Vi en el wasup que se iban al camino.
Pensé, me encantaría ir pero no veo la forma para que me acepten. Son cuatro mujeres, de las cuales a una conozco bien, a otra la he visto una vez y las otras dos nunca.
‘No way, Josei’, como dicen en Estados Unidos.
Pero a veces la vida nos besa en la boca, canta Serrat.
¿Quieres venir?, pregunta Carmela.
La verdad que no se. Son 10 días fuera de casa en las que caminaré mucho y a lo mejor llueve todos los días. Por otro lado me carcome la curiosidad y ella y yo somos muy buenos amigos.
¡Siii!, respondo espontáneamente.
Y ahora aquí estoy. En un Albergue de Santiago de Compostela llamado Kilómetro cero. Son las 7:30 de la mañana, quedamos en salir a las 8:00.
Ayer por la tarde arribé a Santiago de Compostela El vuelo tomó poco más de una hora desde Alicante, Un taxi me trajo al albergue. Al rato cayeron ellas.
¿Quiénes son ellas?
Carmela, la esposa de mi mejor amigo aquí en España, es un ángel sobre la Tierra. Siempre llena de alegría contagiosa, energía y ganas de ayudar al que lo necesite.
Concha, una exazafata, y amiga de Carmela. Ella es la típica hermana menor de familia numerosa con bastantes varones. Algo peleadora, impetuosa, pero con una dulzura escondida.
Cuqui, o Cuca, o Maricruz, residente en Palma de Mallorca, exmicrobióloga. Su madre vivió hasta los 104 años y ella, a pesar de que fuma, creo que también podrá llegar. De complexión pequeña pero armónica, reservada hasta que se da, posee una sensualidad que pide por ser encontrada.
Y finalmente, Sonsoles. Ella me recuerda a una niña, no porque sea pequeña, sino por su personalidad juguetona y sus ojitos triangulares que inspiran ternura. Sonsoles es profesora de inglés.
También estoy yo, el único hombre del grupo. Consultor retirado y escritor amateur (por ahora).
No lo sé con seguridad, pero me creo inteligente, sensible, caballero y un poco reservado.
Las cuatro me recuerdan a mis cuatro hermanas, no necesariamente por las personalidades, creo que es más bien por el número.
A todas les llevo de dos a tres años. No querré ser el líder, sólo actuaré si es necesario. El resto me dejaré llevar.
Esa tarde paseamos por la ciudad y almorzamos en un restaurante famoso por su abundante menú del peregrino.
Por la noche hay cerveza con unos pinchos de tortilla espectaculares en el bar La Lita. Ya tarde nos vamos a dormir. Ellas, en una habitación para cuatro. Yo, en cambio, la comparto con dos chicas y un chico, completamente desconocidos.
A las 8:00 bajan puntualmente. Al salir del albergue inauguramos un ritual diario muy tierno y alegre que consiste en abrazarse y desearse buen camino. Es una inyección de energía para el día que comienza y que no será precisamente liviano.
No caminamos mucho, es hora de desayunar, así que nos detenemos en un bar a unos 500 metros. El café y las tostadas y un zumo de naranja exprimido nos dejan mejor preparados, y a la media hora continuamos.
Enseguida se termina la ciudad y entramos en el bosque, justo detrás de un parque. El día está fresco y despejado y los árboles y arbustos se integran para encerrarnos en un túnel natural. Cuando termina el bosque, y justo antes de arribar a un pueblito, nos sorprende a lo lejos la silueta de la catedral con el sol dorado del amanecer a sus espaldas.
Hoy será la caminata más larga, terminaremos haciendo 24 km. Iremos desde Santiago de Compostela a Negreira, y dormiremos en el Albergue turístico de Logrosa.
A mitad de camino nos detenemos en un bar para tomar un café, otro ritual que repetiremos cada día.
