Debería de haberme dado cuenta al llegar a aquel trozo inhóspito de patria deseada, cuando se hicieron evidentes los primeros signos, pero no fue así.
Las islas nos recibieron con viento y cielos grises, con lluvia tenue, aunque persistente.
Un helicóptero militar desapareció en una bruma lechosa mientras caminábamos al edificio de aduanas y migraciones.
Un primer insulto se materializó al impactarse el sello de las Falkland contra los pasaportes, casi todos argentinos.
El camino a Puerto Argentino se desplegó en suaves colinas marrones salpicadas de rocas grises, ovejas y los gansos salvajes de las islas, que son plaga pues no tienen predadores.
El pueblo apareció sobre la falda que besa la bahía tranquila y transparente, donde suelen aparecer algas y delfines, vestidos de blanco, gris y negro.
Las casitas de una planta, con techos rojos o verdes, jardines de invierno poblados de vegetales, y Land Roberts que circulaban por el lado izquierdo, todo muy británico y pintoresco. Pocos, casi ningún habitante caminaba por la calle ventosa.
Nos ubicamos mi hermana María y su pareja Roberto, Aníbal con su hijo Lucas y yo en la casa de un chileno funcionario de migraciones.
El dueño de casa tenía gallinas, y un gato negro de collar rojo vivía bajo el chalet. Aunque este último no era suyo, una vez por día lo alimentaba con carne picada.
Esa tarde bajamos a la calle principal por una cuesta empinada para ir al supermercado y visitar aquellos lugares que tantas veces habíamos observado en fotos de libros y revistas.
Al lado de un pub, un perro detrás de una cerca nos tiraba una pelota de tenis. Si la devolvíamos, la recogía y volvía a tirarla afuera.
Esa noche cocinamos juntos nuestra propia cena, mezcla de lo que habíamos comprado allí y lo que trajimos del continente.
Fernando, el chileno que organizaba las excursiones, nos presentó las diferentes alternativas.
Elegimos la excursión 1982 que recorría los distintos lugares que protagonizaron la recuperación de las islas.
Nos despertamos con el canto de los gallos cautivos. Hubiera jurado que en vez del tradicional “kikiriki” cantaban el muy inglés “cook-a-doodle-doo”.
Esta vez el viento, la lluvia y el frío intentaron evitar que saliéramos de nuestra madriguera. Salvo unas pocas bajadas al “centro” y la visita al museo local, nos quedamos encerrados.
La mañana siguiente, el clima nos dio una tregua y recorrimos algo más. Un crucero desparramó turistas ancianos por la villa.
Mientras sacaba fotos de la bahía apareció mi hermana, pálida y angustiada. Casi en un grito dijo que acababa de ver al tío Johnny y a la tía Dora entre los pasajeros del crucero. La miré perplejo; hacía años que ambos habían fallecido. La acompañé al muelle y los vi subir a una de las lanchas en las que transbordaban al barco. A unos 50 metros se parecían muchísimo, pero no estaba seguro.
Mi hermana juró y perjuró que no le cabían dudas, y permaneció triste y sombría el resto de la tarde.
El nuevo día lo usamos para la excursión 1982. Primero fuimos al faro que marca el punto más al este de las islas, apagado por los isleños el 1 de abril de 1982 y nunca más vuelto a encender. La avanzada argentina llegó a esa costa la mañana siguiente.
Luego recorrimos otros sitios históricos: la casa del gobernador, el monumento a la guerra, el de Margaret Thatcher, y hasta el sitio desde donde se disparó un Exocet a la fragata Glamorgan, que hostigaba a las tropas argentinas.
Culminamos con la visita a las últimas estribaciones cercanas a Puerto Argentino, se podían ver lugares importantes de combate como el Monte Dos Hermanas, el Tumbledown y el Longdon.
En el terreno nos encontramos con dos veteranos de guerra que pelearon en esa zona. Fue emocionante recibir, de primera mano, la historia trágica de aquellas tristes jornadas.
Los campos de batalla nos recibieron con lluvia helada que lastimaba el rostro con la fuerza del viento.
Sentado en una roca vi pasar a un avión Pucará por un hueco entre las nubes. Me restregué los ojos, no hay aviones argentinos en las islas, me dije. Guardé el secreto conmigo. Otro hecho inexplicable había ocurrido.
De nuevo el clima nos cerró las puertas y pasamos la siguiente jornada leyendo. Por la noche mejoró un poco y nos fuimos a cantar al pub Narrow. Aníbal había organizado el “recital”. Teníamos la vana esperanza de que esto nos acercara más a los isleños.
Íbamos por la tercera canción, un tango, cuando uno de los Kelper, al que más tarde identificamos como argentino, desenchufó el equipo. Quedamos paralizados. Intentamos dialogar con ellos, pero solo conseguimos enfurecerlos. Afortunadamente reinó la cordura entre nosotros y nos fuimos sin mayores conflictos.
Aníbal desapareció esa noche.
Lucas nos explicó que probablemente estaba forjando algún negocio con los isleños, que ya aparecería, pero nunca regresó.
Hubo otro tour guiado a los campos de batalla de San Carlos y Pradera de Ganso. El hijo de Aníbal encontró un soldado inglés muerto mientras caminaba por los alrededores del Cementerio Británico. El cuerpo estaba intacto salvo un orificio de proyectil en medio de la frente y la sorpresa en el rostro. Permanecía tibio como si acabaran de liquidarlo minutos antes.
El chileno nos sugirió que no nos preocupáramos, que estas cosas pasaban en las islas. Alguno vendría a recogerlo. También nos advirtió que el muerto no saldría en las fotos.
El penúltimo día el tiempo nos bendijo y decidimos, por nuestra cuenta, intentar llegar a la cima del monte Longdon.
Caminamos cerca de dos horas hasta la cumbre. Por el camino nos encontramos con restos de la guerra como cocinas de campaña, trozos de metralla y armamento.
Mientras comía un sándwich, observé el rostro de Roberto, paralizado por el estupor, que miraba detrás de mí.
Me di vuelta.
A un par de kilómetros el cielo, las nubes y los montes despedazados caían por un precipicio negro poblado de estrellas.
Crónica – En el día de la fecha, 9 de febrero de 2019, y por causas aún no identificadas, el vuelo de Latam 897 con destino a Mount Pleasant, Islas Falkland, se estrelló poco antes de arribar a destino. No hubo sobrevivientes, los 186 pasajeros y 6 tripulantes fallecieron en el lamentable accidente. El gobierno argentino está negociando con el de las Islas la repatriación de los cuerpos.
Ricardo Viti, 22 de febrero de 2019