Christel es muy ambiciosa. Tiene un buen trabajo en una agencia de publicidad y un hermoso chalet en Fouras, al que ha transformado agregando varias habitaciones para utilizarlas en el servicio de Airbnb.
Ahora en sus cuarenta y pocos se siente relativamente feliz, pero no siempre fue así.
Nació en un suburbio de Paris en los años setenta, dentro de una familia de obreros, que pagó con su sangre la transición de una Francia industrial a una en servicios.
En su adolescencia se mudaron a Fouras, donde su padre consiguió trabajo en el Ferry a la isla de Aix; y su madre, de mujer de limpieza en un viejo castillo.
A los 18 se escapó a la cercana La Rochelle. Allí trabajó de prostituta en el casco viejo. Un día la suerte la rozó con su varita mágica: un turista alemán, entrado en años, se enamoró de ella.
Al poco tiempo se casaron. Estudió Publicidad, su pasión. Y 10 años más tarde un ACV acabó con su esposo. Después de una dura disputa judicial con los hijos cobró 1.2 millones de euros que utilizó, entre otras cosas, para comprar el chalet donde vive ahora.
Tiene un novio, Pierre, un gordo aburrido y cincuentón que viene algunas tardes a mendigar sexo y cerveza.
Hoy han llegado unos clientes que, por varias razones, le resultan extraños.
Una pareja de hermanos sin referencias en Airbnb. Los dos son bajos, no llegan al metro y medio, y muy delgados. Él es calvo y las orejas parecen casi puntiagudas. Sus ojos negros no guardan proporción con el resto del rostro, son enormes. Sonríe todo el tiempo, y eso la asusta. La mujer, morena y de ojos verdes también desproporcionados. A ella no puede verles las orejas, pero está segura de que son como las de su hermano.
Y no sonríe, es más, su rostro refleja un sufrimiento físico escondido, como si tuviera siempre una piedra en el zapato.
Hablan perfecto francés, aunque utilizan algunas palabras antiguas, y el acento es neutro, indistinguible.
Se llaman Gustav y Lorraine.
Al anochecer van al pueblo. Le han preguntado sobre restaurantes, querían cenar crepes. Christel les comentó sobre un par en la avenida costanera, y partieron.
Han venido sin coche, lo cual también es inusual.
Cuando pasa frente a su habitación, a pesar de que está cerrada, huele a humedad, a hongos.
Ese olor lo trajeron ellos.
Está tentada de buscar la llave y entrar. Se contiene.
Le cuenta a Pierre sobre la extraña pareja.
Pierre se ríe de ella y se burla. Detrás de su cerveza le pregunta: ¿qué crees? ¿que son gnomos, o de otro planeta?
¡Quédate conmigo esta noche!, le ruega de improviso. Tengo miedo.
Mientras haya cerveza no hay problema, contesta jocoso y estúpido.
Regresan tarde e intentan no hacer ruido, pero los pisos son de madera y se oye todo.
Pierre ronca, Christel se mantiene alerta, dura en su cama.
En la madrugada, un zumbido grave invade la casa.
Sacude a Pierre que se despierta bufando.
¿Escuchas?
El hombre abre los ojos con asombro.
Vamos a ver, murmura.
Con sigilo y en puntas de pie llegan a la puerta de los inquilinos.
El zumbido es fuerte, pero se detiene de golpe.
Ahora sólo se escucha su respiración agitada y unas voces que discuten alarmadas.
No es francés, parece mandarín. Aunque, tampoco.
La puerta se abre y el rostro de Lorraine asoma enrojecido.
Buenas noches, ¿qué desean?, pregunta severa.
Detrás de la mujer (o lo que sea) se alcanza a ver a Gustav que manipula un aparato que flota en el centro de la habitación.
¿Qué es eso?, inquiere Pierre.
Una máquina de espacio-tiempo, contesta Lorraine sin ningún tipo de expresión. Y ahora váyanse, antes de que sea tarde.
¡Ya es tarde!, alcanza a gritar Gustav.
La habitación se vuelve borrosa, como si se ondulara, y el zumbido regresa con más potencia.
Christel abre los ojos. Al principio no reconoce dónde está, aunque es un lugar familiar.
Pierre ha desaparecido.
La posee un sueño que no puede dominar.
A la mañana despierta y se estira como un gato. Hay algo extraño en su cuerpo. Se ve más delgada, más pequeña. Reconoce la casa de los padres. Corre al baño perseguida por una premonición que se confirma.
Ha vuelto a los ¿12 o 14 años?
Te noto rara, le dice su madre. ¿Estás bien?
Al oírla el padre se asoma detrás del periódico y la observa preocupado, él también detecta algo.
Sí, estoy bien, responde mientras reflexiona.
Es ella, adolescente, con toda su vida por delante aunque con la experiencia de cuarenta años.
Ricardo Viti, 3 de octubre de 2024