A continuación aparece una subida brava que no termina nunca. Igual no nos detenemos, jadeamos hasta vencerla y llegar al llano.
Aquí el paisaje es muy verde, despejado y de suaves colinas salpicadas de casitas y granjas y pueblitos que son apenas caseríos pero lucen orgullosamente su nombre.
De pronto me encuentro charlando con Concha, y no sé cómo, nos lanzamos juntos a cantar canciones de Serrat.¡Primer momento mágico del viaje!
Escondido tras una casona surge un río y en él un puente que parece romano. Nos detenemos para sacar fotos y explorar un poco.
Cerca del final de la caminata es cuando uno piensa para qué se habrá metido en este entuerto. El tiempo se congela y la senda se estira como un chicle, siempre faltan los mismos kilómetros. Lo único que sirve es pensar en la cerveza que nos vamos a tomar al llegar, sedientos y cansados.
Al fin ¡Negreira!. Enseguida buscamos un sitio para comer y encontramos un hotel enorme con un restaurante vacío. Estamos hambrientos y no hay ganas de seguir buscando. Lo bueno es que nos pueden atender y tienen menú.
Es notable, tanto la bebida como la comida al final de una larga caminata saben a gloria.
Con la tripa llena hacemos un último esfuerzo y nos dirigimos al albergue que consiste en un par de casas antiguas unidas en medio del campo, un lugar muy bonito.
¡Me ha tocado una habitación para mí sólo con una cama matrimonial!
Descansamos un buen rato y a la tardecita nos llevan en coche de vuelta al pueblo donde tomamos algo y regresamos a pie, agotados pero felices, en medio de la noche.
Es miércoles 12 de octubre. Hoy caminaremos un par de kilómetros menos, desde Negreira a Santa Mariña.
Desayunamos en el albergue. El dueño nos cuenta que en un par de semanas se va a Filipinas de vacaciones.
Una vez acabado el desayuno nos preparamos, nos damos el ansiado tierno abrazo y los buenos deseos e iniciamos la caminata.
El paisaje de praderas y suaves colinas nos acompaña con un clima un poco más fresco; igual a partir del kilómetro 12 o 14 llega el cansancio y entonces, cuando el físico parece que se rinde, es el espíritu el que tiene que tomar control de la situación para poder llegar.
Santa Mariña es un caserío y el hospedaje queda al borde del pueblo enfrente del cementerio, que recorremos curioseando morbosamente las fechas de las lapidas.
La reina del lugar es la ensalada, esta hecha con una lechuga fresca y crujiente.
Descansamos un rato y por la tarde encontramos un juego de Monopoly y nos divertimos con él mientras tomamos cervezas con pinchos de tortilla.
Dormimos los cinco en una misma habitación. Las literas hacen mucho ruido cuando te subes a ellas y Concha decide poner el colchón en el suelo. Menos mal porque yo tenía que dormir en la de arriba.
En medio de la madrugada Cuqui la despierta a Concha que se enfurece despertándonos a todos.
Ésta fue probablemente la única tensión que ocurrió en el grupo, por suerte se disolvió.
Por la mañana desayunamos en el mismo albergue, que se llama Casa de Pepa pero está atendido por Flora y Paco, éste último un autentico arquetipo del gallego de campo. Corpulento pero bajito, casi cuadrado, de mofletes rojos y espíritu festivo.
Nos despedimos de ellos y experimentamos por primera vez una llovizna tenue que transforma el paisaje con una neblina tétrica.
Es jueves 13 de octubre, por suerte ni martes ni viernes, aunque algo extraño ha ocurrirá.
Hacemos menos kilómetros, apenas 15, de Santa Mariña a Olveiroa.
Tenemos una pequeña subida y algunos tramos, por carretera, algo que no deja de ser peligroso.
La posada parece un hotel y está un poco alejado del pueblo. Nos tomamos unas cervezas y a la hora del almuerzo nos dirigimos al “centro” en busca de un restaurante.
