Camino Lebaniego 2025

El arroyo refrigera el aire de la montaña y lo llena de humedad. El esfuerzo de trepar y trepar entre piedras es agobiante y el cuerpo se sobrecalienta, y transpira. Estoy empapado, pero al mismo tiempo siento frío y pienso si esto no me enfermará. No sabemos a ciencia cierta donde nos lleva la senda; hace seis horas o más que estamos caminando, casi no hay señales y cada tanto, en medio de la belleza del paisaje oscuro, me detengo para dejar descansar mi corazón.

Estamos en el Camino Lebaniego.

¿Un poco de historia?

Hacia el año 325 Santa Elena, madre del emperador Constantino, viaja a Jerusalén con el fin de recuperar, para la devoción de los cristianos, los principales lugares relacionados con la vida de Jesús. Allí descubre la Cruz de Cristo y decide partirla en tres para que queden trozos en Roma, Constantinopla y Jerusalén. 

A finales del siglo IV, la reliquia ubicada en el Santo Sepulcro tiene que ser recubierta para impedir que los fieles que la besan aprovechen para morderla y robarse las astillas.

En el siglo V, según la tradición, Santo Toribio, obispo de Astorga, tras peregrinar a Jerusalén, pide permiso para salvaguardar el fragmento de la Cruz de los conflictos que se suceden en la zona, y se lo lleva a Astorga. Allí queda la madera hasta que, en el 711 comienza la invasión musulmana. Entonces, por precaución las reliquias y el cuerpo del santo son transportados a la zona lebaniega, más precisamente al monasterio de San Martín de Turieno, que posteriormente, en el siglo XII cambiará el nombre a Santo Toribio.

Con el transcurso del tiempo, para devolver favores y otras indulgencias, le quitan trozos a la reliquia. Para que no desaparezca, construyen una cruz de plata dorada con los restos. 

Y allí está hasta nuestros días. 

Y ahora somos peregrinos, crucenos o cruceros nos dicen, aquellos que caminan desde San Vicente de la Barquera al Monasterio de Santo Toribio.

Somos cuatro: Carmela, Concha, Maruxa, y yo.

Nos mueve la sed de aventura y de desafío, y también la Fe, como en el caso de Carmela.

Lunes 13 de octubre 

Paso a buscar a Maruxa sobre las 8:30. Conduzco a la estación de trenes de Alicante. Allí dejo el coche y a las 10:26 sale el tren con destino Santander.

Maruxa es una muy buena compañera de viaje y charlamos de mil cosas durante las más de siete horas que dura el periplo. Sobre las 2 de la tarde pasamos por Madrid y almorzamos los sandwiches que habíamos traído. Pasadas las 6 llegamos a destino.

Dejamos el equipaje en el hotel y nos vamos a pasear y a cenar algo.

Las camas están pegaditas pegaditas, se siente raro abrir los ojos por la noche y ver la silueta del cuerpo de Maruxa a mi lado, pero al mismo tiempo es divertido.

Martes 14 de octubre

Nos despertamos sobre las 7:30 y salimos a desayunar y, luego de dejar el equipaje en consigna: ¡a disfrutar!. 

Santander es una ciudad de arquitectura señorial y un poco oligarca. No queda casi nada de su casco antiguo pues sufrió un incendio bestial en febrero de 1941.

Apurados regresamos a la estación para recibir a Carmela y Concha que vienen de Madrid.

Nos damos abrazos fuertes y sinceros y luego disfrutamos de unas tortillas de patatas de diferentes estilos. Todavía no satisfechos pasamos por otro bar a picar algo más antes de tomar el autobús a San Vicente de la Barquera. 

Llegamos al pueblo en una hora y buscamos el apartamento que tenemos para esa noche, una casa rural tan hermosa como amarilla (para el disgusto de Carmela que odia ese color) llamada “El Rincón del Puerto”.

Dejamos las cosas, salimos a caminar y visitamos la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, de estilo gótico y que tardó varios siglos en construirse desde 1210 al 1500. Los pisos son de una madera extraña y se calcula que debajo de ellos duermen el sueño eterno cerca de 400 cuerpos.

Conocemos a su cuidadora, Loli, una mujer muy devota que nos volveremos a encontrar otras dos veces a lo largo de la tarde.

Desde la iglesia, que junto al castillo comparten un promontorio, se puede ver el paisaje bucólico del pueblo y la bahía.

Luego nos vamos a visitar otra Iglesia, la Virgen de la Barquera, más pequeña y menos bonita. Por el camino nos encontramos a … sí, Loli.

