De izq. a der. Yolanda, Jacinta, Zoilo (yo), Eulogia y Epifanio
Fue hace una semana.
El COVID 23 hacía estragos. Mucho más fuerte que su predecesor, el 19, había liquidado cerca del 90% de la población de Buenos Aires. Altamente contagioso, se incubaba en un par de días y te eliminaba en tres o cuatro, normalmente de asfixia, aunque también de fiebre alta.
Mi hermana Yolanda alcanzó a escapar por los pelos de la casa de mamá en Martinez. Era buscada desde hacía rato por narcotraficante.
Pero claro, también la policía estaba diezmada, en cuanto sintió las sirenas sacó su Peugeot 2008 del garaje y se piró, dejando a su madre de 101 años y su cuidadora solas y aisladas.
En la estación de servicio la esperaba yo. Redujimos a la preciosidad que servia nafta, y cargamos el tanque a tope.
Ahí se nos unió Epifanio. No sabía yo su origen ni tampoco la razón de que lo lleváramos. Le gustó a la Yoli y con eso bastó. Brava la Yoli, si no hacés lo que te ordena estás frito.
Después, a pesar de que le rogaba que saliéramos de la capital que era un hervidero de enfermos y muertos, fuimos a buscar a Jacinta a La Lucila, una amiga de ella, conocida por “la princesa de Kaphurtala” porque siempre esperaba ser atendida y nunca hacía nada.
Ibamos apretados en el auto cuando “la princesa” nos pidió que paráramos en Sarmiento y la vía.
¿Para qué?, le pregunté.
Tenemos que llevar a Eulogia, contestó, tiene guita y la vamos a necesitar.
La susodicha llevaba una valija como para ir a Europa. (Espero que esté llena de plata, me acuerdo que pensé). La cargué en el baúl y,
apretados y nerviosos, salimos para la Panamericana.
Cuatro horas nos llevó hasta Villa Paranacito, tal vez un poco más porque había retenes de la Policía y del Ejercito, no sé para qué.
Cada vez que veíamos uno teníamos que retroceder y tomar un camino rural.
Recuerdo que salimos de la ruta y, después de unas barreras viejas y abandonadas, tomamos un camino que rápidamente se convirtió en ripio.
En las puertas del pueblo nos encontramos con una especie de milicia mal organizada.
No nos querían dejar pasar, no había infectados en Villa Paranacito. Nosotros solo deseábamos aguantar unos días y luego conseguir una lancha e ir a Uruguay. A la Yolanda la buscaban hasta en la televisión.
Por suerte la señal de internet y la tele ya no llegaban a la villa.
Conseguimos, después de una montaña de billetes, que nos dejaran en cuarentena (por un tiempo dijeron) encerrados en tres habitaciones del hotel Villa Paranacito (¿de que otra manera se podía llamar?).
Mientras estuvimos ahí nos alimentaron con una sopa chirle con gusto a pollo que dejaban en una mesa afuera del hotelito.
Nos acomodamos Yolanda y Epifanio en una habitación, Jacinta y Eulogia en otra y yo en la que quedaba.
Afortunadamente los cuartos estaban conectados entre sí. La Yoli terminó de enamorarse locamente del Epifanio. No nos dejaban dormir por las noches con su barullo amoroso.
Eulogia era hija de terratenientes y conocía infinidad de países. Nos regalaba historias y nos hacía viajar con ella y sus anécdotas. Al principio me pareció soberbia y arrogante pero después me di cuenta que era solo para tapar su dulzura.
Jacinta, a pesar de su personalidad de niña consentida, dejó ver una espiritualidad y pureza difícil de encontrar en esta época.
Yo, por mi parte, saqué a relucir mi escritor de adentro y les leía mis cuentos antes de dormir.
Al otro día llegaron Monica y Luis, una pareja en sus sesenta que procedían de Moron.
Ellos venían con el bicho y se lo pasaron a Aldo, el dueño del establecimiento, que a su vez se lo contagió a su mujer y su hija y las empleadas de limpieza que no tardaron en pasárselo al resto del pueblo.
Cuando dejaron de servirnos la sopa y observamos que no había ni movimiento ni ruidos, sospechamos algo.
Rompimos las puertas.
No quedaba casi nadie vivo.
Vimos solo un bote con tres mormones vestidos de traje que cruzaba el río para bendecir a los caídos.
El perfume de la selva era tapado por el hedor de la podredumbre.
Epifanio encontró la forma de hacer funcionar la balsa y cruzamos a la isla 9, donde vivían o viven (no sé) los mormones.
Recorrimos un camino de tierra lleno de pájaros carpinteros, cuises y lagartos hasta llegar al otro lado.
Ahí robamos una lancha. ¡Bah! Robar es un decir porque el dueño ya no pertenecía a este mundo.