De camino me siento sorpresivamente mareado, pero lo achaco al esfuerzo de estos tres días.
Encontramos un restaurante muy bien decorado y pido un estofado de ternera espectacular, debo haber mostrado mucho entusiasmo porque me vuelven a servir.
El televisor está encendido y el comentarista menciona algo sobre el Presidente de Gobierno Pablo Iglesias Turrión, y aparece su imagen.
¡Coño!, exclama Concha.
¿Habéis escuchado?
Todos dirigimos la vista a la pantalla.
Debe ser un error, dice Carmela.
O un programa cómico, agrega Sonsoles.
Un cartel aparece ahora:
Se recuerda a los ciudadanos que para transitar por el país se necesita un permiso de movilidad. Las milicias ciudadanas están encargadas del control y todas aquellas personas que no posean dicho permiso serán sancionadas severamente.
Firmado : Pablo Iglesias
Tercera República Española
¿No será un nuevo programa de José Mota?, bromeo yo.
Nos miramos.
De pronto detectamos algo raro en el ambiente. La gente parece estar vestida con colores oscuros y parejos, y habla en voz baja.
Otra vez el televisor:
Intensos combates entre las fuerzas armadas chinas y la alianza taiwanesa/norteamericana. Las confrontaciones han cumplido un mes y hay rumores de la entrada en conflicto de Corea del Norte, probablemente también Corea del Sur.
Sonsoles y Cuqui palidecen.
No puede ser, dice Carmela.
El teléfono no tiene señal, murmura Concha.
Vámonos, concluye Carmela.
Nos levantamos, pagamos en efectivo (no aceptan tarjetas) y pegamos la vuelta.
Poco antes de llegar al albergue, otra vez esa sensación de mareo.
¿Lo habéis sentido?, les pregunto a las chicas.
¡Sí!, grita Concha.
Yo también, agregan las demás.
Miramos hacia atrás. En una parte del camino se percibe una pared translucida, como si hubiera un inmenso plástico transparente, de esos que se usan para preservar alimentos.
Volvemos sobre nuestros pasos.
Es notable, al atravesar ese muro es cuando se siente el mareo, y hasta una pequeña resistencia.
Nos hemos vuelto locos, alcanza a decir Concha.
Sin hablar, cada uno en sus propias reflexiones, al llegar a la posada e intentamos descansar.
Estoy en una habitación doble con cuatro camas que ocupamos Cuqui, Sonsoles y yo.
Intentamos dormir pero la excitación de lo que hemos vivido nos tiene en vilo.
¿Qué te parece que ha ocurrido?, pregunta Sonsoles.
No sé, responde Cuqui, estoy muy confundida.
Yo pienso que es un portal a un universo paralelo, digo no muy convencido.
Pues deberíamos volver, ¿no?, nos desafía Sonsoles.
Como no obtiene respuesta, se dedica a leer los wasup que se le han acumulado mientras estábamos vaya a saber dónde.
Yo envío el siguiente mensaje a nuestro grupo:
No me parece prudente contar nada de esto a nadie, por lo menos hasta que hayamos decidido qué hacer.
Por suerte están de acuerdo.
¿Será una locura colectiva o lo habremos experimentado realmente?
Por la tarde nos reunimos en el bar.
Los rostros se ven sombríos y un poco asustados.
Sonsoles vuelve al ataque:
A mí me gustaría regresar.
¿Y si nos pillan sin ese permiso de movilidad?, inquiere Concha.
Me causa intriga y un poco de miedo, digo. No obstante me gustaría intentarlo.
¡Venga! ¡Vamos!, dice Carmela con entusiasmo.
Anochece temprano a esta altura del año.
Otra vez estamos taciturnos en la ruta hasta que arribamos a la frontera entre los dos universos.
Ésta vez se siente la resistencia y una curiosa turbación cuando uno posa la mano sobre la pared casi invisible. Es como si algo nos quisiera decir que no deberíamos continuar.
