Thanksgiving

Mary abrió la puerta y forzó una sonrisa. 

Era su cuñada Priscila con su marido George, hermano menor de Mary. Traían tres de botellas de vino blanco con las que se emborracharían en la cena. 

-¡Happy Thanksgiving! –exclamó la recién llegada.

-Lo mismo para vos –contestó Mary mientras la abrazaba-. Pasen, pasen.

Afuera hacía frío, siete grados bajo cero, pero adentro, la chimenea y los adornos regalaban un ambiente cálido.

-¿Y Rick? –preguntó la visita. 

-No sé –contestó Mary– llevamos un par de semanas separados.

El rostro de su cuñada pasó por diversos estados, sorpresa, alegría y, por último, misericordia.

Con disimulo lo tomó al tonto de George, quien miraba perplejo a su hermana, y se fueron a la cocina para abrir el primer vino blanco.

Cuando la mujer quiso cerrar la puerta sintió la presión del otro lado. Eran el resto de las visitas que acababa de llegar. Su hermana Harriet y el marido, Fernando. 

-Hola, hermana –le dijo Harriet fríamente sin un abrazo–. Happy Thanksgiving.

Fernando sí la abrazo, atrevidamente, mientras le susurraba al oído el “Happythanksgiving”.

Cerró la puerta con un suspiro mientras oía cómo las parejas se saludaban en el living. 

Comenzaba la cena de Acción de Gracias.

Mary se fue para la cocina, allí terminó de preparar la picada. Antes de partir para el salón revisó el estado del pavo en el horno. Tenía casi todo listo. Escuchó que ponían el partido de futbol americano en el plasma del living. Fernando apareció para buscar una cerveza y le hizo un comentario acerca de lo sorprendido que estaba de la partida de Rick, aprovecho también para explicarle que, si ella necesitaba algo, cualquier cosa, podía contar con él para ayudarla. 

En el living acomodó los platitos y miró a su alrededor. Fernando y George veían el partido mientras Priscilla y Harriet chequeaban sus respectivos emails o facebooks tomando vino blanco. 

Se sirvió una copa y se sentó junto a las mujeres. 

Su hermana Harriet no perdió el tiempo. Levantó los ojos del teléfono y le dijo:

-Se te ve triste, hermanita –con cara de estar preocupada. 

-Bueno –respondió Mary –, es la primera vez que me separo y no se lo deseo a nadie. 

Harriet era su hermana mayor. Con alrededor de cincuenta años se vestía como si tuviera setenta, siempre ropa victoriana y colores oscuros. Sus dos matrimonios habían sido oscuros también. Se había casado a los veinticinco con un pastor metodista de cincuenta, el matrimonio había durado seis años y juntos habían traído al mundo un niño autista. Un día el pastor se fue con una feligresa. Por suerte se llevó el niño, ella no lo quería. Después conoció a un corredor de bolsa, bastante mayor que ella, ese matrimonio duró diez años y no tuvieron hijos, tal vez no hayan tenido ni relaciones porque el corredor también la abandonó por un compañero de trabajo. Por último, luego de una temporada sola había encontrado a Fernando. Fernando era dueño de un restaurante de comida mejicana. Nadie entendía qué le había encontrado a la personalidad avinagrada de Harriet, él era muy alegre, apasionado y mujeriego.

Priscila era la típica rubia tonta. Lo había conocido a su hermano George en un bar de mala muerte. Venía con un par de matrimonios en sus espaldas pero Mary no estaba muy enterada al respecto. Priscila era ese tipo de personas que solo tienen luces para la maldad. George había sido su pasaporte a la seguridad. Él trabajaba como un burro en una consultora y ella le gastaba el dinero.

La voz de Priscila la sacó de sus pensamientos. 

-George –dijo –, ¿podés abrir otro vino?

George se levantó pesadamente y fue a la cocina a abrir otra botella.

-Se me esta poniendo gordo– dijo la mujer con una sonrisa sardónica.

Harriet lo miró frunciendo la nariz.

-Fernando corre todos los días.

