El milagro de Gdansk

Terminé de escuchar el audio de Wasup y me sequé las lágrimas.

No sé si existe Dios, pensé.

En cambio, los milagros sí existen…

Fue en la primavera boreal del 2012.

Trabajaba en una consultora pequeña con profesionales de mucha experiencia. Nos dedicábamos a gerenciar proyectos clave en grandes corporaciones.

Habíamos obtenido la conducción de una iniciativa internacional, y creo que era la primera vez que se nos presentaba una oportunidad así.

El primer trabajo consistía en pasar dos semanas en Gdansk (Polonia) y registrar los requerimientos para la implementación de un sistema integrado de producción y ventas.

La empresa fabricaba conectores eléctricos y tenía su central en Lisle, Illinois.

Era la primera vez que viajaba a ese país, y fui solo.

Llegué por la tarde, cansado por las más de 12 horas de vuelo, y me hospedé en un hotel céntrico. Para no quedarme dormido y acostumbrarme al cambio horario me una vuelta por los alrededores. Esta ciudad fue devastada en la Segunda Guerra Mundial, pero sus habitantes, en un ejemplo de resiliencia increíble, la reconstruyeron piedra por piedra. 

La mañana siguiente me pasaron a buscar en un coche con chofer. Enseguida me presentaron al equipo de trabajo, integrado por los empleados de los niveles gerenciales medios de cada área involucrada.

Si mal no recuerdo, eran unas 6 o 7 personas.

Hablábamos en inglés. Se defendían bastante bien en ese idioma pero con un marcado acento polaco. 

De entre todos un hombre de mediana edad, de nombre Maciej, me llamó la atención . Hablaba con un susurro afónico que apenas se oía y hacía difícil entenderlo.

Fueron días largos, agotadores. Llegaba temprano, trabajaba hasta el mediodía y luego me iba a almorzar con uno de los gerentes. Regresábamos a la oficina y otra vez, a juntarme con el equipo de trabajo, que protestaba porque se atrasaban en sus tareas diarias. Un par de veces recorrimos las instalaciones para ver los lugares donde se desarrollaban las actividades, casi todo relacionado con Distribución y Ventas.

Uno de esos días me reuní con Maciej durante un par de horas, y en un acto de coraje y desparpajo, le pregunté qué pasaba con su voz.

Me miró sonriente, noté que le gustaba contar su historia. Me dijo que, en una tarde de muchísimo calor, muerto de sed, abrió el refrigerador y se tomó de un golpe una Coca Cola helada. A partir de ese momento ya no pudo hablar normalmente. Esto había ocurrido hacía ya 10 años. Se le habían paralizado las cuerdas vocales, y después de numerosas visitas a especialistas, sin que le hubieran ofrecido una solución, se había resignado a vivir con su problema.

En ese momento dejó de sonreír. Un velo de tristeza y frustración le cambió la expresión.

Por la tarde, al volver al hotel, pensé en aquel pobre hombre, y decidí enviarle un mensaje a mi hermana María, que es otorrinolaringóloga y cirujana en esa especialidad.

Al cabo de un par de días me contestó. Ante mi sorpresa, me dijo que la afección de Maciej tenía solución, y que acababa de estar en una Convención en San Pablo donde un cirujano alemán había mostrado cómo se solucionaba dicho problema. Consistía en la utilización de un pedazo de cartílago de la laringe del paciente para empujar la cuerda vocal y situarla en una posición que permitía hablar normalmente.

Al día siguiente, en cuanto vi a Maciej, le comuniqué muy entusiasmado la conversación con mi hermana. Lo noté un poco escéptico pero accedió a comunicarse con ella.

María volvió a explicarle el procedimiento y le pasó los datos del cirujano.

Ese sábado tomé un tren a Varsovia y me dediqué a recorrer la hermosa ciudad.

La semana siguiente transcurrió sin novedad y el viernes regresé a Chicago.

Unos días después el proyecto se canceló por falta de presupuesto.

Maciej se contactó con el cirujano, viajó a Alemania y se operó exitosamente.

Un par de meses después nos envió un mensaje de audio.

Su voz era perfecta.

Esto que relato ocurrió en el 2012.

¿Qué combinación de hechos se tiene que dar para que suceda algo así?

Que hubiera viajado a Polonia por apenas dos semanas.

Que me hubiera encontrado con Maciej.

Que se me hubiera ocurrido preguntarle por su problema.

Que mi hermana fuera médica y especialista en ese campo.

Que se me hubiera ocurrido contarle a mi hermana.

Que mi hermana hubiera estado en esos días en una Convención donde se presentó la solución para un problema idéntico al de Maciej.

Que Maciej nos hubiera hecho caso.

Y… que hubiera resultado.

Simplemente, un milagro.

Ricardo Viti, 23 de enero de 2026

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