En un caserío de la zona rural Istilla, en la ladera de un monte, al final de un camino de subidas y curvas, Juan Mari, que fue mozo de un bar casi toda su vida, ensaya su mejor sonrisa, que deja mucho por desear.
No hace mucho tiempo, quiso el destino que su mujer, Edurne (nieve en vasco), heredara unos euros, entonces Juan se jubiló y compraron la casa donde ambos viven y reciben los huéspedes de Airbnb.
Cuando se conocieron Edurne vivía en San Sebastián, no muy lejos de allí.
Era la única hija de una familia próspera en el negocio de la madera. Estaba predestinada a estudiar en la universidad y gestionar los negocios del padre. Sin embargo, nada de eso ocurrió. Entró al bar donde trabajaba Juan Mari, se enamoró de él, quedó embarazada… Y los casaron.
Ese hijo nació muerto, casi como su matrimonio.
Es fines de agosto, y los clientes menguan. Hoy ha llegado una pareja de venezolanos que vienen de Madrid. Están en los treinta. Él es informático y trabaja en su casa. Ella piensa qué puede estudiar, aunque no se decide.
Son sus primeras vacaciones desde que llegaron a España.
Jose Miguel observa todo con ojos de niño. El paisaje verde, húmedo, salpicado de montañas bajas, le evoca recuerdos nostálgicos de su tierra natal. Está feliz; van rumbo a Francia, quieren llegar hasta Normandía.
Pero Danna extraña a su madre, las amigas, y a Pedro. Los dos eran amantes hasta que vino a España.
Pedro era militante chavista, machista y muy sinvergüenza, y la idea de irse del país no figuraba en sus planes, como tampoco la de casarse.
Por otro lado, José Miguel es un profesional serio, decidido a formar una familia y salir de esa trampa que es Venezuela.
Ella quiere conocer otros mundos, aunque no sabe bien la razón, porque pasear no le interesa.
La razón es que ha tenido una vida dura y pobre hasta ahora y le encanta refregar los viajes por los morros de sus amigas. Se pasa el tiempo poniendo fotos en Facebook e Instagram; pareciera que se alimenta de la envidia que genera.
El problema es que, a pesar de todo, la atraen los “chicos malos”. Pedro es un perfecto exponente, además de un buen amante.
En estos últimos días, en los que pasan más tiempo juntos, Danna y José han comenzado a tener fricciones.
No para de mirar el teléfono para ver si su “amiguito” le ha enviado alguna cochinada.
Edurne y su marido cuchichean en la cocina mientras ella prepara pescado frito. Él acaba de terminar su primer vaso de vino y ya va por el segundo. No le gusta lo que le propone su mujer, pero parece que no hay remedio. Con cada vaso se diluyen las dudas.
Tiene que ser esta noche, dice la mujer. Mañana se nos escapan.
Cada tanto una mueca de dolor le tuerce el rostro. Tiene un cáncer terminal de cuello uterino. Por vergüenza se dejó estar, y ahora ya es tarde.
Deja de tomar que si no no podrás ayudar, murmura.
Terminan de cenar. Se sientan afuera así Juan Mari se despeja un poco.
¿Tienes todo listo?, pregunta él.
Sí, hombre.
Danna y Jose Miguel regresan de un paseo por Hondarribia. En la plaza del pueblo había un concierto. Una morocha, acompañada por un saxo, cantaba con voz dulce canciones gallegas. Tomaron una cerveza y más tarde unas tapas en el bar de la esquina. Una luna grande salió detrás de un edificio antiguo de piedra color arena. El momento romántico los llevó a darse un beso, el primero del viaje.
Pero no duró mucho, en el coche volvieron a discutir, casi a los gritos. Fue porque sonó el wasup de ella y se vio que era un mensaje de Pedro.
¿Todavía sigues chateando con ese imbécil?
Es sólo un amigo.
Sí, claro.
Suben rápido hasta el caserío. Casi se desbarrancan.
Saludan al matrimonio sentado en la oscuridad.
Hace calor en la vieja habitación, y no hay ni aire acondicionado ni ventilador.
Con desconfianza abren la ventana. El hombre les ha dicho que si deciden hacerlo apaguen la luz para que no entren insectos.
El muchacho se acuesta en la otra cama, el enojo hace que no quiera sentir el contacto con ella.
Tienen sed. Les han dejado una botella grande de agua helada que terminan enseguida.
Y así, caen en un sueño profundo, ajenos a todo.
El sótano de la casa es enorme y fresco, de paredes y piso de piedras muy antiguas, del mismo color arena que las del edificio de Hondarribia.
Hay una especie de altar, velas negras, libros enormes, muy viejos. Y un par de vasos con un líquido que humea como si tuviera hielo seco.
¿Tienes que hacerlo conmigo también?, pregunta Juan Mari.
Yo estoy sano. Y me gusta ésta vida, no otra.
En eso habíamos quedado, responde su mujer.Pero si no quieres, allá tú.
Pues traigo a la chica entonces, contesta él.
Le cuesta llevarla hacia abajo, y el bochorno de esa noche no lo ayuda.
Ha sacado las piedras del piso en un rincón, y ha excavado dos tumbas, pero una tendrá que taparla. Será mañana. Entonces aprovechará para enterrar a Edurne. Le suena raro eso.
Ya ha hecho su trabajo, y no quiere mirar lo que ejecutará su mujer.
Sentado afuera vuelve al vino, que lo acuna hasta que se duerme.
A la madrugada lo sacude Danna, pero no es ella.
¿Qué me cuentas Juan? ¡funciono!
Mira mira las tetas que tengo, le dice mientras toma su mano y se la lleva a sus pechos. Y el culo… nunca tuve uno así.
Lo que te has perdido, hijo, le dice mientras, con una sonrisa macabra, cierra la puerta.
Ricardo Viti, 10 de septiembre de 2024