Carlos recuerda con dulce alegría las noches en que paseaban por Colegiales mientras fumaban y arreglaban el mundo.
¿Tenían apenas cuánto? ¿12? ¿13? ¿O tal vez 14? Gesticula, susurra y sonríe con una especie de melancolía alegre.
Ya le falta poco para llegar a la casa de Esteban, su amigo de toda la vida. Y de Mariana, su esposa.
Hace mucho, mucho tiempo que no los ve. Desde que se fue a vivir a Toronto, más de 20 años.
En los inicios se comunicaban por carta, y luego por email, sólo algunas veces por teléfono.
La imagen de ella es la que se le presenta ahora.
¡Qué bonita que era!
Siempre escondió una secreta envidia por la mujer de su amigo.
La conoció en una fiesta de cumpleaños. Los vio venir de la mano; ella lo miró y con ese único acto Esteban desapareció. Era bajita, con esas redondeces de las chicas pícaras y movimientos naturalmente sensuales. El muchacho se la presentó, orgulloso:
—Ella es Mariana —le dijo—, mi novia.
Acentuó la palabra con una sonrisa arrogante y sobradora. Se besaron en la mejilla y un perfume fresco a lavanda lo envolvió. Inmediatamente su corazón quedó prendado junto con sus hormonas, aunque lo disimuló muy bien, Mariana era la novia de su mejor amigo y, por lo tanto, terreno absolutamente prohibido.
El GPS lo distrae un momento con una indicación de giro, y la mente aprovecha para reflotar otro recuerdo, uno que estaba bien enterrado.
Fue la tarde de un día de la Primavera, a fines de los setenta. Se habían encontrado todo el grupo en la quinta del papá de uno de ellos en Ingeniero Maschwitz, una casona hermosa y blanca rodeada de pinos y eucaliptos centenarios.
Él estaba con Silvia, su novia de toda la vida con la que nunca se casó y que todavía es su amiga.
Se habían llenado de cerveza. Alguien trajo un tocadiscos portátil y se generó una boite improvisada.
Súbitamente, al día de hoy no sabe por qué, intercambiaron las parejas y se encontró frente a Mariana, justo cuando empezaba “Con su blanca palidez”.
Tímidamente la tomó de la cintura y levantó la mano izquierda para atrapar la de ella, pero ésta quedó huérfana en el aire: la chica había entrelazado las suyas detrás de su nuca.
Bailaron despacio.
El ambiente, salvo la música, se disolvió a su alrededor.
Entonces, como en un gesto mecánico, apoyó la mejilla en la de la joven, quien se adelantó e hizo que sus comisuras se tocaran.
Sintió un mareo de excitación. Ella se apretó más a su cuerpo y dejó entonces que sus labios se rozaran. Esto fue suficiente para que él saltara hacia atrás y la mirara con un gesto entre adusto y desconcertado. La chica sonrió y, sin hablar, pronunció:
—Pavote.
Nunca más ocurrió algo parecido, salvo en su despedida, cuando se fue a vivir a Canadá y ella le dio un abrazo tan sentido que su esposa se lo recriminó durante el vuelo.
Una bocina lo sobresalta y lo vuelve a la realidad casi con violencia.
Toda la situación no ha hecho más que incrementar su nerviosismo.
Respira hondo e intenta pensar en otra cosa, pero la memoria es cruel y repite las imágenes dos o tres veces antes de llegar a lo de su amigo.
Es una quinta enorme de unas 20 hectáreas, en las inmediaciones de Ezeiza. Esteban alquila una de las casas para invitados.
Cuando baja del coche un perro negro enorme se le acerca dando saltos. Detrás viene Esteban. Se abrazan con fuerza mientras el animal danza y ladra alrededor de ellos.
Con los ojos medio nublados por la emoción levanta la vista y se encuentra con el rostro de Mariana.
—¿Y para mí no hay nada? —le recrimina ella suavemente.
Deja a su amigo y la abraza. Con sorpresa detecta el mismo perfume de aquel día hace 30 años.
Su cuerpo percibe las formas de ella, más cargadas que en el pasado aunque todavía atractivas.
La suelta y la realidad se muestra contundente.
—-
Mariana los observa por la ventana mientras ultima los detalles del almuerzo.
Carlos ha perdido un poco de cabello, sin embargo la edad lo ha vuelto más varonil y atractivo.
Caminan juntos como cuando eran adolescentes, el paso de Esteban es inseguro. Aunque tengan la misma edad, Carlos luce mucho más joven.
Es que a Esteban le han caído mal los años. Ha perdido todo el cabello y el rostro se le ha agrietado por el estrés y la amargura de no haber triunfado.
Sumado al hecho de que con los antidepresivos apenas funciona en la cama. ¿Cuánto hace que no lo hacen? ¿Un año?
El mismo recuerdo que sorprendió a Carlos brota en su mente: Lo besó con rebeldía. Esteban ya era demasiado posesivo en esa época pero ella estaba enamorada y no le importaba. Besar los labios del mejor amigo de su novio era un acto de independencia, casi una venganza. Lo que nunca previó fue la sensación que le provocó el contacto. Aun hoy se excita al revivir el momento.
Algo tiene que hacer.
—-
Una luna enorme y orgullosa espía entre los eucaliptos. En el ventanal de la casa se puede ver, igual que en una pantalla de televisión, como cenan los tres amigos. Ríen mientras rememoran anécdotas de la juventud.
Luego, al acomodar los platos en el lavavajillas, algo oscuro se introduce en la mente de la mujer. Con una expresión malévola mira a esos dos hombres que, ignorantes de su pensamiento, terminan lo que queda de vino. Dos botellas vacías son también las únicas testigos cuando disuelve cuatro Alplax en el café de su marido.
—-
Carlos cae rendido por las emociones y el alcohol. Sobre las dos de la madrugada se despierta con la respiración agitada por una pesadilla que no recuerda. Siente una presencia en la habitación. Se sobresalta hasta que se da cuenta que es Mariana, envuelta en una bata blanca de toalla. Apenas distingue su rostro y su sonrisa cuando deja caer la prenda y se muestra desnuda en la penumbra.
—Haceme lugar —le ordena.
Él se corre mientras ella se desliza entre las sábanas. Su cuerpo está caliente.
—No, Mariana… —alcanza a murmurar mientras ella le tapa la boca con la suya.
Por un lado, la desea desesperadamente, por el otro, sabe que no lo debe hacer. Es la pareja de su amigo.
Se desprende como puede de ese cuerpo ardiente.
—¡Dale! Ya somos grandes. Le di algo para dormir. Dale, nadie lo va a saber, y vos también querés —le dice mientras le acaricia el miembro erecto.
—No, Mariana —responde él—, andate por favor.
De pronto ella detiene su mano. Con palabras hirientes, frías y enojadas, dice que si no lo hacen gritará y cuando se despierte y venga su marido le dirá que la arrastró a la habitación justo cuando se había levantado para ir al baño.
Entonces Mariana y otra vez los labios de ella y ahora su lengua y sus manos y su cuerpo se apoderan de su voluntad -que era poca- y se rinde sin luchar.
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La mañana lo sorprende solo y desnudo. Se viste apurado y por un momento piensa y desea que todo hubiera sido un sueño.
El aroma del café lo arrastra a la cocina. Ahí está la mujer con la misma bata y probablemente sin la misma ropa debajo.
Le alcanza la taza y Carlos bebe mientras la mira desde sus remordimientos.
—Esto nunca pasó —dice ella.
Ricardo Viti, 3 de marzo de 2022