Compañera de Tenis

A Víctor le gustaba mucho el tenis. Era algunos años mayor que Adriana, pero podía competir con ella. Todavía guardaba fuerzas y, sobre todo, experiencia en ese deporte particular.

Su cabello morocho, sus ojos oscuros y achinados, unos anteojos de grueso calibre y su cuerpo macizo le conferían esa imagen de hombre feo que cautiva inexplicablemente a las mujeres tanto como los guapos rubios de ojos claros.

Adriana tenía el pelo castaño y lo llevaba lacio sobre sus hombros. Sus ojos color almendra mostraban una mirada pícara. Su cuerpo (firme a fuerza de gimnasia y sudor) la hacía deseable. Era delgada y vivaz. También disfrutaba del tenis.

Se habían conocido hacía años, pero por alguna razón habían permanecido desconectados, sin hacerse mucho caso… ajenos a su propio deseo… 

Un par de semanas atrás él la  reencontró en las canchas, se acercó a ella y la invitó a jugar. Ese fue el mecanismo para que volvieran a conocerse, a explorarse, a deleitarse mutuamente en aquel deporte.

Víctor volvió a sacar. El tiro salió violento y perfecto, pero esta vez Adriana estaba preparada, y se lo devolvió suave y lento, junto a la red.

Víctor alcanzó a darse cuenta y corrió raudo al encuentro de la pelota, la vio picar casi muerta y en el instante en que iba a devolverla tropezó su mirada con las piernas de Adriana y, erró la devolución…

Por lo menos tengo el consuelo de su sonrisa ganadora, pensó Víctor mirando la cara de su contrincante.

Jugaron un par de horas. Ganó Víctor por poco margen y quedaron  en tomar un café a la salida. 

Miró el reloj. Ella se demoraba. Se distrajo en la tarde primaveral que respiraba aires de flores y de pasiones. Los árboles comenzaban a mostrarse verdes y lustrosos; el sol salía de su encierro invernal y se podía ver en la gente la sonrisa de la estación. Una sonrisa que se repitió también en la cara de Víctor cuando la vio salir. Adriana vestía unos vaqueros ajustados, una remera blanca y sugestiva y un chalequito azul. Apenas maquillada, lucía fresca, natural.

¿Lista?, preguntó Víctor.

Sí, respondió ella.

Caminaron juntos por la vereda, mirándose de reojo, charlando relajados sobre el partido que acababan de disputar.

Llegaron a la avenida. Víctor aprovechó la situación, distraídamente tomó la mano de Adriana y gritó un vamos en un instante en el que no pasaban autos. Ella se soltó disimuladamente al llegar al otro lado.

Ya cerca del café los dos se sintieron repentinamente mareados. Se detuvieron, y por un segundo, el mundo vibró delante de ellos, como el aire caliente en un día de verano. Se miraron a los ojos…

A Víctor le pareció que se veía a sí mismo, como en un espejo; pero el lapso fue tan corto que pensó que era su imaginación, o su cansancio, y siguió caminando.

A media cuadra entraron al café, uno de esos antiguos, con grandes ventanales, mesas de madera gastadas. El piso lleno de polvo y un perfume a cigarrillo, charla y tango.

Se sentaron en una mesa bajo una de las ventanas. Un mozo aburrido se les acercó displicente y pidieron un cortado para ella y un café para él. 

Llegó el pedido. Ella puso edulcorante a su cortado y él una pizca de azúcar al suyo. 

Entonces volvió a ocurrir.

Víctor levantó la taza, bebió un sorbo y otra vez lo atrapó esa sensación de mundo reverberando… Su café sabía a cortado con sacarina…

Bajó la taza extrañado y se encontró de nuevo con sus propios ojos que lo miraban con espanto. Miró sus manos, eran las de Adriana, como si él estuviera en el cuerpo de ella y viceversa. 

Nuevamente la vibración y el mareo. Volvió a ver la cara asustada y pálida de Adriana.

¿Viste lo que pasó?, preguntó él.

Sí, al principio pensé que era mi imaginación, pero esta vez duró un poco más, ¿qué está pasando?, dijo ella.

No sé, respondió Víctor, estoy confundido.

Adriana se levantó. Esperáme que enseguida vuelvo dijo.

Víctor se quedó sumido en sus pensamientos. Su mirada se perdió fuera de la ventana. El mundo parecía tan distinto ahora…

Esta vez lo sintió venir. El temblor, el mareo.

Se encontró sentado en el inodoro del baño de señoras. Sentía el alivio del líquido caliente saliendo de su cuerpo. Miró hacia abajo y vio una mata de pelos enrulados, nada más.

Terminó, se levantó, se secó y con vergüenza subió la pequeña prenda de algodón y los ajustados vaqueros Con curiosidad se levantó la remera y sacó los pechos fuera del corpiño. Lucían firmes y armoniosos, los acarició y sintió una cosquilla agradable, nueva…

Adriana me espera, pensó. Se acomodó la ropa y salió del baño. Se sentía ligero en aquel cuerpo más joven que el suyo.

Miró de reojo al mozo que lo seguía con la mirada y cuando llegó a la mesa se dio cuenta de que Víctor lloraba. Se sentó a su lado y le tomó las manos.

¿Qué pasa?, dijo ella entre lágrimas…¿Nos volvimos locos?

No sé…, respondió él…

Ricardo Viti, 18 de agosto de 2002

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