Tomamos cervezas y luego a cenar al Bodegón, un viejo restaurante debajo de las galerías de la zona antigua de la ciudad.

Nos dormimos rápido, aunque excitados por el día siguiente, el comienzo de la aventura.

Miércoles 15 de octubre

San Vicente de la Barquera a Serdio (11,5 km totales)

Nos despertamos sobre las 7:30, preparamos las maletas y las entregamos a Fidel, el que nos las llevará en cada etapa.

Después de un rato demasiado largo encontramos un lugar abierto para desayunar.

Luego, lo primero que hacemos es ir al castillo, y lo hallamos cerrado, así que decidimos comenzar la peregrinación. 

Buscamos la señal del camino, que en este caso es una cruz y es roja, en vez de la concha amarilla del camino de Santiago. Sin embargo, por varios días compartiremos los dos caminos.

Algo que nos llama la atención es que a la cruz le falta el brazo izquierdo, aunque no en todas las señales. Suponemos que será porque lo que encierra la cruz de Santo Toribio es ese brazo justamente.

Subimos por una cuesta larga y, al llegar a arriba, saco el dron para que nos filme con el paisaje detrás. 

Caminamos muy poco ese día, apenas 7 kilómetros, principalmente por sendas pavimentadas desde donde podíamos admirar unas vacas hermosas color chocolate aunque de amenazadores cuernos. 

Nos detenemos en el bar “El Parador”, que a pesar de su nombre rimbombante, es un sucucho en medio de la pradera. Tomamos un café, y seguimos viaje.

Por fin llegamos a Serdio, y antes de ir al hotel visitamos al único bar del pueblo, “La Gloria” que se encuentra al lado de la Iglesia, y de casualidad la encontramos abierta por la celebración de un funeral.

Con placer nos tomamos una cerveza que nos sabe al nombre del restaurante y posteriormente el almuerzo. 

Carmela y yo compartimos un cachopo gigante relleno de cecina y queso que está duro pero sabroso. 

Después de comer caminamos al hotel, una casa antigua en medio del campo, decorada con gusto, llena de antigüedades extrañas. Por ejemplo, el salón principal tiene una vitrina con una colección de muñecas de porcelana. Se llama “La fuente de las Anjanas”. Las anjanas son las hadas buenas de la mitología cantábrica.

Descansamos y a la tarde regresamos al pueblo tomar algo. No cenamos pues estamos todavía repletos de la comida del mediodía.

Ya en el hotel, antes de ir a dormir, les leo un cuento de mi cosecha a las chicas. 

Es cerca de medianoche. No puedo conciliar el sueño. La cama, pegadita a la de Maruxa, está cómoda, sin embargo mi mente sigue dando vueltas a la subida de mañana.

De pronto, un ligero aroma a musgo, rocío y miel inunda la habitación. Es sutil, pero inconfundible. Una figura borrosa se materializa junto a mi cama. No es un fantasma, es algo… más luminoso.

Una mujer diminuta, con una corona de flores de campanilla y una túnica de seda gris, me mira con unos ojos grandes y dorados, literalmente brillantes. Por su tamaño y su aura, no tengo dudas: es una Anjana.

Ricardo Viti, el peregrino del corazón cansado, dice con una voz que suena como el tintineo del agua en un arroyo. Veo que te has alojado en mi fuente.

¿Eres… una Anjana? , pregunto en un susurro mudo, temiendo despertar a Maruxa que duerme al lado.

Ella sonríe, y su sonrisa es pícara y milenaria a la vez.

Soy una de las que dan buena suerte, si sabes cómo pedirla. Y veo que necesitas un poco para esa subida que tanto te preocupa mañana.

La Anjana se sienta en el borde de mi cama.

¿Y qué pide una Anjana a cambio de su ayuda?

Desliza su mano diminuta, tibia, por mi brazo. El contacto me da un escalofrío eléctrico que me hace tragar saliva.

Sólo un pequeño favorcito, cruceno. Las Anjanas también necesitamos energía humana de vez en cuando. La mitología dice que damos, aunque también tomamos. ¿Me permitirías un beso para llevarme un poco de tu calor antes de volver al frío río Nansa?

El aire se ha vuelto denso, y las sábanas parecen apretarme. Esto es absurdo y real a la vez.

¿Un beso? , consigo articular.

No te asustes, valiente. Estoy segura que eres digno de recibir mi buen augurio, dice, acercando su rostro.

Cierro los ojos, sintiendo la brisa de su aliento a menta silvestre. El beso es fugaz e intenso. No en los labios, sino justo en la comisura. El lugar del contacto arde y huele a peligro dulce.

De repente, la Anjana se echa a reír. Una risa musical y contagiosa.

