Pepito es el primero en salir de la trinchera. ¡Pum¡ ¡Pum! Le disparan con armas de ramas a las olas que avanzan y se retraen. Silvio lo observa desde su escondite, y su otro camarada, (del que no recuerda el nombre) se arrastra por la arena en pos de su emboscada.
Aquel fue un día de tanto calor como hoy de frío. Una llovizna que quiere convertirse en nieve (y a veces lo logra) persiste, insidiosa, como sus recuerdos de Cuba, que está del otro lado del planeta pero parece mucho más lejana.
¡¿Shot tai tam delaiesh, soldat?!
Le grita un cabo ruso al que odia y se la tiene jurada.
Hace dos meses que llegó, apenas sabía un poco del idioma. Esto último se lo han dicho varias veces, y ya lo aprendió (¿Qué hace ahí, soldado?)
¡Ya ukhozhu, moy kapral! (¡Ya me muevo, mi cabo!) alcanza a gritar mientras salta de su posición y corre, si saber muy bien adónde, en tanto que la tierra tiembla por los proyectiles de artillería.
La sombra gris de un dron casi lo roza antes de pegarle a su cabo, sólo unos metros más atrás.
La explosión lo arroja al suelo. El cabo Kirill, veterano de un par de guerras tan absurdas como despiadadas, alcanza a dar su alarido final y se disuelve en el aire. Algunos restos salpican a Silvio, que además recibe una esquirla candente en su pantorrilla.
Arroz con frijoles, y con un huevo de premio, dice doña Elvira, su madre. El plato humeante y delicioso, acercado por ella, aparece como por arte de magia sobre la mesa.
Se le hace agua a la boca, aunque ésta solo sabe a tierra y a sangre, su propia sangre.
La pierna le quema; sin embargo, debe arrastrarse hasta un lugar seguro.
Otro dron pasa rasante en busca de Pepito. Él fue el que lo sedujo con la idea rusa: ¡2000 dólares por mes!, ni en 10 meses de empleado de correos ganaría esa plata. Y además, con la posibilidad de llevar a la familia a otro lado. Luego quién sabe, escapar a Polonia, pedir asilo, reunirse con otros compatriotas, vivir en Europa, dejar esa isla miserable.
Su amigo ya está en el mar, ahora lucha con las olas, las espera y luego las enfrenta y grita. El otro ya está con él. Ese sí que fue inteligente, al principio estuvo de acuerdo, pero después pudo más su hija chiquita, la pequeña Tatiana. Y se quedó. Debe estar en esa misma playa con la vista perdida en el océano, intentando vernos.
Pepito retrocede: ¡Vamos, Silvio!, que luego de los drones viene la infantería, que ya nos han visto.
No alcanza a terminar cuando otro proyectil de 105 cae cerca y los salpica de cascotes.
¡Me dieron, amigo!, alcanza a decirle.
María ya cobró el primer cheque. Cumplieron los rusos. Algunos comentan que pagan un par de meses y luego sitehevistonomeacuerdo. Por wasup le mostró la lavadora nueva, la tele nueva, y el coche arreglado.
¡Cómo duele la pierna!
La observa y se horroriza. Entre los restos de tela se ven el hueso y la carne quemada, negra, alrededor.
Pero Pepito ya está a su lado y pareciera que quiere decirle algo:
Se acerca, y finalmente lo escucha con total claridad.
¿Qué haces que no venís al mar?
Ricardo Viti, 21 de febrero de 2024