Acá estamos, con rumbo incierto hacia Uruguay. Yoli conduce el barco y los otros tres dormitan el cansancio provocado por estas ultimas jornadas.
Pronto se hará de noche. Los mosquitos hacen estragos en los cuerpos dormidos. Yo me mantengo alerta.
No me fio de la Yoli…
Ricardo Viti, 2 de enero de 2024
Uruguay
Estamos en Paso de los Toros, nos llevó más de una semana llegar a este lugar.
Recién ahora puedo escribir, fueron días duros.
Con la embarcación tomamos el arroyo Martinez y luego giramos a la derecha y seguimos el arroyo La Tinta hasta el río Uruguay.
Estaba muy oscuro y decidimos esperar a la mañana para continuar. No se veía absolutamente nada, salvo el reflejo mortuorio del agua.
En plena noche me despertó una extraña luz. Primero pensé que era un avión pero por la forma en que se movía y que a veces parecía detenerse y, sobre todo, la intensidad que iluminaba como una aurora boreal el horizonte, hizo que descartara una aeronave. Desperté a los demás. Yolanda se enfureció, había conducido la lancha durante varias horas y estaba agotada, pero cuando vio esa luminiscencia detuvo su ira.
Jacinta lloraba, algo presentía ese ser tan sensible.
Epifanio elaboraba ideas extrañas sobre el origen del fenómeno y se enredaba en ellas sin llegar a nada concreto.
El horizonte permanecía incendiado de un naranja rojizo, y luego un tono verde que nos espantó.
Todo esto duró unos diez minutos, luego se extinguió.
Ya no pudimos dormir.
La mañana resultó fría y ventosa a pesar de que era verano.
¡Por fin cruzábamos al Uruguay!
La masa de agua no nos recibió bien, olas cortas nos salpicaban de frío, para colmo a mitad de camino comenzó a llover. Yo conducía esta vez, y apenas podía ver la costa del otro lado.
Antes de llegar se nos acabó el combustible. Afortunadamente encontramos un remo y conseguimos, no sin esfuerzo, llegar a la playa La Agraciada, aunque nos llevó un buen tiempo.
Encontramos un camping municipal y nos fuimos derecho a la proveeduría.
No había nadie… vivo… pero todavía no estaba cortada la electricidad y nos hicimos de provisiones.
Luego sacamos los cadáveres que encontramos en el bar del camping y desayunamos.
Estábamos muertos de hambre.
Eulogia, como un verdadero chef, nos preparó un desayuno delicioso tan mágico que por un momento nos hizo olvidar nuestra precaria situación.
No nos resultó difícil encontrar un vehículo. Al lado de una carpa enorme dimos con un Mercedes 300 SE de los 90. Una ballena comodísima color negra de tapizado crema.
Casi nos peleamos para conducirlo. Al final sorteamos y salió Epifanio como chofer.
Tocábamos el cielo con las manos: provisiones, un buen desayuno, un coche espectacular.
Decidimos seguir hacia el norte y, para esto, tomamos la ruta 21.
Bueno, cuento hasta acá porque Eulogia me dice que hay noticias importantes.
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Sigo con mi relato, han pasado dos semanas espantosas.
El noticiero explicó que las luces extrañas eran OVNIS, que habían aterrizado en Uruguay.
A los dos días una pequeña nave extraterrestre sufrió un desperfecto y aterrizó de emergencia. Los alienigenas fueron capturados e interrogados. Físicamente eran muy parecidos a nosotros, aunque mucho más inteligentes.
Venían a invadir la Tierra, pues su mundo estaba contaminado.
Los dos COVID, el 19 y el 23 eran experimentos de ellos que funcionaron parcialmente.
Confesaron que existía algo más. Otro virus que diseminaron justo antes de la Invasión.
Éste virus sumía a los afectados en un coma que los transformaba en seres ágiles y salvajemente hambrientos … de carne humana.
Pero había un problema, afortunadamente para ellos, no soportaban el agua, por lo que los infectados quedaron confinados a Uruguay.
Brasil y Argentina, con los pocos recursos que tenían, verificaron que el pequeño país estuviera rodeado por canales.
Con la ayuda de los infectados, bautizados uruguantos, comenzaron a destruir todo aunque antes de llegar a Paso de los Toros la misma contaminación del aire los mató.
La autodestrucción de los invasores generó espacios temporales distorsionados, llamados Fluctuaciones Temporales, y éstos han causado problemas en Argentina y Brasil. Básicamente son zonas donde el tiempo transcurre errático.
Conseguimos escapar, hemos vuelto a Buenos Aires, que parece vacía como cuando se va todo el mundo de vacaciones.
No sé cómo saldremos adelante…
Ricardo Viti, 12 de enero de 2025