¡Qué cara de susto has puesto, peregrino! No te preocupes. La subida de mañana será dura, pero tu cuerpo… recordará mi calor. Ahora duerme.

La figura se desvanece tan rápido como apareció, dejando un aroma a rocío y mi corazón martilleando contra las costillas. Miro al techo, despierto. ¿Fue un sueño? Me toco la comisura de la boca. La sensación de calor permanece, y es deliciosa.

¿Con quién hablabas, Ricardo?, murmura Maruxa adormilada. 

Con nadie. Estaba pensando en la subida de mañana, miento, girándome para esconder mi sonrisa.

Cierro los ojos, y siento una energía extraña, casi traviesa. Sabía que las Anjanas eran hadas buenas, pero al parecer, su bondad viene con un alto voltaje de picardía.

Jueves 16 de octubre

Serdio a Cades (20,1 km totales)

Salimos de Serdio sobre las 9 de la mañana. Enseguida pasamos por un pueblo que se llama Muñorrodero y más adelante nos encontramos con la entrada a la via fluvial, de 6,5 km bordeando el río Nansa. El camino es muy pintoresco y el río, muy tentador. Concha se quiere meter y nadar un rato, y poco falta para que lo hagamos, el problema es que no tenemos toallas y la temperatura roza con lo fresco.

En algunos momentos recorremos pasarelas de madera, algunas, no muy seguras, con las barandas rotas. De pronto encontramos canastas de metal para que los pescadores crucen el agua, y nos sacamos fotos. Aparece intempestivamente  una cueva en un recodo de la orilla, desgraciadamente sin acceso fácil, a pesar de estar junto a la senda.

El recuerdo de la Anjana permanece en mi mente.

 ¿Habrá sido un sueño?

A veces me parece verla detrás de un arbusto o una piedra, sonriendo pícaramente.

Al final de la vía fluvial está la Central Hidroelectrica de Trascudia. Es la hora de almorzar y, por suerte, tenemos provisiones (los del hotel nos dejaron llevar lo que sobró del desayuno). 

Encontramos un albergue, ya estaba cerrado. Afortunadamente tiene una máquina expendedora de bebidas. Nos habían dicho que éstas no venden cerveza. ¡ Y milagrosamente las tiene!  Por supuesto, nos tomamos un par cada uno mientras comemos. 

Encaramos entonces la primera etapa difícil, una subida de pendiente interesante de cerca de 5 km. Al principio del día no hubiera sido tan dura, pero es el final y ya estamos demasiado agotados.

Por fin llegamos a Cades y descubrimos que nos han mudado el albergue, ya no está más en el pueblo si no a un kilómetro. Así que con bronca, retrocedemos. 

Es una casa antigua reformada que en sus tiempos fue la sede del Ayuntamiento y una cárcel de “rojos” en la época franquista . ¿Tendrá fantasmas?

En la planta baja se encuentran la cocina, el comedor y los baños, y en el primer piso las camas, entre 16/18 literas.

Al principio hay pocos peregrinos y pensamos que seguirá así pero con el transcurso del tiempo aparecen.

A eso de las 20, la chica que lleva el lugar nos cuenta lo que haremos al día siguiente y después nos sirve la cena: ensalada y porotos con chorizo y morcilla, y de postre, helado. Muy rico todo. 

Como estamos en una mesa larga podemos charlar. Hay una pareja de Andalucía, un chico alemán que viaja en bicicleta, una pareja de australianos y un solitario que parece ser periodista, además de nosotros cuatro, claro. Con parte de ellos nos cruzamos a lo largo del periplo. 

A la noche disfrutamos de un concierto de ronquidos importante…

Viernes 17 de octubre

Cades a Cicera (24,5 km totales)

Desayunamos  y comenzamos a caminar por una ruta de pendiente suave. La sigue una zona de curvas, a veces los coches pasan demasiado cerca. 

Una hora y media más tarde nos desviamos un par de kilómetros para acercarnos a Quintanilla, donde nos dijeron que hay un bar. 

Efectivamente. Nos sentamos y tomamos café y a continuación, cerveza. También nos habían dicho que era difícil encontrar bares.

A unos 10 km llegamos a La Fuente, donde hay una Iglesia romana del siglo XIII muy bien conservada.

Inmediatamente aparece nuestra primera subida brutal del viaje.

Es una senda de cemento rugoso que incrementa su inclinación a medida que subimos, y que parece no tener fin.

Abajo, en el valle, se ve la iglesia y el pueblito solitario que la cobija.

¡Ya estamos en los Picos de Europa!

