Al infinito y más allá Look for the girl
with the sun in her eyes
And she is gone
Lucy in the sky with diamonds…
Lennon and McCartney
Como un reguero de sol la nave blanca incandescente se desliza a velocidades prohibidas por Einstein. La cara de Anela parece dibujada en la cúpula de cristal que la protege. Duerme un sueño de invierno, largo y provocado. La claraboya me muestra estrellas y planetas lejanos. Sólo tengo que mirar, controlar, y de vez en cuando, dialogar con la computadora.
Hacemos turnos de seis meses. Somos diez, cinco hombres y cinco mujeres, es decir que dormimos cuatro años y medio y estamos despiertos seis meses.
Nuestro destino es Alfa Centauro, una de las constelaciones más cercanas y más brillantes, con alguna probabilidad de vida extraterrestre. En unos cuatro ciclos llegaremos.
Hoy me toca despertar a Mario y luego irme a dormir. Por suerte el sistema de animación suspendida hace que el metabolismo baje tanto, que el organismo prácticamente no envejece. Esos cuatro años y medio de sueño agregan apenas medio real. De todas maneras, para nuestros familiares y amigos es como si hubiéramos muerto, cuatro ciclos de cinco años más otros cuatro son cuarenta años que nos separarán de nuestra gente, o mejor dicho treinta y dos contando lo que realmente viviremos. Pero eso poco importa, igual seremos jóvenes y ellos ancianos…
Me acerco a la cámara de Mario. Los ojos cerrados en su rostro pálido se vislumbran a través del vidrio.
Computadora, desactivar hibernación de Mario Contarti.
Comienza desactivación de proceso de hibernación de Mario Contarti, responde la máquina.
La pantalla que muestra los signos vitales de Mario comienza a indicar incrementos. En unos quince minutos estará despierto, y por un par de días compartiremos la nave con los compañeros dormidos. Esos son los momentos más hermosos del viaje, cuando dejamos de estar solos y disfrutamos las estrellas con alguien.
En el próximo ciclo me tocará con Anela. Me gusta Anela pero a ella le gusta más Mario, son probablemente la única pareja del viaje; eso sin contar a Silvio y Roberto. Por algún ardid del destino, Mario y Anela no deberán despertarse mutuamente por lo que no compartirán un par de días solos en el espacio. Ese hecho me produce un placer secreto (no debería ser así, pero es lo que siento).
La computadora me sorprende en mis cavilaciones.
Ariel…
Sí, respondo.
Mario no parece reaccionar ante proceso de reactivación.
Un chorro de adrenalina ingresa a mi corazón disparándolo al galope. Miro la pantalla. Es verdad, los indicadores han vuelto a ser los típicos del proceso de hibernación, salvo los latidos del corazón que se han espaciado aún más, a 10 por minuto.
Computadora, digo con voz alterada por los nervios, proceda con activación alternativa.
Ariel, procedo activación alternativa.
Otra vez los índices parecen crecer en la pantalla. Las pequeñas columnas de luz van cambiando de color, del azul de hibernación, al amarillo de transición y al verde de normalización, o rojo de peligro…
Con horror y sorpresa observo los indicadores virar del amarillo al rojo. El rostro de Mario se vuelve azul azul. La máquina confirma.
Ariel. Mario Contarti no responde a la reactivación. Sus signos vitales han desaparecido. Procedo a resucitación.
Autorizado a resucitación, digo con voz temblorosa.
Nada ocurre. Mario ha muerto…
La soledad me invade profundamente. Leo los procedimientos para estos casos. He de intentar despertar a otros miembros de la tripulación. Me acerco a la cabina de Silvio. Parece un niño pequeño, su rostro es de rasgos suaves y tiernos, su pelo enrulado y rubio. Silvio es el siguiente en la lista.
Computadora, desactivar hibernación de Silvio Breck.
Comienza desactivación de proceso de hibernación de Silvio Breck, responde la máquina.
