Lo despertó un llamado a medianoche. Era su mujer desde Buenos Aires.
No te quiero más, le dijo.
Me quiero separar.
Un insulto contenido, un par de lágrimas escondidas, y el dolor profundo de sentirse rechazado, abandonado en una ciudad extraña, lo invadió.
Colgó y salió de la cama inquieto y dolorido, y entonces miró a través de los grandes ventanales la noche indiferente de Chicago.
Y lo pensó.
Romper el cristal, y volar los 23 pisos hasta la eternidad.
No fue un pensamiento sólido, apenas una idea.
Regresó a la cama y le costó mucho dormir.
Por su mente pasaron, como le sucede a aquel que está por morir, muchos momentos de su vida junto a ella: las charlas en la Facultad, la simpática imagen de su trasero redondo y atractivo enfundado en un pantalón cuadriculado, un viaje a Villa Gesell, los partidos de canasta con su madre y amigos escuchando a Julio Iglesias, las noches de baile en Palodú y aquellas vueltas por la playa a las 3 y media de la mañana. También los lentos, los primeros besos eternos, y más tarde las horas incansables de pasión en hoteles alojamiento. Las fiestas navideñas, el casamiento. La mirada sospechosa de los padres de él que pensaban que no era una buena pareja para su hijo, y la luna de miel en Río de Janeiro en tiempos del asesinato de John Lennon.
Y enseguida, la rutina del trabajo de consultoría y de profesor en la Facultad. Muy poco tiempo para la pareja. Por último, después de dos años de matrimonio, la decisión de tener un hijo se interrumpió por la asignación de 6 meses en Chicago.
Él, feliz con el desafío de trabajar en Estados Unidos aunque con un nivel de inglés bastante pobre. Ella, sin adaptarse, recluida en el departamento, enganchada en solitarios, todo el día con un cigarrillo en la boca.
Y después, con la extrañeza pintada en el rostro, diciendo que se iba, que no aguantaba esa vida, que los padres la necesitaban.
Y la partida casi deseada, con ganas de quedarse solo por un tiempo.
Hasta esa noche en que lo llamó para abrir ese embalse de angustias:
No te quiero más.
Me quiero separar.
En mi familia no hay separaciones, pensó.
El matrimonio es para toda la vida, recordó el mandato de sus padres, que vivieron una relación casi perfecta.
Quiso llorar, pero no salieron lágrimas, más bien, bronca.
Por fin, se durmió.
Pasados un par de días, un compañero le propuso hacer un viaje a Hawaii. Dos noches en Oahu y tres en Maui.
Era una buena forma de despedirse del proyecto en Estados Unidos y hacerse unos mimos a sí mismo.
Allá abajo, la Argentina lo esperaba un pequeño infierno.
Viajaron en un avión chárter sucio lleno de turistas borrachos con ánimos de fiesta.
Él colocó su abismal problema en una caja y lo enterró en lo más recóndito de su mente. Ya habría tiempo para desempolvarlo.
Los esperaba en el aeropuerto una nativa local muy bonita, redonda y curvilínea color canela, que los adornó con el famoso collar de flores al tiempo que los abrazaba con ternura.
En Oahu visitaron Pearl Harbor, conocieron la famosa playa de Waikiki e hicieron excursiones por campos de piñas.
Una noche fueron a un Luau, no podían obviar el famoso asado hecho con hojas de palma enterradas en la arena debajo de piedras calientes, calor que se intensificó cuando los invitaron a formar una larga fila para recibir, cada uno, el beso de las participantes femeninas.
Una dulce costumbre hawaiana, o un insólito ritual turístico.
Luego llegó Maui.
Visitaron varias playas y en una de ellas quedaron intrigados por una excursión de snorkel al volcán Molokini.
A unos 4/5 km de la costa, el cráter semisumergido forma una medialuna. Como el fondo es de piedra pómez en vez de arena, resulta tan transparente que a veces se siente vértigo al observarlo con la máscara.
Iban 8 pasajeros y 2 instructores en la lancha. La mitad haría buceo, la otra, snorkel.
En la lancha el viento bailaba con la sed de aventura, el sol y la sensación embriagadora de libertad.
Era la primera vez que iba a hacer esta actividad en el mar.
Largaron el ancla más o menos en el centro del cráter, y luego de que se marcharan sus compañeros de buceo, se sumergieron ellos.
Estaban al lado del bote; el instructor les recomendó que tuvieran cuidado porque, a veces, podía aparecer inesperadamente una corriente y sacarlos fuera del cráter para arrojarlos mar adentro.
El guía se sumergió y volvió a aparecer con un erizo.
E inmediatamente ocurrió. Mientras observaban el animal una poderosa corriente se los llevó. Fue tan rápido que no se dieron cuenta hasta que el instructor les gritó que nadaran hacia el barco.
Ya estaban fuera del cráter. Él se puso la máscara, y comenzó a nadar hacia el bote. Lo que vio lo atemorizó: el fondo había sido reemplazado por un azul profundo, casi negro. Hacia adelante se observaba la pared del volcán y su borde hundido.
Se impulsó con las patas de rana y por unos minutos le pareció que lo iba a lograr, pero se cansó. Sacó la cabeza fuera del agua; sus compañeros se esforzaban a su alrededor.
Descansó un par de minutos y cuando volvió a nadar se dio cuenta, con sorpresa y horror, que mientras se relajaba la corriente lo había llevado aún más lejos.
Un par de veces hizo lo mismo con idéntico fracaso.
Se agotó.
De pronto, el instructor gritó que nadaran hacia donde el borde del cráter comenzaba a sobresalir del agua, a unos 150 m. La gran diferencia era que, en vez de nadar contracorriente, lo harían a 45 grados.
La última oportunidad, pensó, y por alguna misteriosa razón recordó esa noche frente al ventanal del departamento de Chicago, ¿Por qué no dejar que el mar se lo llevara para siempre, y así evitar lo que esperaba en Argentina?
Pero nadó, y nadó.
Con el último aliento llegó a las rocas y comenzó a treparlas, aunque cada vez que iba o venía una ola, volvía al agua.
Casi arrastrándose y con las rodillas ensangrentadas, logró llegar a tierra firme.
Descansó 10 minutos hasta que el guía ordenó que nadaran al bote.
Con miedo y precaución se lanzó al agua y llegó al barco.
Buenos Aires trajo la realidad del drama y la separación. Afortunadamente la vida continuó con sus idas y vueltas.
El recuerdo de haber visto la muerte de cerca se disolvió apenas en una anécdota para los nietos.
Ricardo Viti 24 de mayo de 2024