Tengo 16 años.
Curso 4to año en el Liceo Militar y mi vida ya parece estar arreglada, en un par de años ingresaré a la Escuela de Aviación Militar y seré aviador, como mi padre.
Yo voy con esa corriente. Mi padre se ha retirado de la Fuerza y, como le gusta tanto volar, se ha puesto a trabajar como piloto en una empresa de aerotaxis que se llama Aerotransportes Wolkoff.
Afortunadamente me lleva con él en cuanto tiene una oportunidad; creo que lo hace para que el gusanillo del vuelo prenda en mi alma. ¡Y vaya si lo consigue! Estoy cada vez más entusiasmado.
Es que cuando vamos juntos casi siempre me deja pilotear los aviones. En el despegue él controla los pedales pero yo tiro de la palanca de control. La sensación de pasar del mundo bidimensional al tridimensional es sublime.
Una vez nivelados me pide que lleve el rumbo y mantenga una determinada altitud, y me reta cuando me desvío de lo pactado.
En los aterrizajes llevo la aeronave hasta cerca de la pista, aunque no se anima a dejarme aterrizar. ¡Y lo bien que hace!
Hoy nos toca ir a buscar a un norteamericano a Ezeiza y llevarlo a Aeroparque. Es un vuelo corto y sin desafíos.
O eso parece cuando llegamos a Ezeiza.
Es un día de verano, de mucho calor, húmedo y pesado, que empieza a generar nubes inmensas y amenazadoras.
El Aerocommander 500 ya está en la plataforma.
Llega nuestro “pasajero”, representante de la firma Aerocommander, que desgraciadamente también es piloto y se sienta al lado de mi padre, al frente.
Yo detrás, de espectador.
Son las 11 de la mañana cuando arrancan los motores. La temperatura dentro del bimotor debe ser de 40 grados por lo menos.
Despegamos de Ezeiza a los tumbos, con las turbulencias del mediodía estival.
Cuando nos acercamos a Aeroparque el cielo se ha cubierto por completo y las nubes inmensas -que ahora son grises- descargan lluvias torrenciales.
Pero lo peor no es eso, es el viento.
Parecemos un barrilete ahí arriba con las ráfagas que nos zarandean de un lado a otro.
Desde la torre nos ordenan que demos vuelta alrededor del aeropuerto, hay demasiado viento para aterrizar.
Mi padre y el gringo dialogan; percibo nerviosismo en sus voces.
Damos un par de vueltas y nos autorizan el descenso.
Enfrentamos la pista.
El zarandeo continua sin piedad.
En un momento estamos orientados, y al siguiente, apuntamos hacia el río.
¡Por fin ya sobre la pista!
Pero el viento es tan intenso que no nos deja aterrizar. Flotamos sobre ella con el avión que gira a izquierda y derecha.
Tocamos fuerte y mi padre consigue dominar el aeroplano y, de a poco, frena.
Nos comunican que salgamos de la pista e inmediatamente enfrentemos el viento con los motores en marcha, y que no sigamos con el carreteo.
Esto lo dicen porque hay riesgo de que una ráfaga levante el ala del avión y nos dé vuelta.
El pasajero saca un cigarrillo y le ofrece uno a mi padre, que lo acepta.
Esto debe de haber estado muy comprometido porque mi papá no fuma…
Un avión monomotor, ignorante de las instrucciones de la torre, pasa por al lado nuestro.
De pronto, una de sus alas se levanta y en un instante se da vuelta, con la hélice echando chispas sobre la pista.
Llegan casi enseguida los bomberos.
El viento se cansa y descansa.
Nos dejan carretear a la plataforma y, en medio de una llovizna leve, ingresamos al edificio de Aeroparque.
No recuerdo qué ocurrió luego, la aventura terminó ahí.
Entré a la Escuela de Aviación Militar pero no pude continuar para ser piloto porque tenía una pequeña miopía; no estaba tan arreglada mi vida como creía.
Con el tiempo saqué la licencia de piloto de planeador y luego, la de avión, y pude disfrutar del milagro del vuelo durante muchos años.
A veces reflexiono sobre el incidente de Aeroparque, creo que fue realmente peligroso, que todo podría haber terminado en ese mediodía estival.