Pasarme dos días con Silvio ya no me hace tanta gracia. Lo conocí durante el entrenamiento para el viaje. Andaba todo el día con Roberto, claro. Inclusive una vez los sorprendí besándose en el laboratorio. No es que tenga algo contra las relaciones homosexuales, pero no me gustaba la actitud de Silvio, parecía estar todo el día intentando meterse en la vida de los demás, y si podía encontrar alguna ‘gema’ de chisme, entonces la replicaba como un virus por todo el complejo. No, definitivamente no me gusta Silvio, pero es un compañero más de estos diez, digo, nueve, tripulantes.
Ariel…otra vez la computadora.
Sí, respondo.
Silvio no parece reaccionar ante proceso de reactivación.
Esto no es un accidente, pienso alarmado.
Nuevamente intento el proceso alternativo, pero sólo consigo que la carita blanca de Silvio se vuelva azul, está muerto, muerto como Mario. Quedamos ocho.
No hay procesos que definan qué hacer en estos casos, nunca ha ocurrido. Y me temo que si sigo así, terminaré matándolos a todos.¿ Mejor los dejo dormir?, pero, ¿hasta cuándo?. No puedo pasarme treinta años solo monitoreando a esta maldita ballena blanca. Me volvería loco.
Debo encontrar el problema y resolverlo. ¡Qué bueno sería poder comunicarme con la Tierra!. Pero estamos demasiado lejos, mucho más allá del Sistema Solar, y no hay posibilidad alguna de comunicación; la respuesta tardaría años en llegar.
Me acerco a los demás. Los signos vitales de Anela parecen estables en un azul de un mar que extraño. La pobre ignora la suerte de Mario, será la última que despierte.
Paso los siguientes cuatro días investigando. Hay algo extraño en la conducta de Isabel. Ese es el nombre de la computadora, o mejor dicho el ‘alias’. Le pusimos Isabel por Isabel la Católica, sin cuyo esfuerzo no hubiera sido posible para Colón descubrir América.
Es casi imposible detectar una alteración en la ‘conducta’ de una computadora, pero la noto distante. Cuando intento interrogarla acerca del problema con Mario y Silvio no responde inmediatamente, se toma su tiempo, titubea…
Descubro, entre el material altamente confidencial, un sobre plateado con franjas anaranjadas y brillantes. Para ser abierto en caso de emergencia informática (tiene escrito bien claro en letras negras). Lo abro y me encuentro con un pequeño disco de backup y una nota.
La nota, escrita a mano, reza así: ‘El siguiente programa no ha sido probado adecuadamente, por lo que se requiere extrema precaución en su uso. Sólo deberá ser ejecutado si se presenta una anomalía importante en la computadora central. Se trata de un buscador de virus altamente poderoso y agresivo para los sistemas de la nave, por lo que existe el riesgo de que inutilice la computadora, con la consiguiente pérdida de material y/o vidas’
Miro el pequeño disco de apariencia inofensiva. Lo vuelvo a guardar en el sobre. No me animo a utilizarlo. Pero la curiosidad de la posible existencia de un virus es más fuerte que el riesgo y el miedo. Con voz firme le pregunto a Isabel.
Computadora, verifique presencia de virus informáticos.
Otra vez ese silencio, ese titubeo, esta vez, inusualmente prolongado.
Ariel, no se detectan virus en el sistema central… no se detectan virus en el sistema de navegación… como en una letanía sigue explorando los distintos sistemas de la nave, cuando llega al de hibernación se produce una pausa, y luego … el sistema de hibernación está corrupto, no es posible verificación de virus.
Ahí está el problema. Una mezcla ilógica de alivio y excitación me invade.
Ariel, -nuevamente su voz dulce y femenina- hay problemas con los sistemas de hibernación, están fallando los signos vitales de Roberto Martínez.
Corro a la sala de hibernación. Las pantallas de Roberto Martínez y Graciela Polinetti muestran signos en rojo. Intento interrumpir la ejecución. Imposible.
Un par de minutos más tarde han muerto…
Sólo quedamos seis, ya no podremos seguir con la misión, pienso egoístamente.