-A las camareras del restaurante –sentenció Priscila.

Por suerte llegó George con la bebida y les sirvió a todas. 

Mary dijo que se iba a ver el estado del pavo y se levantó llevándose la copa. 

Al ratito volvió al living y anunció que la cena estaba lista. 

Se sentaron a la mesa. Ésta lucía espléndida. El inmenso pavo asado en el medio y fuentes con puré, gravy, salsa de bayas rojas y otras delicatesen apropiadas para la celebración. 

Mary estaba en la cabecera y las dos parejas a los costados. Una silla vacía la miraba del otro lado como si alguien más no hubiera llegado todavía. 

Sonó el timbre de la puerta.

Mary se preguntó en voz alta quién podría ser a esa hora y ese día. 

Un presentimiento casi le detuvo el corazón.

Puso el ojo en la mirilla y casi se desmayó, era Rick.

-¡¿Quién es?! –escuchó que le gritaba Priscilla desde el living.

Mary no contestó.

Con manos temblorosas abrió la puerta, pero solo un poco. 

En esos instantes recordó como en cámara rápida los acontecimientos de dos semanas atrás. Habían discutido y él había amenazado con marcharse. Luego ella se fue a trabajar. Cuando volvió le pareció extraño que Rick no hubiera llegado. Cada tanto peleaban pero nunca ninguno de los dos se había ido. Esa vez no regresó y ella cenó sola, luego se fue a dormir llena de presentimientos oscuros.

La voz de su marido la sacó de sus recuerdos:

-Mary, dejáme entrar, necesito explicarte lo que me pasó.

Temblorosa abrió la puerta.

Rick la abrazó y murmuró “un gracias, lo lamento mucho”. Mary se puso rígida.

Priscilla alcanzó a oírlo. 

-¿¡Rick!? –preguntó gritando.

-¡Es Rick! –volvió a exclamar mientras se levantaba. 

Todos se acercaron. Lo abrazaron deseándole “happythanksgivingpero al mismo tiempo observándolo con cautela. 

Rick estaba pálido y parecía haber perdido algunos kilos. 

Todos se sentaron alrededor de la mesa, la silla vacía ya estaba ocupada. 

Mary no sabía muy bien cómo reaccionar. Algunas lágrimas se le escaparon sin querer y las secó con su servilleta. 

Todos se sirvieron en silencio pero mirándose de reojo. 

El plato de Rick era el más lleno de todos. 

Comió sin pausa muerto de hambre.

Cuando terminó el segundo plato, Rick levantó el rostro y los miró uno por uno.

Luego dijo:

-Lo que les voy a contar seguramente no lo van a creer, pero es la verdad, y al final podré demostrarlo. 

Hace un par de semanas Mary y yo discutimos más violentamente que de costumbre, hasta la amenacé con marcharme, luego ella se fue a trabajar y al rato yo también. 

Era un día espectacular, con un cielo casi sin nubes y muy poco viento, por lo que decidí volar después del trabajo. Llegué sobre las cinco y algo al aeropuerto, tenía un par de horas para volar. No había nadie, era un martes. Saqué mi ultraliviano, lo revisé, le cargué gasolina y despegué. Volar para mí es como una terapia, el viento vuela mis problemas y cuando aterrizo me siento tranquilo y relajado, como si hubiera meditado. 

Ya en el aire, con el sol cerca del horizonte, me llamó la atención una nube gorda solitaria. Me dirigí a ella y comencé a dar vueltas a su alrededor. Volar cerca de las nubes está prohibido pero es fascinante. Si alguna vez pensaron que parecen sólidas desde la tierra, en el cielo cuando uno puede estirar el brazo y casi tocarlas también tienen una suerte de solidez, se nota que es vapor, pero denso. Esta nube era muy extraña, pude ver una luz azul en su interior. Curioso seguí dando vueltas acercándome cada vez más hasta que, sin darme cuenta, perdí el conocimiento. 

Los cinco casi fruncieron el ceño al unísono. 