Al final de la cuesta Carmela habla con el dueño del hotel quien le dice que solo nos queda media hora y sin subida, y que además nos espera con cervezas, y que tenemos que darnos algo de prisa porque él se va a almorzar a su casa pronto.

Entusiasmados tomamos la ruta que, ni bien se da cuenta que estamos en ella, comienza a inclinarse penosamente.

Llegamos al desvío hacia Cicera.

Empezamos a bajar entre piedras sueltas, algo muy incómodo. La media hora se convierte en una. Y, por fin, arribamos.

El Hotel, de 12 habitaciones, es una casa antigua armoniosamente reformada.

El dueño del hotel nos explica los lugares adonde podemos ir y nos llama la atención  unas cascadas que quedan a 15/18 minutos. Decidimos visitarlas por la tarde (y bañarnos) , a pesar de que todavía estamos cansados. 

El pueblo de Cicera ha recibido premios por su belleza. Tiene apenas 30 habitantes, la mayoría jubilados, y también un bar/restaurante, donde cenaremos esa noche.

Picamos algo para relajarnos y nos vamos a descansar.

Por la tarde tomamos toallas y trajes de baño y nos dirigimos a la cascada. 

Desgraciadamente, ¡nos saltamos el último desvío y caminamos por una senda por más de media hora!

Al final, con la noche acariciándonos la nuca, pegamos la vuelta y encontramos el camino, aunque ya es muy tarde para intentar bañarnos y regresamos entonces furiosos y cansados al hotel.

Al rato volvemos a salir para cenar. Al restaurante lo atienden tres muchachos argentinos que viven desde hace un año en Ciceras. Charlamos con uno de ellos, un bar para 30 habitantes no parece muy rentable, lo que ocurre es que viven básicamente de los peregrinos que sí o sí deben pasar por este pueblo.

Sábado 18 de octubre

Cicera a Potes (24,3 km totales)

A pesar de estar en un lugar de ensueño y sin ruidos molestos, nadie duerme bien, a lo mejor porque estamos muy agotados.

Desayunamos y el dueño del hotel nos explica la siguiente etapa. Según él, lo peor está al principio, luego se suaviza (no fue tan así).

Salimos por el mismo camino para la cascada y nos desviamos al poco tiempo. Empezamos a subir. Son cerca de tres horas de trepada por piedras en un bosque tupido y húmedo. Más tarde encontramos una senda un poco más ancha y también, a un cazador que nos explica que están cazando jabalíes. Con perros los hacen salir de la madriguera y ellos los matan.

Cada tanto se escuchan ladridos y aullidos de perros y alguna que otra detonación. En un momento vemos algo que se mueve entre los árboles. Al principio pensamos que es un perro, pero no, es un señor jabalí con unos colmillos que dan respeto. Por suerte, más asustado que nosotros, se escapa.

Al pasar del otro lado de la montaña se abre un paisaje sublime: Inmensas paredes de piedra y valles con pueblitos estancados en otros tiempos. 

Comenzamos a bajar y nos encontramos con el pueblo de Lebeña donde hay una Iglesia Romana del siglo X. 

Buscamos cerveza, es imposible. 

La iglesia se encuentra pasando el pueblo, en un lugar apartado. Tiene un árbol de Tejo y un olivo, plantados, según dice una leyenda, por los condes de Liebana: Alfonso, y su esposa Justa. También se dice que el conde quería trasladar los restos de Santo Toribio a esa iglesia pero cuando fue a robarlos, perdió la vista. A raíz de esto donó sus posesiones al monasterio con la esperanza de recuperarla.

Hay una imagen de la virgen amamantando al niño Jesús (la virgen de la buena leche) que curiosamente, cuando se la colocó en el altar, hubo que quitarla casi enseguida al ser prohibida por su seno desnudo.

En 1993 la roban en medio de la confusión de un casamiento. El pueblo queda consternado. Un sacerdote hace una copia aunque este gesto es tomado como un presagio de que nunca aparecería el original. No obstante, en el 2001 es recuperada por la Guardia Civil en Alicante. 

Descansamos un rato y regresamos al camino.

Debemos llegar al pueblo de Allende para tomar la senda que nos llevará al bosque de castaños milenarios, al que le seguirá Pendes y más tarde a Potes. Sin embargo, las cosas no serán tan fáciles.

Primero subimos por una empinada carretera durante un par de kilómetros y llegamos a Allende. El pueblo parece vacío, no se ven ni bares ni gente, sólo coches estacionados en las puertas de las viviendas. Nos imaginamos que los habitantes nos observan con sospecha detrás de las ventanas. 

Por fin encontramos a una persona que nos indica por dónde ir. 