Vuelvo a buscar el pequeño disco de emergencia, ya no quedan dudas de cuál es el problema. Hay un virus en la nave y está afectando el sistema de hibernación. Si no consigo eliminarlo matará al resto de los tripulantes, pues se ‘ha dado cuenta’ de que lo he descubierto…
Inserto el disco en la lectora. Isabel me pregunta. ¿Cuál es el programa Ariel?
Computadora. Ejecute el programa de la lectora.
Isabel responde. Ariel, están fallando los signos vitales de Carlos Negroponti.
Ariel, están fallando los signos vitales de Ana Rosental.
Ariel, están fallando los signos vitales de Maria Caballero.
Ariel, están fallando …
Me siento en la consola y ejecuto el programa del disco manualmente, Isabel vuelve a titubear, pero la emergencia es más importante que ese programa nuevo y desconocido que se ejecuta en sus entrañas.
… los signos vitales de Alicia Armada…
Computadora, verifique presencia de virus informáticos en el sistema de hibernación.
No se detectan virus en el sistema de hibernación, responde Isabel con una voz que simula mostrar signos de alivio…
Nuevamente vuelvo a la sala de hibernación, la única pantalla que muestra colores azules es la de Anela; las otras están en rojo. Sólo quedamos ella y yo. Debo despertarla, aunque no sé todavía para qué…
Todos ellos se han despertado muertos… ¿Quién sabe dónde estarán ahora, y quién sabe cuál es la diferencia entre ellos y nosotros? Ambos formamos parte del espacio, es sólo una cuestión de dimensiones. Tal vez.
La computadora se encargará de congelarlos en sus cunas de hibernación.
Estoy nervioso, Anela es mi única esperanza para no volverme loco.
Igual paso un par de días pensando, tengo todo el tiempo del mundo.
Con un sentimiento morboso reviso la ropa y el equipaje de los muertos… (si ya sé que eso está muy mal pero yo estoy solo en el espacio, probablemente condenado a vivir en la eternidad o a volverme loco en una soledad infinita, y eso me justifica). Aprendo de ellos más de lo que me contaron en vida. Mario tiene fotos de Anela, que guardo en mi camarote y observo por horas… Aquí están bailando en una fiesta, abrazados (ya no podrás hacerlo, bandido…), acá están sentados en una playa, Anela con una bikini negra que muestra más de lo que oculta, o ésta otra con la familia de ella disfrutando de una cena de Navidad. Hay también un par de cuando Anela era más pequeña. La verdad es que casi no ha cambiado, apenas las curvas de su cuerpo…
Vuelvo a poner todo en su sitio, salvo las fotos. De vez en cuando siento el deseo irrefrenable de volver a escarbar en los recuerdos de los muertos y gozar entre sus intimidades. A veces me parece ver a alguno por el rabillo del ojo y mi corazón salta del susto hasta mi garganta. Entonces corro hasta la cámara de hibernación para contarlos y confirmar que están todos bien muertos, azules y fríos para siempre.
Por las tardes, o mejor dicho lo que equivaldría a la tarde (pues aquí en el espacio siempre es de noche), me siento frente a Anela y charlo con ella en un monólogo distraído. Le cuento sobre los sistemas planetarios que hemos cruzado, el estado de la nave, los libros que estoy leyendo. A veces siento la necesidad de hablar de temas más profundos, de la muerte de Mario por ejemplo, y me cuesta, pero al final, se lo digo. Cuando llega el día en que me decido a despertarla ya le he contado las malas nuevas una infinidad de veces.
Computadora, desactivar hibernación de Anela Jolie.
Comienza desactivación de proceso de hibernación de Anela Jolie, responde Isabel.
Los indicadores viran del azul al amarillo, y de éste al verde, uno por uno. Anela está despertando.
Al cabo de unos quince minutos sus ojos, de un azul índigo imposible, parpadean y me miran del otro lado de su cofre transparente. Con un soplido suave se abre la tapa. Anela me observa con asombro. Su cuerpo ágil y vibrante se vislumbra debajo de la túnica de hibernación.
