Abro los ojos. Hace mucho calor y estoy tirado sobre el sofá del living que hace de mi cama por las noches. La casa tiene un techo muy alto y se mantiene fresca las primeras semanas del verano, pero estamos en febrero y esto es un horno.
Me levanto tambaleándome y la idea de la pileta me viene a la mente. Mis padres duermen la siesta en su cuarto; mi hermana en el suyo. Me pongo el pantalón de baño y salgo de la casa. El sol de las tres de la tarde cae sobre mí de manera implacable. ¡Acá afuera es peor!
La piscina está a unos veinte metros. Me dirijo a ella con decisión. La llenaron hace un par de días, lo que significa que el agua está gélida.
Lo mejor en estos casos es zambullirse. El horror de esta manera durará menos.
Me lanzo con decisión.
Siento que me quemo en ese líquido transparente. Nado desesperadamente hasta el otro lado y vuelvo, lo hago un par de veces, y salgo.
Ahora sí, el calor trata de infiltrarse en el cuerpo pero le cuesta. Estoy helado. Me seco un poco y regreso a la casa.
¿Qué habrá en la tele?
Es un televisor pequeño, blanco y negro, que mis padres trajeron de Estados Unidos y necesita un transformador de 220 a 110 para funcionar.
Lo enchufo; no pasa nada. Toco el interruptor y está encendido. A veces, la conexión con el transformador se afloja. Sin pensarlo tomo el enchufe con la mano derecha y el transformador con la izquierda.
Entonces sucede.
Estoy descalzo, y con el cuerpo húmedo.
Una fuerza invisible pero increíblemente poderosa me sujeta la mano izquierda y sube por mi brazo mientras aprieta los músculos y me paraliza. Con horror me doy cuenta de que voy a morir electrocutado.
Instintivamente, lanzo el transformador al aire.
El alivio es inmediato.
Me siento muy estúpido.
Tengo sólo 15 años, y hasta aquí podría haber llegado mi vida.
Ricardo Viti, 26 de mayo de 2024