Gunther

Cae el sol, se sienta frente al ventanal que da sobre el valle, abre un pequeño álbum de fotos y las disfruta reviviendo momentos pasados hace casi tres cuartos de siglo, en su vaterland

Gunther Fisher nació poco antes de la Alemania Nazi, en 1926. Apenas cumplidos los diez y seis su tío Hans, para salvarlo de la guerra, lo incorporó como su asistente personal. Hans trabajaba en el campo de concentración de Dachau, en las afueras de Munich. Allí el joven ayudó a su tío en toda clase de experimentos con seres humanos que le generaron una curiosidad morbosa y perversa que no lo abandonó jamás. 

Trabajó tres años con Hans y luego se incorporó a la Kriegsmarine, la marina de guerra alemana. En 1945 hizo su primer tour con el submarino U 530. Pasó dos meses patrullando la costa este norteamericana, en algunas ocasiones tan cerca que el joven Capitán Otto Wormuth, de apenas 24 años, les dejaba mirar las luces y la gente de Nueva York a través del periscopio.  

Al cabo de ese tiempo el submarino se internó en aguas del Atlántico para comunicarse con su base, fue informado del fin de la guerra y de la última orden de rendirse ante una fuerza aliada. 

Otto decidió entregarse a un país “amigo”, les llevó cerca de cuarenta días acercarse a la costa argentina y presentarse a la Armada.

El muchacho fue tomado prisionero y pasó cincuenta días viviendo en carpas instaladas en un campo de fútbol disfrutando de la hospitalidad de la marina argentina. 

Un día les comunicaron que embarcarían en un navío belga e irían a Europa donde probablemente pasarían una temporada en un campo de prisioneros. 

Gunther, con apenas diez y nueve años, había quedado encandilado por la riqueza, las mujeres y la hospitalidad argentina. Se escapó y la red Nazi local lo ayudó en su periplo desde Mar del Plata a un pueblito casi desconocido en Córdoba: La Cumbrecita. 

Una familia alemana que se dedicaba a la construcción y a la producción de miel lo adoptó como hijo y vivió con ellos hasta que murieron en los ochenta. Nunca se casó y cuando sus padres adoptivos desaparecieron siguió viviendo en la misma casa de siempre, a las afueras del pueblo en el camino que va a la cascada. 

Ahora tiene casi noventa. Es un hombre fuerte y ha tenido una vida sana en estos setenta años de sierra cordobesa, el pueblo lo respeta casi como uno de sus fundadores y nadie le pregunta por su pasado y menos por sus secretos. 

Porque Gunther tiene un secreto. 

Una vez por año rapta a una familia, la utiliza para hacer experimentos y cuando mueren los entierra en el jardín. 

El procedimiento no es sencillo pero el anciano lo tiene documentado y lo sigue con precisión alemana, nada queda al libre albedrío. Selecciona tres familias, las investiga y la que mejor cumple las condiciones de seguridad es secuestrada. Las extranjeras son las que conllevan menos riesgos pues cuando se enteran de su desaparición ya es muy tarde y nadie se llega a dar cuenta de lo ocurrido. 

El problema ahora es que Gunther no posee el vigor de antaño y debe ser mucho más precavido. El año pasado fue una familia israelí compuesta por una pareja joven y una niña de unos seis años. A la semana de iniciar los experimentos el hombre casi se le escapa. De no ser por su fiel perro policía, Teufel (diablo), todo habría terminado en un gran desastre, y no en una pequeña tragedia. 

Por el sendero pasan un hombre de alrededor de sesenta y una mujer en sus veinte. Son parecidos, ¿serán padre e hija? se pregunta. Él le saca una foto a ella en aquel lugar donde los árboles han llenado la tierra de raíces. Se ríen y siguen caminando. Visten distinto a los turistas locales, seguro son extranjeros, serían una buena pareja para … investigar, pero él ya tiene a la familia del 2015. Son solo dos y de avanzada edad. Sus nombres Irma y Frazier, de origen belga. 

Probablemente serán su última experiencia. 

El tifus y la presión a grandes alturas eran uno de los experimentos más importantes en Dachau, junto con la resistencia a temperaturas extremas, pero ésta investigación está relacionada con la muerte y la vida eterna, un tema que tiene mucho sentido para los noventa años de Gunther. Determinar la existencia del alma es el objetivo primario. Necesita saberlo antes de morirse, y para esto ha desarrollado un dispositivo electromagnético con el que espera capturarla. 

El principio es sencillo: consiste en un casco armado con electroimanes. La teoría, desarrollada por médicos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y que nunca ha sido comprobada, es que al morir la persona el alma queda atrapada en el campo magnético.  