Ariel, dice con un carraspeo, ¿qué ha pasado…?
Vuelvo a repetirle las malas nuevas que tanto he practicado; sus ojos se llenan de lágrimas que se desbordan y ruedan por aquel rostro suave de niña. Se incorpora y me abraza. Sé que no es a mí al que abraza, pero no importa, me gusta reconfortarla, siento sus pechos desnudos a través de la tela.
¿Por qué? ¿ Por qué?, repite mientras llora en mis brazos. Le alcanzo agua, que bebe a sorbitos mientras me observa con mirada de animalito huérfano.
Al final Anela se incorpora, se despereza como un gato y mira alrededor intentando asimilar tanta desgracia.
Yo me aparto para deleitarme con su belleza. Algún día será mía, pienso, mía para la eternidad, y más allá.
Ariel, me voy a dar una ducha. Nos vemos a la hora de la cena. ¿De acuerdo?
Parece que quiere estar sola. Bueno, Anela, le contesto (tratando de que no se me note la emoción), voy a estar en la cabina. Nos vemos.
Camino por el único pasillo de la pequeña nave. Hay sólo un par de dormitorios; uno, para los varones y otro para las mujeres, y un baño compartido con una ducha minúscula. Hablando de eso. Hay una cámara allí. Me apuro, llego a la cabina, y me siento frente a los monitores. Espero que no se dé cuenta de la luz roja del dispositivo.
No, me equivoqué, no hay una cámara en la ducha, pero sí en los dormitorios. Veo la figura un poco borrosa de Anela quitándose la túnica. ¡Qué cuerpo armonioso, la veo sentarse en la cama y llorar. Ahora busca las fotos de Mario (menos mal que sólo me quedé con las de ella), sigue llorando. Se levanta, desaparece en la ducha, vuelve y se viste. Ahora mira hacia la cámara. Se ha dado cuenta de que la estoy observando, sale disparada de su camarote.
Estoy perdido.
Me siento en uno de los puestos de comando, y me hago el distraído.
Aparece roja de furia, pero observa que estoy de espalda a los monitores y hace un esfuerzo por calmarse.
¿Qué pasa Anela?, le pregunto con un dejo de sorna.
Nada, dice. Es que me di cuenta que estaba activada la cámara de mi habitación y vine a apagarla.
No pensarás que yo… digo disolviendo el final de la frase en el aire.
No, no, contesta Anela, perdonáme.
Desactiva la cámara y se va.
La ventana principal de comando me muestra más y más estrellas, pero también el reflejo de mi propio cuerpo. He engordado un poco en esta última semana, será la ansiedad de estar solo que me invita a comer sin pausa, y mi rostro parece como desaliñado; la verdad es que tengo una mirada un poco loca; los ojos rojos insertados en agujeros oscuros, una sonrisa que en otra oportunidad me hubiera dado miedo y una barba desprolija de cinco días. No debo presentar una imagen muy atractiva a mi princesa.
De pronto suelto una carcajada, esta vez sí me asusto un poco, e intento entretenerme trabajando con los controles de la nave.
A la noche llego a la cocina/comedor, son las ocho en punto, hora de la ballena blanca. Me bañé, me afeité, y me perfumé. También luzco un overol negro que oculta un poco de mi incipiente gordura. Anela me da la impresión de que ha ocultado su belleza a propósito. Se ha vestido también con un overol negro (¿de luto?) que disfraza sus contornos.
La comida está lista, me dice con voz neutra y sin sonrisas.
Comemos en silencio, como una pareja de casados que no se llevan bien.
Una semana después, a pesar de mis intentos por acercarme a ella, las cosas siguen igual o peor.
