Tengo 16 años.
Curso 4to año en el Liceo Militar y mi vida ya parece estar arreglada, en un par de años ingresaré a la Escuela de Aviación Militar y seré aviador, como mi padre.
Yo voy con esa corriente. Mi padre se ha retirado de la Fuerza y, como le gusta tanto volar, se ha puesto a trabajar como piloto en una empresa de aerotaxis que se llama Aerotransportes Wolkoff.
Afortunadamente me lleva con él en cuanto tiene una oportunidad; creo que lo hace para que el bichito del vuelo prenda en mi alma. ¡Y vaya si lo consigue! Estoy cada vez más entusiasmado.
Es que cuando vamos juntos casi siempre me deja pilotear los aviones. En el despegue él controla los pedales pero yo tiro de la palanca de control. La sensación de pasar del mundo bidimensional al tridimensional es sublime.
Una vez nivelados me pide que lleve el rumbo y mantenga una determinada altitud, y me reta cuando me desvío de lo pactado.
En los aterrizajes llevo la aeronave hasta cerca de la pista, aunque no se anima a dejarme aterrizar. ¡Y lo bien que hace!
Hoy nos toca un vuelo divertido: Ir a buscar el avión a Morón, volar a Aeroparque, recoger a un pasajero, llevarlo a Mar del Plata, y regresar a Morón.
La aeronave es una de las más lindas que tiene la empresa de aerotaxis, un Aerocommander 500, bimotor con capacidad para seis pasajeros. De ala alta, potente y fácil de maniobrar.
Me sentía feliz, hacer esta actividad con mi padre significaba unir el vuelo con su compañía, y nos hermanaba en el cielo.
Décadas después fui yo el que lo llevó a volar cuando vivía en Chicago, y pude de nuevo disfrutar de aquellos momentos tan especiales.
Es difícil explicar con palabras lo que significa pilotear una aeronave, pero voy a intentarlo de todas maneras: Lo más importante es el movimiento en tres dimensiones. El ser humano es un animal que, naturalmente, se traslada sólo en dos, básicamente hacia los lados. Tambien es posible subir o bajar, pero el transportarse por el aire y tener dominio de la dirección y la altura da una perspectiva única de la vida. Otro aspecto es el tamaño de las cosas, que se hacen pequeñas a medida que trepamos, y también nos dan una visión más global del mundo en que vivimos.
No por nada el cielo es sinónimo de paraíso.
Despegamos, y al poco tiempo iniciamos los procedimientos para el aterrizaje en Aeroparque. Ahí fue cuando tuvimos el primer incidente: hay tres luces que indican la posición del tren de aterrizaje, verdes si esta bajo y trabado, y rojo si está replegado. La luz que indicaba la rueda de mi lado seguía roja a pesar de haber accionado la palanca de aterrizaje. Esto podía significar un problema eléctrico en los circuitos o un problema hidráulico en el sistema, si era lo primero no era serio pero si era lo segundo significaba un accidente.
Enfilábamos la pista. Mi padre le pegó un golpe al tablero para asegurarse de que no era un falso contacto, pero todo siguió igual. Justo antes de tocar el pavimento la luz roja se tornó verde.
Mientras carreteábamos hacia la plataforma surgió la disyuntiva: regresar a nuestra base y no hacer el viaje, o continuar. Papá, como expiloto militar, decidió que el problema no era tal, y proseguimos.
Nuestro pasajero era una señora de entre 50 y 55 años, se la notaba nerviosa, no se si por el miedo a volar o por la edad del copiloto.
El día era fresco y despejado, y el viaje se desarrolló sin incidentes.
La mujer permaneció callada y seria todo el trayecto.
Cuando faltaban unos 10 minutos para aterrizar, mi padre me dijo: cuando toquemos la pista mirá la rueda de tu lado, si ves que no traba y se vence, avisáme que damos motor, retraemos el tren y aterrizamos con la “panza”. Saltaran chispas y se saldrá la pintura, pero no nos va a pasar nada.
Aclaración: El Aero Commander 500 es un avión de ala alta, lo que permite aterrizar con el tren arriba sin dañar las hélices. No es una maniobra exenta de riesgos, pero tampoco es un accidente, si se hace bien…
Encaramos la pista y, muy suavemente, iniciamos el aterrizaje.
Otra vez la luz de mi lado permanecía en rojo.
Yo me concentré en la rueda.
Al tocar la pista se la luz cambió a verde y proseguimos a la plataforma.
Al detener los motores mi padre le dijo a la mujer que podía desembarcar, pero ella no contestó, estaba dura en su asiento mirando hacia adelante con las manos cruzadas sobre su regazo. Y no respondía a la voz de mi papá.
Tuvo que despegarle los dedos uno por uno para que la señora reaccionara.
Una vez que se marchó, despegamos.
¿Regresamos por la playa?, preguntó mi padre.
¡Si!, contesté. El viaje sería un poco más largo y divertido.
De paso subimos a 3000 metros para probar los carburadores, agregó.
Ya sin pasajeros, iba yo en los controles.
Comencé a bordear la costa mientras subía.
Al llegar a la altura deseada, chequeamos que las revoluciones y temperatura de los motores fueran las correctas.
De pronto, mi papá me dice: ¡El comandante pierde el sentido por la falta de oxigeno!
Y sin mediar palabra descargó su cuerpo sobre la barra de control, pretendiendo que se desmayaba.
Con la bajada abrupta quedamos colgados de los cinturones.
Mi sonrisa no podía ser más grande.
Después de la broma bajamos a una altura razonable. Si seguíamos a 3000 metros hubiéramos necesitado oxigeno después de media hora, y no disponíamos de él.
Cerca de La Plata giramos hacia Morón y aterrizamos sin novedad ni problemas con las dichosas lamparitas.
Posteriormente me enteré que el desperfecto era hidráulico, aunque el riesgo de que el tren no trabara era muy improbable.
Pero no imposible…