De vez en cuando la vida
se nos brinda en cueros
y nos regala un sueño
tan escurridizo
que hay que andarlo de puntillas
por no romper el hechizo…
Flavio se despierta. El reloj alarma, despiadado, suena a las 5:30 de la mañana.
Va a tomar el vuelo de Aerolíneas 1682 que despega a las 9:40 a Bariloche, llegará sobre el mediodía y, si tiene suerte, justo para el almuerzo con un posible cliente.
Hay que conseguir este negocio, sea como sea; o será lo último que haga en esa empresa. No se tiene mucha fe, sabe que el contrato es virtualmente imposible y en el fondo presiente que lo envían al muere.
Recuerda, mientras se ducha, las palabras de su jefe, Ramiro Paez: “Mire Flavio, este será posiblemente el contrato más importante de Jenuflex SA. Si lo consigue, salvará a la empresa, y es más, nos catapultará hacia el futuro. ¿Me entiende?”. Ese “me entiende” esconde más palabras que la Enciclopedia Británica piensa el muchacho.
Está perdido, se siente como un cordero yendo al matadero.
Además, para empeorar Andrea se mostró esquiva anoche. Siempre se pone así cuando me voy a algún lado, recuerda. Y él es un bobo, se queda girando como un trompo, rumiando qué ocurrirá. Después piensa si le será fiel, e imagina aventuras perversas que ella podría tener.
La ducha no logra despertarlo del todo. Un café casi sólido sí lo logra.
Ya son las 6:30, en una hora u hora y media tendrá que marcharse. Por suerte armó la valija ayer por la noche.
Andrea no contesta, la “p” que la parió.
Bien, no hay nada extraño en los emails.
En el ascensor piensa como hará para conseguir un taxi a esa hora y que el taxi le partirá la cabeza para llevarlo a Aeroparque.
Al salir del edificio ve la sombra amarilla y negra de un taxi, con la banderita libre.
Le hace señas y el taxi se detiene. Es nuevo.
-¿A dónde señor?, -pregunta el conductor.
-A Aeroparque, -contesta Flavio.
-Bien señor.
¿Señor?, se sorprende Flavio. ¿Por qué no “macho”, ”muchacho”, “mister”, o “don”?
El coche se desliza raudo por el tráfico matinal. El conductor lo observa con insistencia por el espejo retrovisor.
-¿Usted no es Flavio Peretti?, -le pregunta de repente el taxista.
Flavio se sobresalta. -Si, -dice-, ¿me conoce de algún lado?, -continua sin tutearlo.
-Su padre me ayudo mucho de chico, bah, ayudo a mi familia, no les cobraba la consulta y nos daba los remedios gratis.
-Si, dice el Flavio, mi padre era muy…
-Muy generoso, una gran persona, -completa el taxista-. Eso es lo que era.
Llegan a Aeroparque.
-¿Cuánto es?, -pregunta Flavio.
-Nada señor. Es lo menos que puedo hacer por el recuerdo de su padre.
Insiste un poco pero se da cuenta que no hay nada que hacer, no le aceptaran el pago.
Los mostradores de Aerolíneas tienen colas de quince personas por lo menos. Menos mal que vine temprano, piensa Flavio mirando el reloj. Aun así, falta una hora y cuarto para que salga el vuelo y no sé si voy a llegar. Bueno, si pierdo el avión tal vez no pierda el trabajo, y se imagina a Ramiro con cara de quefaltaderesponsabilidadperetti. Mejor que llegue a tiempo, concluye.
Una empleada portando una carpeta se le acerca.
-Buen día señor, va usted a Bariloche?
-Si, -contesta Flavio-, eso si llego al mostrador a tiempo.
-Mire, estamos teniendo problemas para ubicar a todos los pasajeros. ¿Usted viaja en turista?, ¿me da su nombre por favor?
-Si, me llamo Flavio Peretti, -responde el muchacho ruborizándose de forma casi imperceptible.