No le hacemos caso.
Al llegar al bar, súbitamente, nos atrapa el cansancio, solo queremos sentarnos, y es un esfuerzo avanzar hasta la puerta.
Concha es la primera en verlos.
Se tapa la boca mientras murmura: ¡Mirad! ¡Si somos nosotros coño!
Allí estamos. Una copia casi exacta. Es curioso ver cómo la vida nos ha tratado distinto a cada uno. Yo estoy más delgado y casi calvo, Carmela y Sonsoles lucen igual, Concha también es más delgada en ese universo, y tiene el cabello teñido de castaño claro, es la menos reconocible de los cuatro.
Despacio, damos la vuelta. No sabemos qué ocurriría si nos encontráramos, nada bueno seguro.
Llega una furgoneta de la Guardia Civil, sobre el cartel que antes tenía ese nombre, ahora burdamente velado, le han pintado encima : Milicia Popular-Tercera República.
Nos escabullimos como podemos y caminamos rápido al albergue, casi al trote.
La primera en hablar es Carmela: yo no sé vosotros, pero creo que deberíamos guardarnos esto y no contárselo a nadie, es muy fuerte.
Esa noche, antes de leerles un par de cuentos de mi cosecha, juramos no decir palabra de este asunto.
Es realmente muy fuerte…
Es viernes 14 de octubre Olveiroa a Cee
19 kilómetros
Sobre las 8:30 salimos para Cee. La niebla hace que el paisaje se desdibuje y da la sensación de que en cualquier momento aparecerán las meigas (las brujas gallegas).
Recorremos una zona semimontañosa, aparece una Iglesia, Nuestra Señora de las Nieves. Sacamos fotos y comienza a llover, aunque es una garúa fina sin consecuencias.
Al cabo de un tiempo otra iglesia, la de San Pedro Mártir, donde descansamos un poco.
El cielo se despeja justo cuando nos encontramos al borde de una bajada bestial. A lo lejos el mar nos saluda, y nos regala una vista que supera lo que habíamos imaginado.
Sabemos que al llegar a abajo, nos encontraremos con Cee.
Llegamos al Albergue Moreira que da a la bahía, y como es habitual, nos zampamos las consabidas cervezas “reparadoras” y regresamos al hostel para dormir un rato. Esta vez comparto habitación con Cuqui y Sonsoles.
Esa tarde bordeamos la bahía y nos fumamos un porro de hachis que nos provoca más tos que risas y otros efectos.
Hay viento y está nublado, y hay más cuentos que leer por la noche.
Es sábado 15 de octubre, Cee a Finisterre, 16 km.
Llueve, bastante. Nos vamos a buscar un bar para el desayuno y Cuqui declara que irá en taxi. Me seduce la idea y me voy con ella. El cansancio de las caminatas se había acumulado y no quiero hacer los 16 km con lluvia.
Curiosamente, por el camino, Cuqui y yo las buscamos, y ellas hacen lo mismo, aunque al final nunca llegamos a cruzarnos.
Al arribar al hotel Ancora ya tenemos las habitaciones. Descansamos y sobre las 13:30 llega el resto del grupo, un poco mojado pero feliz por el camino. Nos cuentan que llovió mucho al principio, lo suficiente como para empaparlas, pero que después amainó.
Comemos en el restaurante O’Pirata, yo comparto una lubina espectacular mirando el puerto. Las chicas se encuentran con una pareja de amigos, que amablemente nos hacen compañía durante la comida.
Nos vamos a descansar y por la noche damos una vuelta por el puerto y picamos tostas en un bar.
Es domingo 16 de octubre y nos levantamos más tarde porque sólo vamos al faro de Finisterre que queda a 3,5 km.
Desayunamos frente a la estación de autobuses y comenzamos la breve caminata.
