Una pesadilla despierta de madrugada a Luis, que ya roza los sesenta. Se levanta, va al balcón, y enciende un cigarrillo que debería dejar. Observa las luces de Palermo e intenta sujetar la parva de pensamientos que se le vienen encima: los tres proyectos que gerencia y los problemas con los clientes. Los pibes nuevos que trepan la pirámide jerárquica con sus machetes en la boca, y su mujer Andrea, diez años menor que él, que constantemente le reprocha que no la saca a pasear, que no se toman vacaciones, que no la “toca” desde hace meses, que vive para trabajar y que le va a dar algo.
Inhala fuerte y se llena los pulmones de humo amargo. Un dolorcito sordo se le acomoda en el pecho, hace rato que lo frecuenta pero no le hace caso.
Le falta Ariel para cerrar el Bingo. Ariel, que era tan lindo de chico con sus rulos rubios y sus ojazos azules. Ahora se ha vuelto un jovencito pálido y flaco lleno de granitos, aritos y tatuajes que no sale de su habitación salvo para comer.
El pucho todavía encendido cae en una lluvia de chispas los doce pisos y se estrella contra la cabeza de una estatua del jardín. Por fin algo que lo hace sonreír a Luis. Se da cuenta que toma frío y vuelve adentro.
La heladera lo llama, sabe que tiene quince kilos de más por lo menos, y que sube de a medio kilo por mes desde hace un año. Encuentra un par de “milangas” de anoche y se las zampa con un vaso de Malbec.
Eruta y se va a la cama, le quedan un par de horas.
Andrea se despierta sobre las 9:30. Luis se fue hace rato pero el olor acre del último cigarrillo flota todavía en la cocina, y un pocillo a medio beber yace solitario sobre la mesa.
Pone agua a calentar y va a chequear si Ariel esta despierto. Abre despacio la puerta de su habitación, confirma que duerme plácidamente. Apenas sus rizos rubios sobresalen de la manta. Sonríe acordándose de cuando era niño. Ahora es un jovencito de 18 imposible de dilucidar.
Se sirve el té. A las 10:30 tiene clase de Pilates con Dario, hay que apurarse.
Se ducha y se mira al espejo mientras se seca. Esta buena la veterana. En un gesto simpático se da vuelta y pellizca una nalga. Toma a sorbitos su bebida mientras se encrema y viste. De cara lavada se sube al Gol y parte para el gimnasio.
Ariel abre los ojos cerca del mediodía, lo despertó su estómago.
Camina como zombie hasta la heladera. ¿Estarán las dos milanesas que sobraron anoche? No, no están. Toma una manzana y vuelve a la cama a revisar FaceBook. Tiene un “me gusta” de Esteban. Ese pibe lo ha invitado a su casa a escuchar música (le dijo). Ariel se siente incómodo. Mientras sus amigos ya han debutado, a él solo le robó un piquito una compañera de secundaria.
Hay algo que lo excita en Esteban, y eso lo preocupa.
Luis fuma en la calle. El pucho une a esa panda de adictos sin distinción de credos y castas. Ahí esta Mariela, la sesentona secretaria del Gerente de Recursos Humanos, y también Raul, personal de limpieza. Todos apuran culpables su vicio mientras le dan a los celulares.
Recibe un mensaje de Tonelli, el socio a cargo, que lo vaya a ver cuanto antes, y se siente descompuesto. A orillas de los sesenta estas cosas nunca traen buenas noticias. Tonelli es un pendejo arrogante, lo odia.
Pasa por el baño y después lo va a ver.
-Hola Luis, gracias por venir -le suelta canchero.
Se pasa la siguiente media hora pintándole una asignación en Colombia. Falleció el socio de un infarto y todos pensaron en él, que con su seniority y empuje enfrentará el desafío. Le piden que vaya por un año. Si todo sale bien lo harán socio y se quedará allí un tiempo. No tendrá un aumento significativo, el horno no esta para bollos, pero le pagarán viajes, departamento y dietas. Le transferirá los proyectos a un par de gerentes nuevos, y a fin de mes debería estar allá.
Es una gran oportunidad (la única).
Como siempre todo bien envuelto y con moñito. Luis agradece la confianza a Tonelli que lo mira con las cejas levantadas y sonrisa displicente. Necesita un par de días para discutir el tema con la familia.
Camina mareado por los pasillos. Un cigarrillo, ¡urgente!.
