Natalio

Alto, de buen porte a pesar de sus 59 años, serio, formal y obsesivo en cada aspecto de su vida, especialmente con los números, usaba su tiempo libre para jugar al ajedrez y disfrutar de la música clásica, hasta que alguien rompió con todo eso.

La noche lo ha sorprendido en la oficina mientras intentaba cerrar la contabilidad de febrero de 1972.

Su escritorio es lo único iluminado. Los números que preparó la empleada, Lilly, con letra cursiva escrita con tinta negra Pelikan, no le dicen nada, sólo bailan delante de sus ojos. Su mente se encuentra distraída por un problema muy gordo en el que está metido desde hace algunos meses y al que no ve salida.

Cada tanto la mujer de la foto, su esposa y prima, le llama la atención con mirada recriminatoria, y Natalio desvía la vista y vuelve a su problema que no para de engordar. 

Va a tomar el cigarrillo y lo descubre casi consumido. Mecánicamente saca otro del atado y lo enciende con el que está por morir. No debería fumar, desde que empezó todo le ha salido un asma que lo acompaña, igual que un amigo fiel, día y noche.

El problema, que lo mira rozagante, le recuerda lo que pasó: No sabe bien cuándo, aunque sí sabe cómo, comenzó todo. Fue una mañana en la que, en vez de pedirle a Lilly que fuera a buscar unos recibos a la Caja; decidió hacerlo él mismo, y así conoció a Rosita.

Alta pero muy proporcionada, tan llena de juventud como de curvas, lo observó sorprendida detrás de una caja enorme y antigua repleta de botones.

¡Qué sorpresa, don Natalio!, le dijo, ¿Qué lo trae por estos lares?

Una sonrisa pugna por brotar de aquel rostro preocupado. Es el recuerdo de aquella primera vez, de una minifalda tan corta y de unas piernas tan largas y ese escote de abismo que juntos le quitaron de la memoria la razón de la visita.

Sintió un calor intenso en el rostro mientras, desesperado, intentaba recordar y mientras Rosita lo miraba divertida y pícara.

Al final llegó el motivo tocando trompeta a su salvamento: ¡Los recibos!

Es el día de hoy que no entiende de dónde sacó el valor para establecer algún tipo de conversación y, lo que es peor, para invitarla a un café a la salida. Él, tan parco y victoriano, tan moral y sólo jocoso con Martín, su jefe, se le ocurrió llevarla a una confitería a quien podía, tranquilamente, ser su hija. 

Lo que Natalio ha olvidado es que en realidad Rosita lo engañó con la excusa de unas preguntas de Contabilidad para la Facultad.

No fue, desgraciadamente, la última vez que lo hizo.

Ahora la sonrisa que pugnaba se retrae. Apaga el cigarrillo y lo sorprende la tos. Es persistente y profunda y no cede, menos mal que está solo y no pasa papelones, con urgencia saca el Ventolín del bolsillo, lo sacude, se lo pone en la boca, dispara e inspira. Los ojos se le llenan de lágrimas pero se produce el milagro: el remedio ha ahuyentado la tos, al menos por el momento.

El Ventolín también te puede matar, Natalio.

Intenta concentrarse en los números, pero el problema le toca el hombro y le susurra al oído.

En el café la señorita desplegó, exitosamente, todas sus técnicas de seducción. Era verdad que necesitaba ayuda para la Facultad, aunque más necesitaba dinero, porque además de bonita era ambiciosa y gastadora. Y el Contador parecía ser el hombre perfecto para abastecerla.

Y cayó como un chorlito. Sus 59 años ayudaron; tenía las defensas bajas por la vejez inminente, y además, la piel fresca y el cabello largo enrulado y los ojos grandes y oscuros de la joven, se lo tragaron sin piedad.

A ese café siguieron otros. Cada vez que se despedían se daban un beso en la mejilla, en el que ella aprovechaba para acercar un poquito más los labios a los suyos. Era un juego muy sensual y el hombre esperaba ese momento más que ningún otro.

 Llegó el día en que se tocaron, y una electricidad excitante lo dejó mareado. Fue ella la que le tomó la mano y le sugirió al oído que por qué no iban a un lugar más privado.

No tardó Natalio en incorporar el encuentro amoroso a su rutina semanal. Los viernes estiraban el almuerzo en un hotel transitorio, y hasta hicieron alguna escapada de fine de semana.

Al poco tiempo Natalio se cortó el cabello de una forma más moderna y cambió el estilo de sus ropas. 

La muchacha lo había rejuvenecido. María, su mujer y prima, era una pésima amante, aburrida e insulsa. En cambio Rosita era joven, interesante, experimentada en el amor a pesar de su edad, y … ¡hasta jugaba al ajedrez!

Saca el Ronson que le regaló la chica y enciende otro cigarrillo. Se queda en espera por si vuelve la tos aunque ésta parece haberse tomado un descanso. Don Problema está listo para dar la estocada final:

Cada diciembre, Natalio se va a la costa con los amigos. Uno de ellos tiene un pequeño chalet en Santa Teresita. 

La terminal de Chevallier bullía de pasajeros esa mañana caliente de sábado. 

El hombre se encontraba rodeado por sus amigos. Charlaban sobre lo que iban a hacer, de sus vidas, así alimentaban la amistad que los mantenía reunidos.

De pronto, apareció ella.

Natalio, le dijo abrazándolo por detrás.

El susto fue mayúsculo. Los amigos sólo conocían a María, ¿cómo les iba a explicar la presencia de la chica?

¡Qué sorpresa, Rosita! Alcanzó a decir mientras dejaba que la mujer le diera un beso.

Le…les pre…presento a Rosita, dijo mientras la ponía en el medio del grupo.

¡Hola, chicos! exclamó mientras besaba en la mejilla a cada uno de ellos.

¿Sabés por qué vine, corazón? 

No, dijo él mientras un extraño y oscuro presentimiento le mordía el estómago.

No quería que te fueras sin saber que estoy embarazada, le largó con los ojos llenos de lágrimas.

Un mareo parecido al del primer beso en la boca casi lo voltea.

Con decisión la tomó de los hombros y, sin aclarar nada delante de los amigos, la arrastró hasta una confitería cercana.

Veinte minutos más tarde, cuando ya estaban todos en el ómnibus, Natalio salió apurado del café.

Sus compañeros, que hasta ese momento no paraban de hablar de la situación, callaron, y así se mantuvieron por lo menos hasta Dolores.

El problema lo observa con misericordia y algo de placer también, y prosigue:

La mujer no hizo nada en esos 15 días de ausencia de Natalio. Al volver se encontraron una vez en la confitería de siempre pero nunca más en su “nido de amor”. El hombre hizo un retiro de dinero importante para tapar el escándalo, y le pidió a Lilly que acompañara a Rosita a “solucionar el asunto”.

Lilly le contó después, con lujo de detalles, cómo habían ido a un departamento siniestro y oscuro, con un olor fuerte a desinfectante, y cómo había sostenido la mano de Rosita hasta el final del procedimiento. 

Y lo que había llorado ella, no Rosita, cuando salieron del lugar.

Otro cigarrillo no le caerá mal, se dice a sí mismo. 

En estos dos últimos meses se ha deslizado en caída libre: El asma ya es una parte importante de su vida, ha dejado de ver a Rosita; su esposa sospecha algo y se ha vuelto más agria que nunca. Siente que hasta el ajedrez se le escurre entre los dedos. No hay nada que le interese.

Tal vez, ¿morir?

Ricardo Viti, 22 de febrero de 2023

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