Dilema

Mira por la ventana aquel paisaje hermoso y monótono a la vez, todos los días el mismo.

Valerio tiene poco más de 50 años, y vive en la casa que heredó de su tía Amanda. Siempre supo que daría sus réditos cuidar los últimos tiempos de esa anciana arrugada de carácter agrio, mandona y cáustica. 

¿No te vas a casar nunca, Valerio?

Es que a los “pelaos” no los quiere nadie.

A lo mejor te gustan los hombres…

Afortunadamente la tía ahora debe ser solo un montoncito de huesos sucios mezclados con restos de mortaja. El pensamiento le da escalofríos; la vista de la ventana le sugiere el calor de la tórrida tarde madrileña

Una idea aparece de manera improvista: hace mucho que no va al Reina Sofia.

Se pone unas bermudas y camisa de manga corta, recoge las llaves y su billetera que guarda en una canastita junto a la puerta, y se va. El calor seco le da un abrazo volcánico al salir a la calle, gracias a Dios pronto cruzará El Retiro y eso agregará algo de frescor.

Son veintipocas cuadras desde la casa de la calle Ibiza hasta el museo, una buena caminata para bajar el almuerzo (con esa barriga no llegarás a ningún lado, le susurra la tía muerta).

Una pareja capta su atención. Juegan al freesbe. El muchacho es pura fibra morena española. Ella, una vikinga rubia a la que se le escapan los pechos de su camiseta cuando salta para recoger el disco. 

¡Cómo pueden jugar así con 40 grados!

Detrás de unos arbustos otra pareja se besa como si quisieran tragarse. 

Desvía la vista y ve a dos viejitos que caminan de la mano, lentamente. Parecen enamorados. Valerio se pregunta si hará muchos años que están juntos. Entonces Rosa aparece en su mente. 

A mitad de camino, no muy lejos del lago del parque, se sienta a ordenar sus pensamientos. Tiene un dilema que resolver: 

Conoció a Rosa hace seis o siete meses. Fue en casa de un amigo. Ella tiene 55, la misma edad que Valerio, esa edad en que te gustan las mujeres de 35 o 40, pero que ya son inalcanzables.

Rosa es oscura y correosa, un poco aindiada, y muy, pero muy simpática. 

Como su difunta tía siempre tiene algo que opinar, aunque en el caso de Rosa es siempre algo positivo. Esto alegra la vida de Valerio, que además de solitaria se había vuelto aburrida desde que lo jubilaron anticipadamente de RENFE. Su trabajo era su vida, y la había colmado de tal manera que no cabía ni familia, ni hobbies, ni otras pasiones. 

Cuando hace dos años le llegó la carta (sentencia), al hombre se le abrió un precipicio de vértigo que lo sumió en una depresión de caballo. Rosa supo sacarlo. 

Además, ella lo ama. 

Por las mañanas siempre lo espera un whatsup de buenos días mi amor. Lo cubre de regalos, le compra flores para alegrar la casa de la muerta, y hasta le ha devuelto las ganas de hacer el amor. 

Valerio, no obstante haber encontrado tamaño tesoro, no sabe si está realmente enamorado. Le gusta la compañía de la mujer; hacen viajes juntos, tienen planes y se ven todos los fines de semana.

Todo iba bien hasta que apareció Julieta, la hermana de Rosa, que vivía en Costa Rica, país donde ambas nacieron. 

Ahí se presentó el dilema. 

Así no vas a llegar nunca, buenoparanada, le espeta Amanda con voz terrosa.

Se levanta, recoge sus pensamientos, sobre todo el de Rosa y Julieta, que son los que más pesan, y retoma su camino hacia el Reina Sofia.

Julieta tiene treinta años menos que su hermana. Es un poco gordita, no obstante, llena de curvas muy interesantes. Tiene los ojos color almendra y una boca jugosa que siempre pinta de rojo brillante. Su cabello cae en bucles naturales, que ella odia pues dice que son restos de sus ancestros negros. 

Por otro lado, no tiene el carácter positivo de Rosa, ni tampoco parece estar enamorada de Valerio, aunque siempre que se saludan con los tradicionales dos besos suelen hacer que coincidan los labios descuidadamente, algo que le genera a Valerio cosquillas imprudentes. 

La única vez que vio seria a Rosa fue aquel día en que Julieta le enseñó a bailar Bachata.

Algo debe sospechar.

Cruza la Castellana (por el semáforo, imbécil, le escupe la tía. ¿O quieres venir a hacerme compañía?).

El aire acondicionado del museo lo resucita, pero el dilema se encarga de desdibujar los cuadros, hasta que llega a la sala donde se exponen obras de Paul Gauguin. La imagen de dos mujeres en una pintura lo paraliza; le cuesta creer lo que ve: Son Julieta y Rosa. Se acerca para leer el título:”Nafea faa ipoipo”, o lo que es lo mismo “¿quand te maries-tu?”, ¿cuando te casas? Parece una pregunta odiosa de la tía.

Observa con detenimiento los rostros femeninos, intenta percibir un sentimiento a través de ellos. Rosa le transmite paz, alegría, amor, Julieta una pasión que lo rejuvenece. 

Les hablaré a las dos, piensa. Lo de Rosa se ha acabado; lo de Julieta recién comienza.

Tan ensimismado se encuentra que casi no siente el golpeteo en el hombro y la voz que lo llama.

Se da vuelta; uno de los rostros del cuadro ha cobrado vida y lo mira sorprendido. Es Julieta. Le ofrece un abrazo torpe.

-Hola, Valerio, ¡te has puesto pálido como si hubieras visto al espíritu de tu tía! -le suelta la chica-, menos mal que te he encontrado, tenía algo importante que decirte; me lo pidió mi hermana. 

Valerio siente la acelerada del corazón en su pecho. 

Julieta continua como si tuviera la boca llena de palabras que hay que largar porque duelen. 

-A Rosa le ha salido un trabajo en Alemania, de guía turística, en Dresden. Como tú sabes ella estudió para eso y no puede dejar escapar la oportunidad. Te quiere, Valerio, pero esto se da sólo una vez en la vida. 

A Valerio le cuesta esconder la sonrisa. 

-Y yo también me voy, amigo. Vuelvo a Costa Rica a trabajar en un resort Marriot. El tema migratorio aquí en España se ha complicado, y además, hermano, el novio que tenía allí se ha divorciado y me espera. 

La sonrisa sin nacer de Valerio se disuelve. Ahora abre la boca sin decir palabra. 

-Bueno, tengo prisa -dice ella, y le estampa dos besos.

El hombre se da vuelta para observar el cuadro por última vez, ahora sólo es un cuadro con dos recuerdos. 

Ricardo Viti, 9 de Julio de 2019

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