Uso una aplicación que se llama INSIGHT TIMER para meditar. Al terminar la sesión se pueden ver algunos de los participantes, sus fotos, nombres y hasta en qué ciudad viven. Por último se les puede enviar un mensaje, como: ‘Gracias por meditar conmigo’.
Me gusta buscar chicas bonitas y enviarles ese mensaje.
Así conocí a Veerle, nombre holandés de mujer que significa ‘viajera’.
Le envié el consabido mensaje, pero hubo algo diferente…
Contestó que en unos días vendría a Denia, donde yo vivo.
Le sugerí que meditáramos juntos.
Y aceptó.
Por días miraba su foto y pensaba si sería así o estaría muy cambiada. Se me ocurrió invitarla a Paramita, un templo budista que, en coche, queda a 20 minutos del pueblo.
Respondió que lo conocía de nombre pero que nunca lo había visitado y que le encantaba la idea.
Llegó el día del encuentro.
Arreglamos para vernos en una rotonda a una cuadra de mi casa. Mi corazón se aceleraba a medida que pasaba el tiempo. De pronto vi a alguien que me saludaba; era ella. No lucía muy distinta a la de la foto, tampoco, igual.
Sonreímos y nos dimos un abrazo.
¿Vamos a tomar una cerveza?, le pregunté.
Sí, respondió.
Teníamos un par de horas para conocernos y salir a buscar el templo.
Nos sentamos en un bar y con dos cervezas adelante comenzamos a contarnos nuestras vidas.
Ella y su exmarido tenían una empresa que vendía Montañas Rusas, lo que me resultó original y simpático. Después surgió algo intrigante, mencionó que se había retirado y se dedicaba a estudiar la confluencia de las vidas pasadas con los antepasados de las personas. Algo parecido a las constelaciones mezclado con espiritismo.
Me pareció fascinante.
A medida que transcurría el tiempo y la conversación fluía clara e interesante iba notando un cambio en la expresión de su rostro, que parecía decir : Me gustas, me gustas mucho.
El tiempo pasó raudo.
Decidimos ir en el coche que sus amigos le habían prestado, le agregaba más seguridad al viaje creo, por lo menos desde el punto de vista de ella.
Se hizo de noche. El camino al templo es oscuro, angosto, y está lleno de curvas, pero en 20 minutos estuvimos allí.
Veerle no pudo entender la meditación guiada, pero la energía que se generó la llenó de paz.
Salimos de allí transformados. La fresca brisa marina nos revitalizaba en tanto que y las estrellas brillaban en aquella zona oscura alternando unas con otras como un inmenso árbol de Navidad.
Comenzamos a bajar. Primero, en silencio, hasta que de golpe los dos hablamos al unísono, y nos reímos como chicos.
No esperábamos algo así. Al girar en una esquina nos encontramos con un coche detenido en medio del angosto camino.
Ni bien nos detuvimos salieron dos hombres y nos apuntaron con armas.
¡Si retroceden, disparamos!, gritaron.
Nos bajamos. Uno de ellos se acercó mientras el otro nos apuntaba. Me quitaron la billetera y a Veerle, su bolso.
Recordé lo que mi hermana María me había contado hacía ya tiempo. Si te asaltan no te rebeles, permanecé pasivo, y si ves que los asaltantes se relajan y encontrás una buena situación, reaccioná violentamente, lo más violentamente que puedas.
El conductor del coche le dijo algo al que apuntaba, quien se dio vuelta para contestarle. El que nos robaba abrió el bolso de la chica.
Era entonces ahora o nunca.
Con todas mis fuerzas le descargué una patada en los testículos.
Sus ojos parecieron salirse de sus orbitas mientras se iba al suelo y soltaba el revólver.
Veerle se agachó para recoger el arma.
El que nos apuntaba volvió a hacerlo e intentó disparar.
Al escuchar la detonación pensé que lo había hecho.
Pero había sido Veerle.
Salió despedido hacia atrás con un tiro en el brazo. Trastabillando se levantó como pudo y entró a su coche. Se escapó en una nube de polvo.
La muchacha seguía apuntando al caído, que ya estaba repuesto y asustado.
Llamé al 091 y les expliqué la situación. Me dijeron que estarían allí en unos minutos.
Recobré el bolso y mi billetera.
Esperamos lo que pareció ser un siglo. El ladrón nos habló en un idioma que no pudimos reconocer.
Por fin, se escuchó la sirena y aparecieron tintineando en la noche los reflejos azules del patrullero.
La policía le puso esposas al ladrón y nos pidió los documentos. Les expliqué que Veerle era holandesa y estaba en casa de unos amigos.
Después nos dejaron solos en medio de la oscuridad de la noche.
Regresamos shockeados.
Estacionamos el coche frente a la casa de los amigos.
¿Vamos a cenar?, preguntó ella.
Me sorprendió su actitud, acabábamos de sufrir un episodio de riesgo crítico, y parecía no importarle.
Más tarde supe la razón.
Tomamos unas tapas en el Lizarran y luego, un par de vinos en La Sacristía, un bar decorado con gran cantidad de ornamentos eclesiásticos.
Durante la conversación Veerle se abrió un poco más.
Antes de casarse había estudiado en la Escuela de Policía, pero había dejado la profesión poco después de graduarse.
Eso explicaba todo.
Salimos del bar y la acompañé al departamento de sus amigos.
Una luna llena enorme nos hizo compañía durante el viaje.
Cruzamos el túnel del castillo. Era un poco tarde y esa zona siempre me inquieta, aunque en ese momento me sentía protegido.
Al llegar a destino se escuchó una voz en neerlandés.
Miré hacia arriba y vi una silueta en el balcón.
Intercambiaron palabras, yo no entendí nada.
¿Qué les dijiste?, pregunté.
Que no me esperen a dormir, dijo sonriente…
Ricardo Viti 26 de enero de 2026