-Me queda un asiento en segunda fila, sobre ventanilla, en Clase Ejecutiva, le haremos el upgrade sin costo.
-¿Me acompaña?, -dice con una sonrisa de oreja a oreja.
Ahora un poco más ruborizado, sigue a la empleada hasta el mostrador, le entregan el boarding pass y en minutos pasa por seguridad.
Los grandes cristales le muestran la pista y los aviones despegando y aterrizando. Tiene una hora mas o menos para el embarque.
La llama a Andrea.
-Hola amor, -contesta ella.
-Hola, -responde Flavio-. ¿Estás bien?
-Si, -responde ella-. Te extraño.
La palabra extraño cae como un bálsamo tibio en el muchacho.
-Estoy por salir para Bariloche, deséame suerte, -dice Flavio.
-Suerte corazón, -responde ella-, te estaré esperando cuando vuelvas.
-Gracias linda, -contesta el y cuelga.
Las azafatas revolotean entre los pasajeros de clase ejecutiva. Mientras tanto los “pobres” de clase turista van pasando cargados de equipaje y esperanzas, envidiándolo a él mientras ojea el diario y disfruta de un jugo de naranja.
Qué relajada que es la vida en ejecutiva, piensa Flavio sin imaginar lo que le espera en Bariloche.
La silla eléctrica, la horca, la inyección letal…
En minutos cierran la puerta, suben la presión de la cabina y una extraña modorra lo domina.
Al rato lo despierta la voz del Comandante. Llegarán a horario. El tiempo en Bariloche es inmejorable, despejado y con veinte grados centígrados. El desayuno se servirá en minutos.
Flavio se relaja. Le ha parecido encontrar un rostro conocido entre las azafatas.
Recuerda una novia que tuvo en su pre adolescencia. Se llamaba Gisela , y su padre había fabricado bombas en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. La conoció cuando los dos tenían doce o trece años. Con ella descubrió el primer beso en los labios. Fue una novia del verano, del verano de la playa. Ella quería ser azafata.
Mira las nubes que en un mar de algodón pueblan el horizonte.
Recuerda a Gisela con una sonrisa. Nunca supo más de ella.
-¿Café?, -le pregunta una voz femenina
-Si, -responde él, y mira a la figura que lo sirve. Su corazón da un respingo. Así hubiera sido Gisela de grande.
La muchacha lo mira con curiosidad. Parece que fuera a decir algo pero sigue callada y avanza a la fila siguiente. Flavio está paralizado.
¿Será Gisela ?, se pregunta. Es Gisela, se contesta.
Y ahora sí, el estrés del viaje se ha desvanecido como el azúcar de su café con leche. Mira hacia atrás y ve el cuerpo de la muchacha avanzar por el pasillo.
Titubea.
Se levanta y se vuelve a sentar. No es el momento, están sirviendo.
Mira el mar de nubes y la modorra lo vence.
“Su atención por favor”, se escucha al Comandante.
“En breves minutos comenzaremos el descenso al aeropuerto Teniente Luis Candelaria de la ciudad de Bariloche. Rogamos a los señores pasajeros que se abrochen los cinturones, apaguen los …”
La azafata ha aparecido como por arte de magia delante de el.
-¿Flavio?, -pregunta-. Usted…¿vos sos Flavio?
-Si, -responde él conmocionado-. Y vos sos Gisela .
-¡Flavio!, -dice ella y se le acerca para darle un beso en la mejilla.
Una inesperada turbulencia hace que a ultimo momento se mueva el rostro de la muchacha y los labios se rocen.
El rubor inunda a la pareja. “Perdón”, dicen al unísono.
Pero luego sonríen.
-Tengo que atender al pasaje, -agrega ella entre los saltos del avión. -Voy a estar en el Hotel Alma del Lago, vuelvo mañana a Baires. ¡Qué alegría haberte visto!. Buscame que salimos a cenar esta noche, ¿si?.
