Uritorco

Amalia pasó por mi vida como una exhalación. No obstante, los hechos que compartimos esos días marcaron nuestras vidas para siempre. Nos conocimos en match.com. Ambos divorciados buscábamos una compañía para el futuro, aunque yo de esto último no estaba tan convencido, pues saltaba de “flor en flor” en pos de una utopía. 

Nunca supe si Amalia era muy naive o le faltaban luces. Se creía todo lo que le decía, aún lo más sospechoso. A veces jugaba con ella contándole algo increíble, y ella abría grande sus ojos verdes y su boca tentadora en señal de sorpresa y credibilidad.

Un mes después de empezar a salir, la invité a pasar un fin de semana largo en Córdoba. Ella aceptó y el viernes siguiente zarpamos en mi auto. Nos fuimos a Capilla del Monte, y por el camino le fui llenando la cabeza con los OVNIS. Yo, por supuesto, era muy escéptico al respecto, aunque conocía el tema muy bien. Ni falta decir que me creyó a pie juntillas lo de las apariciones, las abducciones y todo el misterio del Uritorco. 

Al llegar la noté un poco asustada, aunque dispuesta a vivir aventuras paranormales.

Nos hospedamos en la “Posada del Infinito”, un nombre bien puesto para la ocasión. 

Cada tanto Amelia observaba el cerro con desconfianza y respeto. Salimos a dar una vuelta por el pueblo. En los negocios de souvenirs vendían marcianos de plástico, rocas de cuarzo y hasta ofrecían excursiones de avistaje de OVNIS. 

Aunque para mí estaba claro que era todo un invento para los turistas, no dejaba de impresionarme la energía extraña del lugar, que atribuí al sugestivo paisaje y al marketing extraplanetario. 

Esa noche cenamos algo liviano en una cafetería del pueblo y nos fuimos a dormir. Estábamos cansados por el viaje pero motivados con la idea de pasar la noche juntos. 

A la mañana siguiente, luego de un amor y un abundante desayuno, ya relajados; salimos a explorar. 

Nos llevó media hora llegar a la base del Uritorco. Pagamos la entrada y subimos. La senda va rodeando el cerro mientras muestra las vistas de la sierra cordobesa. Cada hora, más o menos, hay paradas de descanso. Nos llevó unas tres horas subir y sólo un par, bajar. No vimos nada inusual salvo algunas nubes con forma de OVNI. Éstas se llaman lenticulares y se generan cuando se producen vientos muy fuertes sobre los picos de las montañas. Llegamos tarde al centro, almorzamos en una fonda cordero asado y, cuando nos disponíamos a volver al hotel a dormir una merecida siesta apareció un extraño personaje, un hombre de unos sesenta años vestido con una túnica negra y una vincha roja. Llevaba el cabello largo y sucio sobre los hombros, los ojos hundidos en sus cuencas y una expresión entre enojada y enajenada. Se acercó a nuestra mesa mientras yo le pagaba al mozo y se sentó en una silla al lado nuestro. 

Lo miré con desconfianza de porteño.

-Disculpen la intromisión -dijo con marcado acento cordobés,

-Soy Nicasio, el guía de las estrellas.

La observé a Amelia. Ella había abierto los ojos y lo miraba deslumbrada. 

-Sé lo que están pensando -agregó.

Yo sonreí canchero.

-¿Ah, sí? ¿Qué estamos pensando?

-Los alienígenas -agregó con expresión de suficiencia en su rostro.

-¡Sí! -exclamó Amalia llamando la atención de los comensales. 

En este punto me planteé dos alternativas: Echaba a Nicasio con alguna excusa pueril, o le seguía la corriente. Me decidí por esto último, no sé si para impresionar a mi chica o para burlarme de ella. 

Pedí tres cafes y dejé que Nicasio tejiera su trampa turistica.

-Conozco una caverna cerca del Uritorco donde a veces se los puede ver, no solo a los alienígenas si no también a sus naves, aunque debo advertirles que es peligroso.

-¿Y cuánto cuesta la excursión? -descerrajé irónico.

El rostro de Nicasio, inmutable, soltó el número. 

-Cobramos 1000 dólares –

Abrí la boca con sorpresa. No esperaba más de 50 como muy caro.

Amalia dibujó una expresión de tristeza. 

-¿Por persona? -ironicé aún mas.