Andrea termina Pilates, entra al ascensor y detrás se cuela Dario. Los dos están transpirados. Ella huele una mezcla de Old Spice y sudor de macho, él de Channel nro 5 y hembra.
-¿Como te quedaron los hombros? -sorprende a la mujer mientras la masajea con firmeza.
-B.bien, un poco contracturados. -y se derrite ante la caricia ruda, y él lo sabe y sopla la nuca que se eriza. Andrea también se marea, pero de excitación. Apenas se da cuenta cuando llega a la planta baja. Suelta un “gracias” y sale disparada.
Otra vez el balcón y un pucho y un vaso de scotch mientras charla con las luces de Palermo.
-¡Luis, la cena! -grita su mujer. Tira la colilla que larga chispas pero evita, esta vez, la cabeza de la estatua. Mal augurio.
Comen en silencio.
La mente de Luis da vueltas y más vueltas.
Al final, suelta la granada sobre la mesa:
-Hoy me propusieron una asignación muy importante, en Colombia. Inicialmente sería por un año, pero puede extenderse. -Ambos levantan los ojos del plato.
-¡Estás jodiendo! -escupe Andrea- Ni loca me voy para allá.
-¡Me quedo con mamá! -agrega Ariel.
Luis suspira. No es una sorpresa, se esperaba esto y ensaya, en vano, una insistencia:
-Es muy bueno para mi carrera, si lo hago bien seré socio.
-La zanahoria de siempre. Te usan y algún día te tiran, ya sabés cómo qué. -Dice la esposa sin decir la palabra.
-Bueno, piénsenlo, necesito contestar mañana, pero temo que no me queda mucho hilo acá en Baires. Si no acepto me podría quedar sin trabajo.
Andrea levanta los platos, y de camino a la cocina, exclama: ¡Andate solo!
Una larga fila para el control de los pasaportes y boarding pases.
-En tres meses me doy una vuelta -arranca Luis.
-Mucha suerte -responde fría Andrea.
-Chau, papá -dice Ariel con mezcla de preocupación y tristeza- Mucha suerte.
Le gusta la ciudad. Aunque ahora en marzo esta fresco, húmedo y llueve casi permanentemente. Le gusta la comida y la bebida fuerte, el departamento amueblado, el entusiasmo de los consultores y la belleza canela y curva de las secretarias, de acentos dulces y prometedores.
Buenos Aires se ha alejado de su vida, lo mismo que su familia. Pasan semanas sin saber de ellos.
Se siente joven con Darío.
Fue todo tan fácil. Lo esperó a la salida del gimnasio, y de ahí se fueron a un”telo”, casi sin palabras.
Le gusta cabalgarlo como si fuera una amazona erótica.
Luego lo deja en su casa. Le gusta también hacerle regalos, mimarlo, invitarlo a cenar. Se siente amante y madre, ya que su marido no está y su hijo casi no existe.
Ariel accede a ir a la casa de Esteban. Los padres del muchacho están en la quinta, tienen la casa para ellos. Toman cerveza viendo una película en el sillón del living.
En una escena sensual Esteban lo besa en la boca, Ariel siente la lengua, y la mano en su miembro, Esteban también quiere que lo toquen, se acarician. Están un poco mareados. Por fin se desvisten.
Qué rápido pasaron los tres meses. La llanura verde y arbolada de las cercanías de Ezeiza se despliega ahí abajo. ¿Lo estarán esperando?
Está muy contento con su performance. Consiguió dos nuevos clientes y pudo solucionar un problema serio en el proyecto para el gobierno. Claro, trabaja de 10 a 12 horas y fuma dos atados en vez de uno. A la noche se duerme acunado por un Johnny Walker etiqueta negra.
Otra vez la mesa silenciosa.
Adriana parece más joven y Ariel más afeminado. Hablan del clima, de política, y del trabajo de Luis en Bogotá.
Al terminar, él vuelve al viejo ritual de fumar en el balcón, pero esta vez se lleva un vaso de whisky, y también aparece Andrea.
Le cuenta que se ha enamorado de su profesor de Pilates, que quiere el divorcio, que con el dinero del divorcio se irá a Mallorca con él.
Que se acabó.
También le cuenta que Ariel, su hijo (así le dice), es homosexual, que ella no se lo lleva y que se haga cargo.
A Luis le quema la boca del estómago. Tira la segunda colilla que vuelve a pegar en la cabeza de la estatua, allá abajo.
Es una buena señal.
Ricardo Viti, 1 de marzo de 2019