Al principio nos llueve, no mucho pero con viento bastante fuerte. Se acaba el pueblo y subimos por una colina suave, caminamos al borde de la carretera y a la orilla del mar que se muestra violento por el temporal pero luce un azul oscuro espectacular.
Una vez en el faro las nubes se abren y dejan salir el sol y con él un cielo celeste claro que mejora sensiblemente las fotos que sacamos.
Al regresar Concha y Carmela asisten a la misa del domingo; los demás nos vamos al museo del mar, que está en el Castelo de San Carlos, una fortaleza antigua al borde del océano. Manolo, el guía del museo, nos da una explicación larguísima, un poco repetitiva pero interesante, sobre las trampas para langostas y pulpos, y del escandallo, un dispositivo que consiste en una piedra con forma de pera atada a un cabo y que servía en la antigüedad para ver el tipo de fondo del mar, calcular la profundidad y no recuerdo cuántas cosas más.
Al terminar la recorrida del museo nos reagrupamos para la cerveza y posteriormente, la comida cumbre del viaje en un restaurante de mariscos muy bueno y conocido cuyo nombre peculiar es Tira do Cordel.
Yo como solomillo con ensalada pero las chicas se ponen ciegas de mariscos de lo más extraños.
Saciados de comida, retornamos al Hotel a descansar.
A la noche tomamos unas cervezas y alguna copa de vino.
Lunes 17 de octubre. Finisterre a Lires
14 kilómetros
Salimos sobre las 8:00, buscamos un lugar para desayunar y posteriormente nos lanzamos al camino. A la salida del pueblo nos ataca una lluvia bastante fuerte y Cuqui vuelve a sugerir un taxi, y yo vuelvo a secundarla.
Los demás nos miran con disimulado desprecio y siguen; Cuqui y yo regresamos y en un bar llamamos a un taxi. El próximo disponible no llegará hasta dentro de una hora y media, con suerte…
La lluvia disminuye un poco y decidimos continuar a pie.
Al girar en una esquina, en dirección a Lires, vemos el cielo casi despejado, ¡increíble!
Nos encontramos con bosques de árboles altos y rectos y en un claro vemos el mar a lo lejos.
En dos horas arribamos a unas cabañas de madera muy simpáticas situadas al lado del pueblo y a la orilla de una ría.
Almorzamos y descansamos. En la cabaña dormimos Sonsoles, Cuqui y yo arriba, en tres camitas, mientras que Carmela y Concha comparten una cama grande abajo en una habitacion separada.
Por la tarde me dan ganas de ir al mar. Las convoco e inicialmente no tengo quórum, pero justo antes de partir Carmela y Sonsoles vienen conmigo, no se arrepentirían.
Tenemos la secreta esperanza de ver esconderse el sol sobre el mar, pero es casi imposible porque está bastante nublado.
Nos encontramos con una amplia playa, en el lugar donde desemboca la ría. Yo bromeo con Sonsoles diciéndole que nos pillará la marea alta y nos ahogaremos todos.
Subimos a una especie de búnker, una construcción muy extraña al borde de los acantilados, y ahí nos sentamos.
En el horizonte hay una cinta más clara y, milagrosamente, el sol se deja ver justo antes de hundirse en el mar. Es otro momento mágico del viaje. Nos quedamos estáticos observando el atardecer y esa luz anaranjada tan especial nos pinta los rostros.
Felices retornamos, casi de noche, a las cabañas donde generamos envidia en las dos chicas que se quedaron.
Cenamos en el pequeño restaurante del complejo y jugamos un buen rato al dominó y al parchís. Cerca de la medianoche nos vamos a dormir.
Mañana nos toca la última caminata.
Martes 18 de octubre Lires a Muxia
17 kilometros
Como abren para desayunar a las 8:30, nos despertamos sobre las 7:15 y nos sobra el tiempo.
Una vez finalizado el desayuno comenzamos a caminar.
