El hombre en la estación que pateaba una paloma

3 de la tarde, estación de autobuses de Denia. El resplandor da a la escena la imagen de una foto quemada. Los futuros pasajeros buscan desesperados un rincón de sombra para protegerse.

Un hombre de poco más de 70 años espera al lado del vehículo que lo llevará al aeropuerto de Alicante. 

Hay un grupito de palomas en busca de comida, pero una de ellas camina a menos de un metro de Luis, su nombre, y cada tanto tuerce la cabeza y lo mira con sus ojos negros e inexpresivos.

Él también la observa. En su rostro, aunque no lo quiera, se refleja el odio.

Ni siquiera comprueba si hay alguien que lo vea, de pronto se separa de su carry-on y le sacude una patada, aunque el bicho es más rápido y la esquiva de un ligero salto, para luego volver a acercarse.

Siente un reflujo ácido producto de las albóndigas y las cervezas que tomó a las apuradas, antes de venir. 

Desgraciada, piensa.

Y la palabra le evoca el rostro de Alba, su mujer. Desgraciada fue su vida al lado de ella.

Luis nació en este pueblo costero, no obstante, en cuanto pudo, se fue a Valencia a estudiar. En aquella ciudad se recibió de maestro mayor de obras, y regresó para trabajar en la Construcción. Corrían los 70 y los edificios empezaban a surgir como hongos en Denia.

Un día cualquiera pasó a buscar unos planos por una inmobiliaria, y descubrió a Alba. 

Será mía, pensó, y desde aquel momento no dejó de revolotearla hasta que consiguió su objetivo.

En el 75 se casaron y en el 76 nació Juanito. Él quería ponerle Luis, extrañamente ella se negó, le gustaba Juan le dijo. Años después se enteró de que Juan había sido su novio anterior, del que estaba locamente enamorada, y luego resultó brutalmente abandonada.

El conflicto por el nombre fue el comienzo del calvario.

No tuvieron más hijos. Ella se contrajo una enfermedad venérea -en alguna de sus múltiples aventuras- que la dejó estéril.

Existía un gran problema: Luis la amaba, y por más que ella se empeñó en que la dejara, él siguió sordo a sus infidelidades y malos tratos durante todo el resto de esa vida amarga.

Juanito se casó y fue a vivir a Barcelona. Tuvo un par de hijos que Luis y Alba sólo veían en el verano, para las vacaciones.

Este año no vinieron. La mujer de Juanito está por parir y decidieron quedarse.

Nada hubiera ocurrido y probablemente ambos hubieran muerto de viejos en ese caldo de resentimiento, pero resulta que el antiguo novio, Juan, regresó al pueblo para vivir su jubilación y sus últimos años, y ella quiso volver con él.

Eso Luis no lo pudo perdonar, y este hecho transformó un amor profundo en un odio despiadado.

Suena ridículo que dos ancianos se vean envueltos en un conflicto de esa naturaleza, aunque ocurre, y el razonamiento o el sentido común desaparece.

Ayer por la mañana, mientras ella colgaba la ropa en el pequeño jardín de su vivienda, se pusieron a discutir. Todo comenzó porque ella le dijo socarronamente que se tendría que buscar a alguien para que le lavara sus pantalones con olor a pis.

El hombre enceguecido, la tomó del cuello y apretó, y dejó en ese acto todo el resentimiento de años.

Ella le dio patadas; los dos cayeron al piso polvoriento del patio. Él no sintió ningún dolor, lo sorprendió el cambio en el rostro de Alba. Del blanco al rojo, luego el azul, y la hinchazón de las venas de la frente, y los ojos que parecieron salirse de su órbita, y la espuma por la boca, y un siseo de serpiente.

Y luego, la relajación del cuerpo. Hasta le pareció ver flotar el alma de la mujer.

Se incorporó, observó sus dedos marcados en el cuello.

Sonrió con una mueca de disgusto.

Y entonces la vio, igual que ahora.

A la paloma.

Ricardo Viti, 25 de agosto de 2025

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