Una vez mi hermana María me confesó una de las cosas más bonitas que me han dicho en la vida: vos me enseñaste a jugar.
Recuerdo esa tarde cuando sacamos del lúgubre garaje del sótano, la bicicleta Peugeot de mi papá, para dar una vuelta.
Nos vamos a pasear mi hermana María y yo, 5 y 11 años.
Ella, sentada en un mullido cojín que conoció tiempos mejores en un Mercedes Benz de la Fuerza Aérea, es la que conduce. El asunto es más o menos así: Depende de cual hombro me presione giro hacia ese lado, el acelerador y el freno están en algún lugar que no recuerdo. Por supuesto que todo el sistema tiene un seguro, si vamos a chocar o nos van a atropellar, tomo el control para evitarlo.
Salimos del garaje de Ugarteche casi Las Heras rumbo a Plaza Italia, por la acera. Al principio es angosta y el piloto automático debe evitar llevarse por delante árboles o mujeres con cochecitos, pero pronto llegamos a la vereda ancha del Zoológico y ahí las cosas cambian. Además el piloto ya se ha acostumbrado y maneja bien.
Cruzamos la avenida Sarmiento y giramos hacia el monumento a los españoles. En aquel año de 1966 no han quitado los incineradores todavía, cada edificio tiene hornos donde todos los días se quema la basura. Grandes nubes de humo negro se juntan con lo que despiden los coches, colectivos y camiones para caer suavemente sobre la ciudad y la gente, en pequeños y grasosos copos de hollín. Un desastre ambiental diario.
Al llegar al parque llamado Plaza Intendente Seeber, que es una zona verde inmensa frente a la embajada de los Estados Unidos, encontramos una laguna artificial creada por la lluvia de la noche anterior.
Mi piloto conduce hacia ella.
Probemos primero por el borde, sugiero yo, que soy solo el motor de la bici y piloto automático de seguridad. Mi hermana parece encantada con la idea de cruzarla por el medio, pero accede, y pasamos sin problemas, sólo hay césped debajo, aunque el agua sea turbia y no se vea nada (podría existir una zanja profunda y no la veríamos)
Repetimos el juego un par de veces. Es divertido y excitante a la vez.
Pero al final nos aburrimos y ya es hora de la gran travesía.
María me conduce por el medio de la laguna. Tiene 100 metros de ancho, o más.
Al principio todo es normal, y aunque la profundidad se incrementa, seguimos.
Al llegar a la mitad noto que, a pesar de pedalear con la misma intensidad, no avanzamos, patinamos hasta detenernos. Seguimos en el mismo lugar mientras intento mantener el equilibrio. Mi hermana no parece darse cuenta de lo que pasa.
O nos caemos al agua o bajo los pies, y hago esto último, claro. Mis zapatillas (las únicas que tengo) se ahogan hasta pasados los tobillos. Con dificultad avanzo los 50 metros que me quedan hasta llegar al otro lado.
Es hora de volver a casa, no puedo andar con los pies mojados. Te vas a resfriar, me advierte mi madre, que llevo en mi cabeza.
Llegamos al garaje pisando charcos de la vereda, y como siempre, bajamos a toda velocidad por la rampa hasta llegar al sótano, donde con horror descubro que los frenos están mojados y no funcionan. Esquivo uno, dos, tres, cuatro coches hasta que llego a la pared del otro lado. Hay allí una goma providencial que evita que la bicicleta se rompa. Golpeamos fuerte, y María estrella su cara en mi espalda, y su estómago contra la parte posterior de mi asiento.
Llora, le duele bastante. Como puedo la consuelo y logro que prometa que no va a decir nada a mis padres (algo que hago frecuentemente)
Guardamos la bici en la baulera y regresamos a la tibieza del departamento. Por suerte María no cuenta nada, y la vida sigue, en espera de la próxima aventura.
Ricardo Viti, 6 de abril de 2023