El cielo está parcialmente nublado y el viento ha comenzado a soplar fuerte. Por suerte es a nuestras espaldas, así que nos ayudan vez de molestarnos, especialmente cuando nos encontramos con una subida larguísima aunque suave.
Pasamos cerca de una granja de molinos de viento enormes; el sonido que producen impresiona. Parecen venidos de otro mundo.
Cuando estamos llegando a la costa nos pilla la lluvia, pero ya falta muy poco para Muxia.
Cerca del pueblo hay un Parador que acaban de inaugurar. Es un edificio moderno de hormigón y cristal que se camufla con la colina donde está erigido. Un lugar donde nos gustaría ir.
En las afueras del pueblo está el edificio que es albergue y también tiene el departamento de AirBnB que hemos alquilado. Hay tres habitaciones. En una dormiré yo, en otra Concha y Carmela y en la tercera Cuqui y Sonsoles.
Nos vamos a almorzar al pueblo y después a descansar. Por el camino compramos provisiones en un supermercado para la picada de la cena.
Ya es de noche noche y jugamos a las cartas, miramos el mar desde las ventanas del departamento y descansamos un poco.
Miércoles 19 de octubre Muxia y el parador
12 kilómetros
Me levanto tarde y observo que Carmela, Sonsoles y Cuqui se han marchado. Averiguo donde se han ido y voy a encontrarme con ellas. Concha se queda arreglándose.
Desayunamos mirando el puerto desde la ventana de un bar y cuando terminamos salimos a pasear.
De pronto el cielo se abre y el sol pálido del norte nos entibia, caminamos hacia el Santuario de la Virgen de la Barca, una iglesia situada en un promontorio a orillas del mar. Sacamos fotos y entonces Cuqui, Sonsoles y yo decidimos caminar al Parador que queda a unos 5,4 km. Concha tambien viene con nosotros pero opta por utilizar la carretera mientras que nosotros nos desviamos por un atajo cerca de la playa que recorta notablemente el viaje y lo hace más bonito.
El hotel parece un crucero de lujo. Bebemos unos vermuts en su cafetería mientras disfrutamos de un paisaje de envidia. Más tarde recorremos una exposición muy interesante de fotografías de emigrantes gallegos en los años 30/40.
Regresamos en taxi a encontrarnos con Carmela y Concha, ésta última al final no llegó al Parador.
Almorzamos de nuevo en el restaurante Prestige, el nombre hace alusión al petrolero que generó un desastre ecológico al partirse cerca de la costa hace 20 años.
Descansamos en el departamento y por la tarde volvemos a la iglesia para asistir a la misa de los peregrinos, que resulta bastante insulsa.
En el camino de vuelta admiramos un nuevo atardecer sobre el mar.
Comemos los restos de la picada de la noche anterior (que fueron más que suficientes), jugamos al Continental y nos vamos a dormir.
Jueves 20 de octubre Muxia a Santiago (en taxi)
Y regreso a los hogares. 5 kilómetros
Nos levantamos sobre las 7:30, preparamos las maletas y esperamos el taxi.
El día esta lluvioso. Nos lleva una hora llegar a Santiago. El vehículo nos deja en la estación de Autobuses donde ponemos el equipaje en una consigna.
Llueve, buscamos un lugar donde tomar un café.
Llega el momento de la despedida. Abrazo a Carmela, Concha, Cuqui y Sonsoles. Las voy a extrañar. Ellas siguen para el centro de Santiago y yo me marcho al aeropuerto para volar a Alicante.
Por el camino reflexiono sobre el viaje: Lo pasé muy lindo con ellas, en todo momento percibí su cariño.
En el camino tuve un tiempo con cada una donde compartimos nuestras vidas y charlamos, muchas veces, sobre temas profundos. Sufrimos juntos la lluvia, las subidas y el cansancio que se presenta puntual media hora antes de llegar. Compartimos bebida, comida y juego como una familia.
El Camino nos hizo familia.