Observó los semblantes adustos, como esculpidos en piedra, que lo miraban atentos alrededor de la mesa. Se cuestionó si aquellos simples pescadores, que lo seguían como rebaño de ovejas, estarían listos. Tenía mucho que decirles esta noche, su última noche humana.
Tomó el pan y lo repartió. Dijo que era su cuerpo y que repitieran ese gesto.
Lo miraron extrañados.
…
Levantó la hostia, repitió las palabras del ritual casi como si fuera un mantra.
La bajó y se arrodilló. Por un instante los episodios de las últimas semanas le cayeron encima. Él, que siempre había sido tan crítico con los casos de abuso infantil, había sucumbido a ellos.
El gusto agrio de la bilis le llegó a la boca, intentó levantarse para seguir con la misa, pero no pudo. Sentía un peso de angustia en los hombros como si dos manos se los sujetaran.
…
Tomó la copa de vino y la pasó a sus discípulos. Como le había indicado su padre, les dijo que esa era su sangre y que también deberían repetir ese gesto.
Luego de la cena los reunió y les indicó que uno de ellos esa noche lo traicionaría.
Se miraron sorprendidos, casi enojados.
…
Se escucharon murmullos.
…
Debería haberse puesto de pie. ¿Qué le ocurría?
Con un esfuerzo sobrehumano se levantó, sudoroso y con el rostro enrojecido.
Afortunadamente enseguida llegó la Intercesión y el hombre intentó recuperarse.
Luego, el Padrenuestro. Trató de rezarlo pero perdió el hilo y olvidó el texto. Otra vez los colores. Se apañó siguiendo las palabras de los feligreses.
…
Siguió hablándoles a sus discípulos. ¿Cuánto les quedaría en la cabeza después de lo que iba a ocurrir? No sabía pero eran las instrucciones y había que seguirlas.
Después de la cena salieron del pueblo rumbo al monte.
Jesus quería estar tranquilo. Les pidió que le dejaran rezar sólo y se apartó de ellos.
La muerte, sigilosa, predicha, e implacable; estaba próxima.
…
Terminó de dar la Comunión sin incidentes. Guardó las hostias que sobraron, dio las gracias, y se dispuso a bendecir. No pudo. La mano y la garganta no le respondieron. Apenas alcanzó a dar la paz que él acababa de perder para siempre.
Salió de la Iglesia para saludar, aunque la verdad era que ya no toleraba estar dentro del templo.
Los padres de Damian lo esperaban afuera con un par de agentes.
…
Habló con su Padre. Le preguntó si todo lo que se venía era realmente necesario pero no pudo oír la respuesta, la silenció el ruido de lo soldados romanos.
Ricardo Viti, 24 de diciembre de 2018