Flavio no sabe que decir. Al final balbucea un “si” pero ella ya camina por el pasillo.
Vuelve a mirar por la ventanilla. La mente lo lleva a sus doce o trece años, el camping de San Clemente del Tuyu. Su primer beso en la boca perdido en los médanos. ¿Cuántos años tenía ella?, más o menos como él, tal vez uno menos.
El ruido del tren de aterrizaje lo desconecta de los recuerdos. Mira el reloj, 11:20, van a llegar un poco más temprano a destino.
Su valija sale entre las primeras, y fuera de la terminal lo espeera un taxi.
-Buen día señor, -dice el taxista-, adonde vamos?
-Hotel Aconcagua, -contesta Flavio.
Salen del aeropuerto. La ruta los lleva bordeando el lago y el paisaje majestuoso de la cordillera y el agua azul casi negro.
El muchacho no tiene mucho tiempo para perder en la vista, hay que repasar la propuesta pues a las dos tiene la reunión con el potencial cliente.
Llegan al hotel y le dan una habitación desde donde se puede ver el lago. Algunas nubes blancas y perezosas comienzan a llenar el cielo azul celeste.
Pide un sándwich y una coca diet. Se lo come a bocados mientras intenta aprenderse de memoria la propuesta, los puntos clave. Intenta adivinar los “peros” del futuro cliente. Cada vez se pone más nervioso.
— —- —
Las oficinas quedan a unas pocas cuadras del hotel. Sobre la una inicia la marcha.
“Hacia el cadalso”. Un viento premonitorio le eriza la nuca.
Mira los turistas despreocupados comprando chocolate y ropa. Los estudiantes también despreocupados revoloteando y flirteando en los cafés. Las parejas de recién casados envueltas en un aura de amor.
Él en cambio va camino a la silla eléctrica. Se mira en una vidriera y ve un rostro preocupado, con el ceño fruncido. Si me ven así va a ser peor.
Se acuerda de Gisela , y su imagen se superpone con la de Andrea.
Hace un esfuerzo en concentrarse en la azafata y logra arrancarse una sonrisa. ¡Esa es la actitud!
Llega a las oficinas. Es un edificio de cristal de 10 pisos. Son las dos menos cuarto.
-Por aquí señor Peretti. -Una secretaria lo guía por los pasillos hasta la sala de juntas, que también tiene unos ventanales grandes que dan al lago. Parece que todo da al lago hoy, piensa Flavio.
-¿Un café señor Peretti?. -Pregunta la chica.
-No, gracias, un vaso de agua me vendría bien (para ahogarme).
Está solo. Los nervios intentan dominarlo. Parece como si hubiera alguien susurrándole al oído “estás frito Flavio, te llegó la hora”, y su mente se llena de imágenes negativas: el rechazo de la propuesta, una cita aburrida e insípida con Gisela, la vuelta con retrasos a Buenos Aires, llegar al trabajo al día siguiente y que Mr. Páez lo llame a su despacho para fulminarlo sin anestesia…
¡BASTA!, se dice a sí mismo. Respira profundo y mira hacia las montañas, el lago azul, las crestas espumosas de las pequeñas olas, un windsurfista solitario.
-¿Sr Peretti?. -Inquiere una voz modulada y tranquila.
Flavio se da vuelta.
Un hombre de unos cincuenta y pocos años le tiende la mano.
-Soy Oscar Valle Hermoso, el presidente de VH sociedad anónima.
-Mucho gusto, -contesta el muchacho.
Luego de las preguntas coloquiales sobre el viaje y el tiempo Flavio saca un par de carpetas y le entrega una a Oscar.
-Siéntese Peretti, -dice el presidente. En ese momento entra la secretaria con un vaso de agua y un té.
-Sr Valle Hermoso, aquí esta su té. Sr Peretti, el vaso de agua que pidió.
El señor Franco llamó por teléfono, -continua la secretaria-. Me ha dicho que su hijo tuvo un pequeño accidente de esquí y que no va a poder asistir a la reunión.
