquella época y por culpa del disco de Wings, tan sólo apenas 50 años atrás. 

Fue un sábado a la noche. Creo que estábamos en la casa de mi amigo Pablo, o tal vez, en lo de Teresita, que quedaba cerca. Con nosotros se encontraba ella y su marido Eduardo. 

Teresita era la típica morocha argentina: chiquita, tez oscura, con un cuerpo bien torneado y ojos negros y sobre todo, pícaros, muy pícaros. Respiraba sensualidad. Nosotros teníamos cerca de 20 años y ella 23 o 24, aunque de “experiencia” nos llevaba siglos.

Eduardo no se distinguía por nada en particular, salvo por ser una persona sencilla y buena.

Mi amigo Pablo se había enamorado de Teresita; con ella había debutado. A mi la muchacha me despertaba deseos eróticos inconfesables y prohibidos.

Alguien tenía el LP de Wings, acababa de salir, y queríamos escucharlo.

El departamento estaba vacío, y además, como mi papá había traído un combinado Grundig de España, una joya tecnológica para la época que poseía un sonido espectacular, ¡Qué esperábamos!

Aunque era un poco tarde nos tomamos el tren y dormitamos hasta la estación Pacífico, luego, un colectivo y ya cerca de la medianoche, arribamos al departamento.

En cuanto llegamos pusimos la música y nos desparramamos en los sofás del living. 

Eduardo dijo que estaba muerto de sueño y preguntó si podía tirarse en mi cama a descansar.

Fui a la cocina a buscar un vaso con agua y cuando regresé, Pablo y Teresita se estaban besando. 

Quedé paralizado, el pobre Eduardo dormía a pocos metros en mi habitación mientras que su mujer se abrazaba y besaba con mi mejor amigo.

No quise ni mirar, me senté en otro sillón y me concentré en las canciones.

Al terminar el lado uno ya habían dejado de besarse y su marido roncaba en mi cuarto.

Decidieron que era tarde y debían regresar. Despertaron a Eduardo y se marcharon.

Yo me quedé solo. Apagué el equipo y me fui a la cama, que todavía estaba tibia.

Tardé en dormirme.

Eduardo murió a los pocos meses en un accidente automovilístico. Teresita tuvo una niña de ese matrimonio.

Una tarde llamó por teléfono la mamá de Pablo, lloraba. Me pidió que hablara con mi amigo, porque se iba a casar con una puta, que además era mayor que él y le iba a arruinar la vida

Algo de esto le comenté a Pablo. No obstante,  él estaba decidido.

Fui a su boda.

Se divorció no mucho después porque supo que ella lo había engañado con uno de sus mejores amigos.

Que no era yo.

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