Hemos analizado juntos las alternativas. Seguir con la misión es imposible. No conseguiríamos concluir todas las tareas asignadas al llegar a Alfa Centauro, y no podríamos estar hibernando seis meses y despiertos otros seis, nuestros cuerpos no lo resistirían. Por lo tanto hay que volver. Si nos quedamos despiertos, serán más de diez años. Esta vez la mente no resistiría el esfuerzo. Podemos dormirnos los dos, programar la nave para el regreso y esperar que todo salga bien sin el monitoreo de los sistemas. Para esto debemos aprovechar una supernova que se encuentra a sesenta días de distancia. Ésta podría (no es seguro) ayudarnos a dar la vuelta y lanzarnos hacia casa. Me resulta sumamente arriesgado, pero es la única alternativa factible…
Ayer estaba en la cabina de mando y, revisando distraído las cámaras, la encontré en la sala de ejercicios. Se había puesto un pequeño short y un top muy sexy. Decidí enfrentarla y confesarle mi amor.
Me acerqué por detrás. Estaba en la bicicleta fija. Su cuerpo se movía al ritmo del pedaleo; se la veía tan bonita salpicada con las gotas de su propio sudor, los músculos en movimiento brotando en su piel suave.
¿Qué miras?, me dijo en un tono frío que no me gustó (ya sabía que estaba ahí).
Anela, me acerqué. Le puse una mano en sus hombros mojados y le dije.
Anela, estamos tan solos…
Ella detuvo el aparato, se incorporó, y con esos ojos índigo, ahora filosos como un bisturí, atacó: Mira Ariel, sé que estamos solos, pero eso no significa que vaya a caer en tus brazos. No siento ninguna atracción por vos, nunca la sentí, por lo tanto, lo que quiero es que intentemos volver a la Tierra, que pasemos estos dos meses lo mejor posible y que luego durmamos hasta que la nave nos lleve de vuelta a casa. Eso es lo único que deseo, así que no te hagas ilusiones, ¿sí?.
Quité la mano de su hombro como si hubiera sido una víbora, y me fui sin decirle una sola palabra.
Ahora estoy revisando las medicinas. Creo que tengo la solución para que Anela cambie y me quiera como me merezco. El Sedatil será mi arma de seducción. Es un relajante suave que se utiliza para aliviar los efectos secundarios de la hibernación prolongada. En pequeñas dosis relaja, pero si se incrementa su consumo, atonta, deja al paciente aletargado e incapaz de manejar su propio cuerpo. Es exactamente lo que necesito. Y hoy me toca a mí preparar la comida.
Mientras le preparo a Anela su ‘sopa especial’ no puedo evitar la excitación que trepa por mi cuerpo desde los pies hasta el corazón sacudiéndolo ansiosamente.
Ahí aparece.
Hola Ariel, dice con un dejo amistoso.
Hola, Anela, contesto disimulando mi ansiedad.
Acá está tu caldo.
Gracias Ariel… mmm… es el de hongos, mi preferida.
La cuchilla puntiaguda de la culpa se me clava en mi bien desarrollado estómago (bueno, ella se lo merece después de todo).
Comemos casi en silencio. Cada tanto observo a Anela para ver si empieza a tener los primeros síntomas de la ‘medicina’.
.
Está riquísima, tiene un gustito distinto que no llego a identificar.
Ariel, agrega. Estos últimos días estuve pensando mucho en Mario.
¿Sabés como nos conocimos?, me dice con una de las pocas sonrisas que le he visto. Tiene una sonrisa muy especial, muy dulce. Se le forman hoyuelos en las mejillas, y sus dientes pequeños y perfectos brillan en el fondo rojo de sus labios.
Fue el día que nos anotamos para ser astronautas. A mí no me pareció atractivo ni nada por el estilo. Él dice, bueno decía que me descubrió entre las postulantes y ya no pudo quitar sus ojos de mí.
Me hubiera pasado lo mismo, digo con la boca repleta de comida.
Como si no me escuchara siguió con el relato, sólo su expresión contestó: ni lo sueñes…
De todas maneras, apenas cruzamos un par de palabras, y no hubiera ocurrido nada entre nosotros de no ser porque esa tarde me lo encontré a la salida del departamento de mi prima. Estaba esperando el ascensor.