-Bien gracias Daniela, -responde Oscar.
Luego el hombre mira a los ojos a Flavio.
-Flavio, -le dice-, puedo llamarlo por su nombre?.
-Si, claro, -responde Flavio visiblemente nervioso.
-Flavio, ya tuve oportunidad de ver la propuesta. Me parece un poco excesiva por el trabajo que van a hacer, pero son una buena empresa y los riesgos serán menores. Si Franco, el gerente financiero, estuviera aquí; seguramente estaríamos en estos momentos crucificándolo, pero si me responde a mi única pregunta hasta puede que le acepte la propuesta. ¿Qué me dice?
-¿Que qué digo?, -que adelante Sr Valle Hermoso.
-¿Por qué tendríamos que elegirlos a ustedes?, -pregunta Oscar-, y no me de una respuesta de libro porque entonces estará mal contestada mi pregunta.
Flavio casi sin pensar contesta, total, perdido por perdido.
-Porque estamos desesperados. Usted dice que esta propuesta es cara pero no lo es, tiene un margen mínimo. Necesitamos un proyecto para salir adelante, para hacernos un nombre en Bariloche y en la zona sur del país, y ustedes son esa oportunidad. Pondremos lo que tenemos y lo que no tenemos para que esto sea un éxito, en ello nos va la vida.
Una sonrisa se dibuja en el rostro del presidente, luego contesta:
-Lo felicito Flavio, el trabajo es de ustedes. Pero además queremos que nos hagan otras seis propuestas adicionales sobre otros temas en los que necesitamos su ayuda.
Flavio siente un mareo y teme desmayarse. También tiene un nudo en la garganta que lo aprieta hasta casi las lágrimas.
-Me gustaría, si puede, que se quede esta noche y mañana a la mañana discutamos las otras oportunidades. Déjeme ahora firmar esta propuesta antes de que aparezca Mr. Franco.
No son ni siquiera las tres de la tarde cuando Flavio sale de las oficinas de VH.
Camina sobre algodones. Ahora sí forma parte del humor de los turistas, los estudiantes y los mieleros; está tan contento o más que ellos. No puede evitar sonreír todo el tiempo y cuando pasa por la misma vidriera de antes vuelve a mirar su reflejo que ahora muestra un rostro sonriente y feliz.
Cuando llega al Aconcagua llama al hotel de Gisela .
-Hotel Alma del lago, buenas tardes, en que puedo ayudarlo?, -dice una voz profesional.
-Necesito que me pase con la habitación de la señorita Gisela (¿cómo se llamaba?), Gisela Treutel.
-Enseguida señor, -responde la voz.
Un par de rings…-¿Si?, Gisela Treutel.
-Soy Flavio Gisela .
-Ah!, -responde ella-, qué suerte que llamaste!
-La verdad que fue una linda sorpresa verte hoy en el avión después de tantos años, -dice el muchacho-. Te llamaba para arreglar para cenar. Yo no conozco mucho de Bariloche, tal vez vos puedas recomendar algo.
-Bueno, -dice Gisela -, vamos a un restaurante mejicano, algo de Zapata. ¿Vos en qué hotel estás?, ¿estas con coche?
-En el Aconcagua, -responde Flavio-. Y no estoy con coche.
-Bueno, te paso a buscar sobre las 8:30 por el Aconcagua, ¿querés?
-Si, -responde el muchacho. Te espero.
Flavio se quita el traje y se pone unos jeans y una camisa.
Luego llama a Paez.
-Jenuflex SA , buenas tardes.
-Por favor con el señor Paez.
-Momentito, de parte de quien?
-De Flavio Peretti.
-Don Flavio. ¡Qué sorpresa!, espero tenga buenas noticias, -dice Paez con sarcasmo.
Flavio procede a contarle la reunión. A pesar de la distancia, el muchacho siente nacer la sonrisa en los labios de Ramiro.