Cae la noche y el hombre baja al sótano, abre la puerta secreta que da al laboratorio y enciende la luz. Sus “pacientes” están atados en sendas camillas de hospital. Se acerca a ellos y éstos abren los ojos e intentan gritar, pero ambos tienen la boca cubierta por una cinta negra aislante.  Luego enciende su equipo de música y pone ‘la cabalgata de las Valkirias’, su melodía preferida. 

Le coloca el casco a la mujer, lo activa y se escucha un zumbido eléctrico apenas percibido a causa de la música. Mezcla con precisión la dosis de pentotal, cloruro de potasio y bromuro de pancuronio, lo mismo que se le inyecta a los condenados a muerte en algunos estados norteamericanos. Mientras prepara la jeringa sonríe, éstos son los momentos en que se siente el hombre más feliz del mundo, el dueño de la vida y de la muerte. Respira hondo y le inyecta la solución a la mujer. Ésta entra en coma rápidamente y muere. Los sensores indican que al momento de su deceso su peso disminuye en cerca de 30 gramos. El alma de la mujer queda, en teoría, atrapada en el casco.

Frazier llora en silencio. El anciano le saca el casco a la mujer y, con mucho cuidado, se lo coloca al hombre. Luego invierte el sentido de la corriente.

Frazier abre grande los ojos y luego sonríe, algo está ocurriendo. 

Toma fotos del cuerpo examine de la mujer y del hombre que mira todo con ojos curiosos. Luego comienza a hablar y claramente puede notarse el acento de la mujer y su forma de expresarse. Es ella no caben dudas. 

-¿Puedes dejar hablar a tu esposo? –pregunta Gunther.

El rostro de Frazier se endurece. Ahora su dueño ha vuelto a tomar control de aquel cuerpo.

-¡asesino! –le grita- ¡mataste a mi Irma!

Gunther lo mira con desprecio y no contesta. Es hora de tomar su medicación y la frugal cena. Apaga el equipo de música, las luces, cierra la puerta secreta y sube a la cocina. 

Ahora la noche cubre con su manto oscuro el valle y apenas se alcanzan a vislumbrar las luces de las casas. Se escucha solo el canto de los grillos. Metódicamente se prepara una sopa y la disfruta mirando por la ventana. El alma existe, reflexiona. Por un momento piensa en el alma de todos aquellos con los que ha experimentado, tanto en el campo de concentración como en el pueblo cordobés. Se acuerda de Agnetta, aquella estudiante italiana con la que se dedicó a estudiar hasta que punto un ser humano podía ser sometido a amputaciones. Empezó con los dedos, luego los brazos, las piernas, las nalgas. Cocinaba lo que acababa de amputarle y se lo daba de comer. Al principio ella no lo sabía pero un día se dio cuenta y a partir de ese punto se negó a comer. Murió de una infección generalizada. 

Vuelve a pensar en su experimento actual. Últimamente su mente tiende a dispersarse, se olvida de las cosas, del día en que se encuentra. Camina a una habitación y cuando llega no sabe porque fue a allí. Frunce el ceño y se concentra en lo que acaba de hacer. Capturó el alma de la mujer en el momento de su muerte. Luego la introdujo en el cuerpo del marido. Esto prueba la existencia del alma. Recuerda que lo que ha hecho es muy parecido a lo que hacen los médiums que dejan que su cuerpo sea tomado por un espíritu para que éste se manifieste. Luego el espíritu es liberado por el médium y va vaya a saber donde. 

Su corazón se sobresalta. Ha olvidado recapturar el espíritu de la mujer.

Se levanta volcando los restos de la sopa y camina rápido por las escaleras que bajan al sótano. Cuando abre la puerta secreta y enciende las luces observa a Frazier que lo mira con odio, luego siente un mareo y tiene que sentarse en la camilla donde yace el cuerpo inerme de Irma. Alguien le habla, pero esta dentro de su cabeza. Es la mujer. 

Su cuerpo no le responde, es ella la que tiene el control, él es como si viajara en el asiento del conductor.  Desata al hombre, éste se levanta y lo abraza fuertemente. Luego Gunther se acuesta en la camilla vacía y el hombre lo ata. 

La mujer se despide de Frazier y le pide que continúe con su vida, que cuide y disfrute a sus nietos y que avise a la policía mañana por la mañana. También le dice que apague las luces, cierre la puerta y se vaya al hotel. Ella les avisará a las víctimas de Gunther y lo visitaran en un rato, y él no debería estar presente.

Irma sale de su cuerpo. Gunther vuelve a sentirlo. Trata de soltarse pero esta bien atado. Frazier le desea unas buenas noches. Sale por la puerta pero antes apaga la luz. 

Gunther se encuentra solo y en absoluta obscuridad.

Pero no por mucho tiempo. 

Ricardo Viti

24 de enero de 2016

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