Salimos del caserío y bordeamos una colina que nos lleva a seguir el cauce de un río en una subida llena de piedras y cascaditas. 

Estamos frustrados, nos habían dicho que después de la subida inicial el camino sería más o menos en bajada y eso no es cierto. 

Otra vez trepando a lo bestia, empapados en sudor y sometidos al frío intenso del Valle arbolado. 

Casi no hay carteles. Por fin encontramos uno que muestra, no muy claramente, una senda circular. Pienso qué ocurrirá si regresamos al punto de origen. En algún momento debemos encontrar una señal que indica el camino a Pendes.

No doy más, quiero regresar a Allende y tomarme un taxi, pero además de mi orgullo herido no hay ninguna certeza de encontrar transporte.

Me demoro para orinar, y quedo solo. El silencio del valle solo interrumpido por el murmullo del arroyo me aturde. Detrás de la caída de una cascada vislumbro a la aljana del otro día. Con rubor me doy vuelta y cuando termino siento su mano en mi pierna.

Hola cruceno, dice. ¿No la llevas bien no?

No, contesto, estoy agotado y sospecho que no vamos por buen camino.

No te preocupes, vas bien. 

Agachate, me ordena.

Le hago caso y pone su mano diminuta en mi mejilla.

Siento de nuevo ese calor dulce y me doy cuenta que lo extrañaba. 

La energía retorna a mi cuerpo. Ella sonríe.

Venga que tus amigas te esperan, alcanza a decir mientras se disuelve en el aire.

Casi al trote las alcanzo. Me miran sorprendidas, minutos antes parecía un muerto viviente.

Por fin aparece el cartel a Pendes, subimos un poco más y decidimos almorzar, entonces aparecen los castaños milenarios. Surgen así, como una aparición, como si antes de que pasáramos por allí no hubieran estado. Son muy extraños. El tronco es muy grueso y está lleno de agujeros que, sin mucha imaginación, muestran caras o animales mitológicos. A pesar de su grosor son bajos, como si estuvieran podados, y sus ramas tentáculos finos llenos de hojas y castañas. 

Mientras estamos sentados en la senda disfrutando el almuerzo, cada tanto nos cae una castaña como si los árboles se burlaran de nosotros.

Terminamos las provisiones y seguimos el camino.

Al rato se abre el bosque y llegamos a Pendes que, al igual que los otros pueblos no tiene nada, salvo una quesería que está cerrada. 

Sedientos de cerveza comenzamos el descenso a Potes. Pensamos que estamos cerca, sin embargo todavía faltan casi 10 km de una bajada tan inclinada como perversa. 

Finalmente nos detenemos en el pueblo de Ojedo, que es vecino de Potes. Nos tomamos unas cervezas junto a un grupo de cazadores y contactamos a la dueña del Airbnb.

El  apartamento es amplio; tenemos tres habitaciones y un sofá cama en el living, ¡y dos baños!

Dejamos las cosas y nos vamos a cenar, aunque antes recorremos el pueblo.

No pasa mucho tiempo, entramos a un restaurante y hambrientos devoramos unas pizzas deliciosas y abundantes. Al regresar al apartamento fumamos un porro, nos morimos de risa,  y antes de ir a la cama, les leo un cuento.

Domingo 19 de octubre

Potes al Monasterio de Santo Toribio de Liébana (11,1 km totales)

Nos levantamos un poco más tarde que los otros días y vamos a desayunar a una cafetería debajo de una galería que da a la ruta y a la torre del Infantado, un edificio grande que se ubica en la confluencia de los ríos Deva y Quiviesa.

Luego del desayuno caminamos al Monasterio de Santo Toribio de Liebana, una subida de 2,7 km, no muy empinada. 

Descubrimos al Monasterio escondido entre montañas. Se encuentra en buen estado de conservación a pesar de los años que tiene. 

Paseamos sacando fotos y asistimos a la misa del peregrino, vemos la famosa cruz con trozos de la Cruz de Cristo dentro. 

Felices de haber cumplido el objetivo del viaje, regresamos. Yo había reservado para almorzar el famoso Cocido Lebaniego en un restaurante que se encuentra en la famosa torre del Infantado. 

En el departamento, descansamos un rato y salimos para la estación de autobuses.

Durante la espera llueve un poquito, es prácticamente el único momento del viaje, nos sentimos muy afortunados por ello. 

Llegamos a Santander en un par de horas y nos vamos a pasear y a festejar el hermoso viaje que acabamos de realizar.

¡Ojalá sigan muchos más!

Ricardo Viti, 3 de noviembre de 2025

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