Tormenta

El viento sopla desde el mar de tal manera que la junta de la puerta corrediza que da al balcón no logra impedir el paso del agua. Un charquito vergonzoso se empieza a formar dentro de la casa.

Ya es de día y poco a poco se dejan ver olas enormes y violentas que golpean una y otra vez a la indefensa playa.

El recuerdo llega repentinamente como una de esas olas y su mente de inmediato se dispara como la tormenta que azota la costa. 

Quisiera matarlo, pero a su vez lo quiere.

Fue durante la cena. El vino es un mal consejero, especialmente cuando se abusa de él, porque entonces es capaz de abrir puertas que deberían permanecer cerradas. 

Todo iba más o menos bien hasta que le preguntó, como al pasar, si se había encontrado con la rubia, esa descocada y buscona que atiende un quiosco en la calle principal.

Si, escupió el hombre.

En ese instante lo supo. A pesar de la borrachera detectó en su rostro una anomalía pecaminosa.

Él se dio cuenta de su error. Pálido ensayó una respuesta que se convirtió en una mueca estúpida que le confirmó en ella su sospecha.

Sale al balcón para ventilar su ira y fumar un cigarrillo, y ver si el vendaval puede llevarse ese humor asesino.

Porque todavía lo quiere a ese desgraciado.

A lo lejos un pesquero intenta no hundirse. La imagen la lleva al barco y le parece ver a los hombres mojados, ateridos, empapados de adrenalina producto de la pelea con los elementos. Alguno de ellos seguramente piensa si la tormenta lo dejará reencontrarse con su novia, o con su esposa e hijos o si el agua se los devorará sin remedio. 

¿Se verá la luz de su departamento desde donde están ellos?

Tira el cigarrillo consumido. El odio, que parecía haberse desvanecido con el pensamiento anterior, reaparece, como las olas que se forman, crecen y mueren en la abatida playa.

Apenas recuerda lo que pasó después.

Ella, aprovechó el momento de debilidad y lo acusó con amargura de serle infiel. Entonces, inexplicablemente, una tormenta se desató en él. Se puso de pie; su rostro se contrajo y viró al rojo, sonrió con malicia suicida y con palabras crueles y afiladas confirmó sus más íntimas y retorcidas fantasías. 

Hace un par de meses que me acuesto con ella, le dijo. A Rosa le gusta hacerlo, no como a vos, que cada vez que me quiero acercar, te escapás con excusas tontas. 

El viento comienza a ulular a rachas crecientes mientras las gotas de lluvia golpean las ventanas como si quisieran entrar.

A continuación él describió, con detalles, los encuentros con aquella mujer. Ella quedó muda por el horror de su fantasía masoquista realizada.

Luego se fue la luz. 

Recuerda la cara de él iluminada por los flashes azules de los relámpagos, mientras vomitaba sus hazañas eróticas, y luego los truenos espantosos que le hacían vibrar el pecho y sacudir el alma.

El mar es una sucesión de olas que rompen furiosas desde el horizonte. Las nubes corren apuradas. De pronto, la tormenta se toma un respiro; la lluvia se transforma en una garúa fina y un poco más de luz ilumina el ambiente.

Hace un esfuerzo, pero los recuerdos parecen disolverse después de los relámpagos. 

En aquel momento un “no grande” de alarma, rodeado de signos de admiración, se le aparece en su mente.

Corre a la habitación, grita el nombre de su pareja mientras un presentimiento nefasto la invade.

Ahí está. Los ojos desorbitados en una expresión de sorpresa, la cama: un charco de sangre oscura casi coagulada, un cuchillo enorme todavía clavado en su cuello.

La invade una calma extraña, como de venganza consumada. 

Mira la ventana, a pesar de la tormenta un rayo de sol, débil, pugna por iluminar la mañana.

Ricardo Viti, 10 de noviembre de 2021

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