Su jefe le dice:
-¡Bien Peretti!, excelente trabajo. Quédese un par de días en Bariloche e intente que le aprueben el resto de las propuestas. Si necesita ayuda avise. ¡Por fin una buena noticia!
-Nunca perdí la fé en usted Flavio. Vaya y cene en un buen lugar, y luego me pasa los gastos.
-Si señor, -contesta el muchacho-. Mañana lo vuelvo a llamar con mas novedades.
Luego queda Andrea.
-¡Hola Flavio!, -le dice la muchacha.
Flavio le repite lo ocurrido en el cliente.
-¡Qué bueno!, dice ella.
Hablan un rato de trivialidades.
Flavio nota algo extraño en la conversación. Es como si Andrea estuviera ocultando algo.
Antes de cortar, ella le dice:
-Flavio, quería decirte que esta noche me encuentro con Horacio. Ya sé que estas cosas no se dicen por teléfono pero es que no podía no decirlo. Lo nuestro hace rato que no anda bien y la verdad que …
Andrea no puede seguir. Flavio escucha los sollozos del otro lado del teléfono.
Flavio no entiende muy bien porqué está sonriendo. Necesitaba de este empujoncito para sacarse a Andrea de encima. Y ahora queda además la perspectiva de salir con Gisela .
-Bueno, bueno, -le dice a la muchacha. El fin de semana vamos a tomar un café y lo charlamos.
-Sos divino Flavio, -dice ella. Y él se siente un traidor, pero solo por un instante.
Se pone un buzo de gimnasia y sale a correr. No hace mucho frio, y el aire es tan puro y está cargado del sabor de las flores de la montaña.
Luego se da una ducha y después de una pequeña siesta, sale a dar una vuelta.
Otra vez el barullo de los turistas. Compra una cajita de chocolates para llevar y otra para Gisela .
Vuelve al hotel. Sobre las 8:30 sale a la puerta. Luego de unos minutos aparece la muchacha en un coche alquilado.
Ella le sonríe desde adentro del coche.
Que linda que esta, piensa Flavio. El también le sonríe y le entrega la caja.
-¡Qué dulce que sos!, -dice ella y le planta un piquito en los labios, como aquellos que se daban en su infancia. El muchacho no puede reprimir los colores.
-Bueno. Nos vamos, -dice ella, y pone primera.
Llegan a Zapata.
Toman un par de Margaritas. Recuerdan viejos tiempos. Cada uno se proyecta a aquella época y vuelven a tener doce años.
Qué bonita que es Gisela , vuelve a pensar Flavio.
Después de la cena picante y las margaritas, Flavio paga la cuenta y salen al aire fresco.
La montaña luce plateada en medio de la noche. Con sorpresa siente que Gisela lo toma de la cintura, él hace lo mismo, y por un instante se quedan frente al lago, mirando las estrellas y su reflejo en el agua.
-Flavio. -Dice la muchacha.
Él la mira. Ella levanta sus ojos y acerca sus labios a los de el
Flavio.
-Acompáñame esta noche.
Esta vez los labios se entreabren y el beso es profundo.
Flavio siente ese viejo mareo de pasión que creía perdido en su adolescencia.
Una suave luz azul ilumina la habitación. Flavio mira el reloj alarma, son las dos de la mañana. La muchacha duerme desnuda a su lado.
El recuerdo de las últimas dos o tres horas vuelve a excitarlo. No recuerda en su vida haber vivido algo así.
Se duerme arrullado por el tenue sonido de las pequeñas olas del lago.
Abre los ojos varias horas después. El resplandor de la mañana lo enceguece, pero hay algo más. La muchacha está encima de él, cabalgándolo.
Se unen en un beso profundo.
— —- —
El café es fuerte y delicioso. Las medialunas se deshacen en la boca. La mirada sonriente y ojerosa de Gisela lo llena de una felicidad que nunca había creído poder sentir. Siguen llenando el hueco de todos esos años, pero todavía tienen tiempo para rememorar los momentos de la pre adolescencia.