-Sí, por persona, pero en su caso le haríamos descuento, 1500 por los dos. Ahora bien, hay un par de condiciones: no nos hacemos responsables por los daños personales y, la más interesante para usted “mister”, si no se produce el avistamiento o no está satisfecho no nos paga un centavo. Todo esto por escrito y firmado por ambas partes. 

-¿Y no tiene miedo que alguno no pague? -pregunté ya un poco más tranquilo-

-Es que la presencia de OVNIS no es común, sólo ocurre un par de veces al año, y yo le puedo asegurar que, cuando ocurre, la experiencia es tan intensa que la gente paga sin chistar- 

El rostro de Amalia volvió a brillar. En mi caso, intentaba encontrar dónde estaba la trampa.

-¿Cuándo sería? -pregunté-

-Esta noche, señor. Las condiciones son perfectas, si están de acuerdo, los espero a las 22:00 acá mismo. Yo los llevo y los traigo. Vengan con algo de abrigo y, por favor, no traigan ni celulares ni cámaras. ¿De acuerdo?

Muchas veces hay respuestas que desvían nuestra vida hacia ramificaciones completamente inesperadas, ésta fue una. 

-De acuerdo -solté dubitativo.

Nos fuimos al hotel a dormir la siesta. Amalia no paraba de hablar y hacer preguntas, que si era peligroso, que si sería verdad, que si alguna vez había sabido de algo así.

Luego de descansar leímos un rato al lado de la pileta hasta que el sol se escondió detrás de las sierras. A las 21:00 estábamos en la fonda . Pedimos un par de entradas y picamos hasta que llegó Nicasio.

Afuera nos esperaba un jeep destartalado. 

Recorrimos un camino de ripio entre cañadones estrechos por cerca de una hora hasta que llegamos a la cueva que nos había mencionado nuestro guía. 

No había luna, solo un manto de estrellas y la linterna de Nicasio iluminaban la escena.

Nos metimos en la cueva y caminamos 20 minutos hasta un lugar donde el techo se había desprendido y dejaba ver el cielo. 

Estaba preocupado por lo que pudiera pasar, por las dudas había dejado mi billetera y documentos en el Hotel, lo único que llevaba era mi cámara GOPRO a escondidas de Nicasio.

Nos sentamos a esperar. Amalia se abrazó a mí. A pesar de los nervios al cabo de un buen rato nos venció el sueño.

Me despertó el guía sacudiendo mi brazo. 

-Ya llegan -dijo en un susurro. 

-Por favor, no hagan ruido hasta que se hallan ido. 

Del otro lado del túnel se vieron unas figuras luminiscentes. Los humanoides eran altos y muy delgados, y se notaba a la legua que eran falsos. Pensé el tiempo perdido y el conflicto que ocurriría cuando les dijera que no iba a pagar. 

Amalia los miraba y parecía no respirar de la emoción, o el pánico. 

Se fueron acercando y los detalles se hicieron más precisos. Ahora ya no lucían tan falsos. Los cuerpos no guardaban una proporción humana, las cabezas eran triangulares, muy grandes, al igual que los ojos que se dejaban ver dentro de las escafandras iluminadas.

Me asusté, y volví a asustarme cuando Amalia gritó. Su grito fue como aquellos alaridos propios que nos despiertan de una pesadilla.

Nicasio salió corriendo puteando por lo bajo. 

Los seres se nos vinieron encima, y tanto Amalia como yo perdimos el conocimiento. 

Despertamos en la habitación de la posada la mañana siguiente. 

Decidimos volver inmediatamente a Buenos Aires, no quería pagarle a nuestro guía y estaba contrariado por lo que había ocurrido. O lo habían hecho muy bien o todo esto era cierto. 

Los cambios empecé a notarlos dos o tres días después. Primero la falta de hambre y sed. Luego que lo que comía o bebía se eliminaba sin digerir. Más tarde descubrí que no me crecían las uñas, la barba y el cabello. Finalmente, sin querer me hice un corte en la mano y no salió sangre, tampoco se cerró la herida y tuve que utilizar la gotita. 

Supongo que soy una copia artificial de aquello que fui, hecha de un material que desconozco. 

Amalia no contesta mis llamadas. 

Me pregunto si seré eterno.

Ricardo Viti, 22 de noviembre de 2018 

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