-No la compliques tanto, contá una historia más creíble que ésa no te la crees ni tu como diría un gayego –dijo Priscila con una mueca de burla. 

– Dije que lo puedo probar – contestó airado Rick.

– Me desperté en una nave extraterrestre – Continuó.

George y Fernando abrieron la boca en señal de completa sorpresa. 

Me tuvieron dos semanas secuestrado, me hicieron todo tipo de pruebas. Luego me dejaron casi en el mismo lugar, en mi ultraliviano, en vuelo, a unos cinco mil pies de altura. Recuerdo que abrí los ojos y pude reconocer el aeródromo en la distancia. El motor estaba apagado, por instinto miré el tanque de gasolina y estaba vacío. Igual intenté encenderlo y cobró vida instantáneamente, aunque el sonido era distinto, como si fuera eléctrico. Cuando aterricé pude ver que le habían hecho modificaciones que no entendí, eran apenas visibles. Temblando subí al coche y vine para acá. 

Se quedaron en silencio. 

Mary se sentía completamente confundida. Por un lado quería creerle, por el otro le parecía una historia absurda. 

Fernando fue el primero en hablar.

-¿Que te hicieron? ¿nos podés contar?

-Ya les dije, me hicieron todo tipo de pruebas, me sacaron sangre, me exploraron el cuerpo con distintos rayos. También me dejaron algunos … regalos.

– ¿Regalos? -habló Harriet-. ¿Qué tipo de regalos?

– Me curaron los dolores de espalda crónicos que tenía, la miopía, las caries. 

Abrió la boca y mostró unos dientes blancos, saludables, sin empastes. 

George que había permanecido en silencio abrió grande los ojos y murmuro un “madre mía”.

– También puedo leer las mente –agregó Rick- pero preferiría no hablar de esto último. 

-¿En serio?- preguntó Priscila– decíme en qué estoy pensando entonces.

Rick la observó serio y preocupado. 

– No me fuerces Priscila,  porque es horrible. 

Mary no se pudo contener, la discusión de un par de semanas atrás volvió a ella junto con el resentimiento y el odio. 

-Si querés que te creamos decinos algo –dijo con amargura. 

– Las cosas que puedo leer no son precisamente las buenas, son secretos que cada uno de ustedes llevan encerrados y encadenados dentro por años y que nunca le dirían a nadie.

¿Alguien se anima a ser el primero? Agregó ahora sonriendo con malicia. 

-Podés empezar conmigo –dijo Harriet desafiante. 

-Bueno –contestó Rick –. La miró a Harriet a los ojos y le hizo la siguiente acusación : 

-Dos veces intentaste asesinar a tu hijo Tom, en ambas te detuvo el Pastor.

Luego lo miró a Fernando.

-Vos, Fernando, tuviste un amante a los doce años, era uno de los capataces de tu padre.

Después siguió con George. 

– Y vos, George, abusaste de tu hermana Alice hasta que se suicidó.

Priscila intentó levantarse de la mesa pero ya era tarde. 

– Y vos, rubia, tu segundo marido te prostituyó para pagar el alquiler hasta que lo abandonaste, no sin antes envenenarlo. 

Cuando dirigió la vista a Mary ésta ya se había levantado y huido a la cocina. 

Los demás estaban paralizados. 

– De Mary no puedo decir nada, es un ángel –agregó Rick.

Mary asomó su rostro y sonrió.

Los invitados salieron de su estupor y fueron levantándose.

-Se nos hace tarde –dijo Harriet. 

– A nosotros también –sumó Priscila. 

Como si Rick nunca hubiera dicho nada los invitados se marcharon silenciosamente, cuerdos por el espanto de lo que habían oído. 

Rick se acercó a Mary que ponía los platos en el lavavajillas.

Llevaba dos copas de vino y le dio una a su esposa. 

Sonrió con su boca pero los ojos mostraban una pena profunda. 

-Nunca les hubiera dicho nada sobre vos –le dijo mientras chocaba su copa. 

Ricardo Viti – 16 de abril de 2017

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