Ahora son dos adultos, compartiendo un amor extraño, añejado por el tiempo que los separó.
Ella lo deja en su hotel.
Se pasa el resto de la mañana trabajando. Al mediodía le entrega las propuestas a la secretaria de Valle Hermoso. La mujer le pide que se quede, que el sénior Valle Hermoso quiere llevarlo a almorzar.
Flavio aprovecha la pausa para llamar a su amiga.
-¡Hola Gisela !, soy Flavio, te llamaba para ver cómo estabas.
-¡Hola Flavio!, que sorpresa escucharte, cómo te fue con las propuestas?
-Bueno, no sé, responde Flavio. Las están revisando ahora. Quería saber cuándo te volvías.
-Mañana cerca del mediodía, en el vuelo 1683. ¿Volvemos juntos?
-Creo que si, -responde Flavio-, y si no lo arreglo.
-Querés que nos veamos por la tarde?, -pregunta Flavio.
-Si, claro, -responde ella-. Voy a estar en la cafetería del hotel. Si querés veníte cuándo termines, o traéte el equipaje y te quedás conmigo.
Una sensación cálida lo invade a Flavio. La perspectiva de pasar otra noche con la muchacha le parece sublime.
-Si, -responde Flavio-, buena idea. Nos vemos por la tarde alrededor de las cuatro.
Siente que le tocan el hombro derecho y esto lo sobresalta.
-Caramba, Peretti, perdone, no quería asustarlo, dice Valle Hermoso.
-¿Vamos?, nos están esperando en el restaurante.
Van a almorzar al Butterfly. Flavio tiene que hacer un esfuerzo para sacarse de la cabeza el recuerdo del cuerpo joven de Gisela.
El almuerzo dura un poco más de lo que el muchacho esperaba. Las propuestas se aceptan sin ningún tipo de negociación, algo que sorprende a Flavio que las había inflado un poco para poder negociar más tarde.
Se despiden con un apretón de manos. Valle Hermoso parece contento con el trato.
-Flavio, -le dice-, ojalá todos los proveedores fueran como usted, es un placer haberlo conocido y espero que sigamos haciendo negocios. El mes que viene habrá otras diez propuestas, ya lo convocare para explicarle los detalles.
En el hotel, haciendo las valijas, llama a su jefe Ramiro Paez para darle la buena noticia.
Ramiro contesta:
-Mire Peretti, le voy a ser franco, no tenia mucha fé en este negocio, pero veo que ha hecho un excelente trabajo, y le propondré para un ascenso.
Flavio llega sobre las cuatro y media al hotel de Gisela . Ella lo espera en la cafetería. Pasean por los alrededores, y juegan en los juegos de las hamacas para los chicos.
Y pasan otra noche incomparable de pasión.
Por la mañana vuelven a hacer el amor después del desayuno, cuando la muchacha ya se había vestido. A Flavio se le cumple la fantasía de hacerle el amor a una azafata en uniforme.
Ya en el avión a Buenos Aires, ella lo ubica en clase preferencial. El comandante habla sobre la ruta a seguir y los detalles del viaje.
En el momento del despegue Gisela se levanta de su asiento y se acerca a Flavio.
-Amor, -le dice-, esto se termina acá, siempre te quise, desde que éramos unos chicos.
Ahora todo y nada tiene sentido.
A Flavio le sorprende que la muchacha se levante de su asiento en pleno despegue.
Algo raro ocurre.
Algo muy malo.
El avión se invierte y todo se vuelve blanco.
….
-Yo no sé que pasa Don Ernesto, -le dice Andrea al portero-. Hace un par de días que Flavio tenía que ir a Bariloche, pero no fue y todo el mundo lo anda buscando, ¿podría abrir la puerta de su departamento?
Ricardo Viti, 17 de mayo de 2011