Mi nombre es Mario, me dijo. Y ahí descubrí esa mirada entre tierna y varonil que me cautivó para siempre.
Fuimos a tomar un café. Charlamos hasta tarde, nos dimos cuenta porque nuestra mesa era la única que no tenía las sillas arriba.
¿Sabías que Mario fue el primer ser humano en observar un OVNI?
Eso también me atrapó en él. Cuando me dijo que era Mario Contarti no lo podía creer. No se si conocés la historia. Mario estaba de vacaciones en Argentina, en el lago Aluminé, sobre la cordillera de los Andes, muy cerca de la frontera con Chile.
Bueno, me contó que una noche, antes de acostarse, vio una luz violácea en el cielo. Se quedó observando hasta que esa luz se convirtió en una nave espacial, con forma de plato como las que aparecieron en los años 50. El aparato se sumergió en las aguas del lago, permaneció allí unos veinte minutos, y luego volvió a salir. El tema no hubiera pasado de un episodio entre miles si no hubiera sido porque Mario filmó todo con una cámara digital de alta resolución, y aquellas imágenes recorrieron el mundo.
¡Qué fantástico!, digo limpiándome la boca con la servilleta, qué tipo tan especial este Mario, y qué suerte que tuvo…
Sí, me contesta con ojos melancólicos, era un gran tipo, esas imágenes fueron el gatillo para reiniciar el programa espacial, ¿sabías?
Estoy cansada, me dice bostezando.
Se levanta y casi se cae. ¿Qué pasa?, inquiere. Yo me incorporo y la atajo antes de que se vuelva a caer. Debe ser algún efecto de la hibernación, le digo (lo tenía todo preparado).
La llevo casi arrastrando por el pasillo hasta su dormitorio. La excitación me delata, pero ya es tarde.
La deposito suavemente sobre la cama. Transpiro y siento el calor en la cara. Le desabrocho las botas y se las quito. Murmura entre sueños. Mario… Ariel…
Le desabrocho el overol negro, debajo aparece una ropa blanca de algodón, camiseta y un bikini muy pequeña, estoy en la gloria.
Le quito el overol y la observo detenidamente sobre las sábanas azules.
Anela… (casi no puedo hablar)
Anela te quiero…
La incorporo y tiro de su camiseta que salta por arriba de sus hombros; sus pechos me miran desafiantes, erectos. Y ella cae de nuevo sobre la cama como una piedra.
Forcejeo con su bikini.
Ya está desnuda, solo para mí. Todavía tiene los ojos abiertos y murmura tonterías ininteligibles.
Me quito la ropa y caigo desnudo al lado de ella. Casi lloro de la emoción. Por fin ha comprendido, me desea, me ama.
Le separo suavemente las piernas y su centro se ofrece sin resistencia. Me monto sobre ella y la poseo. Cada tanto gime y protesta suavemente, pero yo sé que le gusta, que ya es mía para siempre.
– – –
Queda poco Sedatil. Anela está sufriendo sus efectos de largo plazo. No se la ve tan bien, claro, hace días que no come pobrecita…
Ayer la levante y casi no pesaba. La llevé a la ducha y la lavé con cariño y dulzura. Luego volvimos a la cama e hicimos el amor.
Estas dos semanas han sido la gloria, pero ya se ha acabado. Hace un par de días no quedó más Sedatil y Anela empezó a ser la de antes. Me insultó, lloró, y gritó hasta quedarse afónica. Me puso muy nervioso y comencé a golpearla y luego perdió el sentido.
Se me ocurrió una idea…
Era la hora de la comida, y me di cuenta de que nunca más recuperaría la conciencia. La llevé a la cocina. La puse sobre la mesada, luego tomé el cuchillo más grande que encontré.
Ya casi no queda nada de ella… En el impulso máximo del amor nos hemos unido para siempre.
Su sabor … es tan dulce como su sonrisa…
Ricardo Viti, 4 de abril de 2003