Cuando abrió los ojos vio todo nublado.
Le dolía la cabeza como si alguien le hubiera pegado en la nuca hasta cansarse. Era el aquavit casero que hacia con bayas y vodka.
Fabrio se llamaba el último ogro sobre la tierra. Descendía de una tribu de ogros de origen noruego.
En abril de 1940 los alemanes invadieron Noruega, y en pocas semanas el país estaba tomado completamente. La pequeña aldea donde vivía se encontraba en el norte del país, cerca de la ciudad de Hofles. Se habían acostumbrado a la pesca y la caza de renos y habían olvidado la costumbre caníbal de su extraña raza, lo único que les quedaba era la fealdad y el tamaño.
Los alemanes llegaron una tarde en una patrullera y decidieron construir en Hofles un apostadero para recargar con gasolina y provisiones a los submarinos del III Reich. Las seis o siete familias de ogros se escondieron en el bosque. En los meses que siguieron los soldados fueron descubriéndolos y asesinándolos. Solo quedo Erigelga y su hijo Fabrio que consiguieron subirse sin ser vistos a un barco de carga y escaparon. El barco llegó a Oslo pocos días después y de allí otro barco los trajo a Buenos Aires.
Fabrio creció y se convirtió en un gigante de dos metros y medio. A los 12 su madre lo vendió a un circo donde Fabrio pasó muchos años hasta que pudo jubilarse. Poco después el circo se fundió y el dueño le regaló al ogro una casita en San Fernando.
Un día cuando el ogro estaba a punto de cumplir ochenta comenzó a tener pesadillas casi todos los días. En el hospital de San Isidro no supieron darle una respuesta. Las pesadillas eran recurrentes, soñaba más o menos lo mismo. Caminaba por la calle cerca de un colegio de la zona, era muy temprano en invierno y el sol no había salido todavía. Los chicos iban algunos solos y otros acompañados por los padres. El esperaba agazapado detrás de una ligustrina y cuando pasaba una niña que iba sola alargaba la mano y la arrastraba para los arbustos. Allí le tapaba la boca con una mano y con la otra le torcía el cuello hasta que sentía como se quebraba. Luego la mordía.
La piel era elástica y dura y a él le costaba ese primer mordisco. Pero por fin conseguía arrancarle un pedazo de carne y masticarlo. El sabor era increíble, ni el salmón que preparaba su madre cuando era pequeño en la lejana Noruega sabia tan delicioso. Luego despertaba bañado en sudor y en culpas y ya no podía dormir más.
Su madre, antes de venderlo al circo, le había contado del pasado de su raza y de sus costumbres caníbales. Aquel niño feo y grande la miraba con espanto y pensaba que ojalá nunca tuviera esas costumbres. Pero estaba equivocado.
Probó cocinarse platos deliciosos pero no encontró aquel sabor tan especial de sus sueños. Luego trató de comer carne cruda, probo con pescado, pollo, cerdo, vaca. Le parecieron asquerosas. Después pensó que tal vez la clave estaba en un animal vivo. No se decidía y le parecía una locura pero la urgencia de encontrar aquel sabor lo llevaron a probar perro y gato e inclusive llegó a comprar un pequeño cerdo y sacrificarlo en la cocina de su casa.
Nada sabía como aquella niña de sus pesadillas.
Decidió entonces llenarse de comida antes de ir a dormir, con la esperanza de no caer en esas pesadillas recurrentes. Lo único que logró fue dormir mal y tener otras pesadillas a veces peores.
Una mañana de invierno despertó como siempre bañado en sudor y con el sabor de la pequeña en su boca. Decidió dar una vuelta para despejarse.
Después de caminar unas cuadras se sintió perdido aunque había algo de familiaridad en lo que lo rodeaba.
Lo sobresaltó el ladrido de un perro. Un padre salía con sus hijos hacia el colegio. De pronto Fabrio se dio cuenta que estaba viviendo su sueño, por eso el entorno le resultaba familiar.
Sin saber bien porqué se escondió detrás de una ligustrina. Desde allí vería pasar a los estudiantes. La boca se le llenó de saliva. Tenía hambre y ese sabor mágico estaba al alcance de sus manos.
Dos chicas venían caminando solas.
Era el momento. Ya no pensaba, su instinto de ogro había capturado su ser.
Estiró la mano y tomó a la más grande de las dos por el brazo. La arrastró hacia él y le tapó la boca. La otra niña comenzó a gritar ¡Nicole! ¡Nicole!
Nicole lo miraba paralizada de terror. Cuando iba a quebrarle el cuello la otra niña le saltó encima y le clavó los dedos en los ojos. El dolor fue espantoso, un flash intenso y ya no pudo ver más. Soltó a su presa e intentó atrapar a la pequeña que le había hundido los ojos pero no la encontraba. Luego vino el golpe en la cabeza. Nicole había tomado un adoquín y se lo había descargado con todas sus fuerzas. Lo último que pensó fue en aquel sabor que acompañaba sus pesadillas.
Las dos hermanas salieron corriendo hacia la escuela.
El cuerpo de Fabrio fue descubierto poco después, cuando salió el sol. Estaba lleno de hormigas.
Ricardo Viti 9 de octubre de 2016