Paranoia

Marcelo mira las nubes algodonosas a través de la ventanilla del avión, sorbe un trago de champan y las burbujas le hacen cosquillas en la nariz. Revisa con la vista sus manos, ¿es sangre lo que se ve debajo de las uñas? Intenta quitarse la suciedad con la servilleta de papel, pero algo siempre queda. 

Un par de días atrás era un típico hombre de negocios en un típico viaje de negocios a Buenos Aires. Algo le ha cambiado la vida. Todo comenzó cuando fue a visitar a su antigua amiga Luciana. Fueron compañeros en sus primeros años de consultoría, cuando todavía surfeaba la década de los veinte. En aquella época la chica era una belleza escultural: pelo castaño, ojos grandes color almendra, labios gruesos, morena de tanto sol, piernas largas y esa cola parada de mulata. Todos la codiciaban. 

Marcelo y ella se habían hecho muy amigos a raíz de una asignación de varios meses en el exterior, y en algún punto también habían disfrutado mutuamente de sus jóvenes cuerpos, pero esto se evaporaba en la noche de los tiempos, cuarenta años atrás.

En casi todos sus viajes se encontraban. La invitaba a almorzar o cenar, y charlaban sobre la vida y la forma en que ésta los había tratado. A Luciana no le había ido muy bien: Un matrimonio fallido del que el marido se llevó todo y un desarrollo profesional mediocre que, con el tiempo, se había deteriorado hasta el punto que llevaba ya dos años comiendo sus ahorros. También su cuerpo, antes delicioso, se había reducido a piel y huesos, en el que la gravedad había hecho estragos.

Ausente, apenas se da cuenta cuando la azafata le renueva la copa.

Dos días atrás la llamó por teléfono y quedaron para cenar en un coqueto restaurante de la Recoleta. Allí le propuso que la ayudara a poner fin a su vida. Sus ahorros se habían extinguido, seguía sin trabajo ni amor, y sus parientes no querían saber nada con ella, se sentía un estorbo. Le imploró que la acompañara en el trance final. Marcelo aceptó y aquella noche repitieron lo que ella ya había intentado sin éxito. Se desnudó, se introdujo en la bañera con agua apenas caliente, y le suplicó que guiara su mano con la Gillette. A medida que el agua se teñía de rojo intenso sonreía tristemente, y luego le pidió que la besara. Fue justo en el momento en que abandonaba su cuerpo y sus miserias.

Por el rabillo del ojo observa que las azafatas cuchichean, ¿hablarán de él?

La angustia, que ha estado royendo su alma, vuelve al ataque.

Dejó su cuerpo enfriándose en el agua tibia y se fue, no sin antes revisar que no quedara indicio de su presencia. Lavó los vasos, limpió sus posibles huellas, se llevó un duplicado de las llaves, y por último, dejó todo bien cerrado. Las llaves se fueron por una alcantarilla. 

Ahora piensa que la policía lo espera en Miami, algo que es imposible en cualquier lado, salvo, en su mente. También le ha parecido verla en Ezeiza, en el avión, y sobre todo, en su cabeza, y cada vez que le sucede su corazón trastabilla.

Ya en Miami recorre las noticias buscándola, sabe que infructuosamente pues con la poca vida social que llevaba, pasará una semana hasta que el olor haga que la descubran. Se  horroriza con ese pensamiento. La noche lo llena de pesadillas en las que despierta con el cuerpo putrefacto a su lado.

Por fin la encuentran, se entera no por las noticias si no por un amigo común. Nadie sospecha, muy pocos saben que estuvo en Buenos Aires.

Últimamente su imaginación lo sorprende cada vez con algo nuevo. Pierde cosas y cree que las dejó en casa de su amiga. Cada llamada es, en principio, del FBI.

La falta de concentración le ha hecho quedarse sin el empleo, su peso ha disminuido a niveles alarmantes. Es irónico, pero cada vez se siente más cerca de ella.

Será cuestión de encontrar un amigo para repetir la historia. 

Ricardo Viti, 19 de diciembre de 2018

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