Carlitos despierta.
El humo de los pastizales lejanos se filtra a través de las paredes de chapa y las puertas de arpillera.
¡Carlitos!, le grita la madre. ¡Levantáte que tenés que ir a los de los Álzaga Uriburu!
Los Álzaga Uriburu. Carlitos cuenta mentalmente los días. Debe ser viernes y los viernes les corta el pasto a esos del ‘cántri’.
Ya voy, mamá, responde.
Hace frio esa mañana de otoño joven todavía. Rápido se lava los brazos, la cara, y se refriega los dientes con los dedos y una pizca de dentífrico.
En la mesa de mantel de plástico a cuadros sobresale un tazón de café con leche. La vieja es única, piensa el muchacho.
Enciende la radio. El humo ha llegado a las noticas. Sólo hablan de accidentes y de gente en hospitales y las precauciones que hay que tomar para minimizar el peligro.
El café con leche caliente y dulce sabe a gloria. Lo acompaña con un pedazo de pan con manteca y azúcar. No habrá otra comida hasta la noche, y quién sabe si habrá a la noche.
El muchacho tiene dieciséis años. Terminó la primaria y ya no fue más al colegio, hay que laburar. Es el mayor de los hijos, el resto de sus hermanos y hermanas todavía dormita en el fondo de la casilla.
Su padre se ha ido al norte hace ya varios meses con una promesa de trabajo. No saben nada de él. Su madre, Doña Alba, trabaja también en el ‘cántri’ en tareas de limpieza y planchado.
Carlos sale de su precaria casa y mira el horizonte. Un sol tan enorme como rojo pelea con el humo de la quemazón de pastizales. El olor a pasto quemado es tan intenso que hace picar los ojos y la nariz. La ruta, a menos de cien metros, no puede verse y seguramente está cortada pues tampoco puede oírse.
Carlos sube a su bicicleta y sale por el camino que brota de la niebla a medida que él avanza.
La ruta esta vacía. Igual va despacio y por el borde, no sea que aparezca la cana y se lo lleve puesto como esos bichitos que se pegan en el radiador.
Mientras conduce su bicicleta piensa en la familia del ‘cántri’. Son un matrimonio con dos hijas chiquitas. El hombre se llama Adolfo, no está casi nunca, y cuando está muestra un gesto ceñudo que lo mira con sospecha. Las chiquitas, Romina y Manuela, son mellizas y tienen ocho o nueve años. Van camino de ser las típicas malcriadas del barrio fino. Ha tenido un par de problemas con ellas; corren por delante de la máquina de cortar pasto y tiene que esquivarlas, lo mismo que Sulky, el perro siberiano, de ojos azules como el resto de la familia.
Norma es la señora. Debe tener treinta y pico aunque parece más joven. El pelo le brilla con un tono rubio casi blanco. Sus ojos son grandes y pícaros.
Siempre sonríe.
Por un momento se le llena el rostro de rubor. A veces se esconde en lo más recóndito de la arboleda que queda cerca de su casa, e imagina el cuerpo de Norma y su perfume que parece invadirlo cuando se acerca a un metro de la mujer. Su mirada y la forma fresca que tiene de caminar mientras contonea ese trasero duro y pequeño.
El arco de entrada al Country surge de la sopa blanca, mezcla de humo y niebla, como si nunca hubiera estado ahí.
¿Nombre?, le pregunta el guarda de la entrada refregándose los ojos.
Carlos, Carlos Peralta, voy a cortar el pasto a lo de los Álzaga Uriburu.
Si podés, contesta el guarda con un dejo irónico mientras le abre la barrera.
Las casas aparecen a medida que él avanza. Ni los perros ladran; ni siquiera lo ven.
Por fin llega a la casa de Norma. Se baja de la bici y camina hasta la entrada.
¡Qué raro que Sulky no salga a recibirlo!, piensa Carlos.
Golpea suavemente la puerta de entrada. Al cabo de un momento la puerta se entreabre.
Hola Carlitos, pasá. Siente la voz de Norma con un tono triste, inusual en ella.
La casa está a oscuras. En la penumbra reconoce la silueta de Norma.
Se sorprende. La mujer viste un camisón diminuto que apenas le cubre por debajo de la cintura, y además es transparente. Los pezones firmes y rosados se dejan entrever.
Norma se larga a llorar y abraza al muchacho.
Se perdió Sulky, solloza. Se nos perdió anoche en medio del humo y no sabemos adónde está.
Él la siente desnuda a través de la fina tela del pijama y una súbita embriaguez lo embarga. Por un instante sus manos titubean, pero al final se deciden y abraza ese cuerpo tan imaginado.
Ella lo mira y encuentra sus labios muy próximos al del muchacho. En un impulso de curiosidad y ardor lo besa, empuja los dientes del muchacho y acaricia su lengua con la de ella. Siente un gusto perdido a café con leche.
Carlos baja sus manos por debajo de la cintura de la mujer.
Y sin saber siquiera lo que significa.
Alcanza el éxtasis…
. . .
El césped no se pudo cortar ese día, tenía razón el de la entrada, por el humo en el ambiente claro.
Al perro nunca lo encontraron.
Carlos volvió a su casa con el rostro marcado por una sonrisa indeleble.
Norma, también…
Rocco, 30 de abril de 2008