Eclipse

Billy se esfuerza por ganar el juego de la PlayStation. En el fondo de su mente escucha una y otra vez a su padre pidiéndole que termine de jugar, que tienen que salir para Carbondale, que el eclipse no espera. Al final ocurre algo extraño. Se apaga la pantalla del plasma que tiene delante y entonces sí, mira al costado y ve el rostro entre furioso y sonriente de su padre.

-¡Vamos Billy! 

Refunfuña algo, suelta el control y se levanta mareado no sin antes recoger su IPhone y las zapatillas. 

La calle lo abruma, hace mucho calor y demasiada luz.

Por fin se suben al coche y salen. Es un poco lejos y el trafico es intenso. 

Son cerca de 160 kms. El GPS del coche les dice que normalmente serian un par de horas pero esta mañana son por lo menos 4 horas. La ruta se muestra en amarillo y en rojo, indicando la intensidad de la circulación. 

Paran en un Starbucks y todos, menos su hermanita Sally, se piden un café y siguen viaje. 

-¿Trajiste los anteojos especiales? Pregunta el padre a su madre. 

-Si, Bob –responde ella cansinamente. 

Son las 10 de la mañana, y el eclipse total empieza sobre la una y media, quien sabe si llegan. 

Billy pone un juego en su teléfono y vuelve a cambiar de universo. El trafico, las voces, su hermanita, todo se disuelve en el teléfono y él vuelve a ser un héroe en un mundo de tiros y bombas. Es la Alemania de la Segunda Guerra mundial, es la famosa batalla del Bulge. Los alemanes han montado una contraofensiva en medio de un invierno feroz, es casi Navidad. Él forma parte de un pelotón norteamericano que ha quedado detrás de las líneas enemigas. El combate es feroz. 

Sally, de 3 años, lo molesta, pero es tal el grado de concentración de su hermano que al final se cansa y se queda dormida. 

Bob está enfocado en la conducción. Nancy, su esposa, lee los email y luego pierde el tiempo en TicToc. Cada tanto descubre algo original y se lo muestra a Bob.

Después de dos horas de circulación muy pesada llegan a la intersección entre la 64 y la 127. Deciden cargar gasolina y comer algo. Se ponen en la cola de un McDonald’s y esperan pacientemente hasta que los atienden. 

En media hora están de nuevo en la ruta. El calor aprieta y la hilera de coches se pierde en el horizonte. 

Está claro que a Carbondale no van a llegar. 

Pero a Billy nada de esto le importa. Apenas ha probado la hamburguesa. Las papas fritas si se las comió, eran más fáciles de manipular mientras disparaba. Lo han eliminado cuatro veces, pero ahora la suerte está de su lado. 

Sally vuelve a molestarlo.

Ha tenido que liquidar a un soldado alemán con un machete pues ya no tiene municiones. Son muchos los enemigos y esta nevando, y los refuerzos no llegan. 

El trafico se aligera pero no lo suficiente. 

Sobre la 1:15 llegan a Pyramed State Recreation Area y salen de la ruta. 

Se detienen en un aparcamiento y salen del coche. La temperatura ha bajado, ya no es sofocante. 

Sally grita: ¡los pájaros, los pájaros cantan!

Y es verdad, la luz amarillenta los confunde y creen que es el amanecer.

Nancy mira el sol con sus anteojos especiales. 

-Ya casi no queda nada –dice en un murmullo asustado.

Entonces Bob mira al sol y aúlla.

A Billy lo terminan matando, era el último de su pelotón, los soldados alemanes lo han ensartado con las bayonetas. 

Antes de volver a resucitar en el juego mira al sol pero en su lugar hay un agujero negro rodeado de una corona blanca. 

-¡Mamá! ,-grita ahora Sally- ¡es de noche! Y se abraza asustada a su madre. 

Billy ahora se ríe, no puede creer lo que está viendo. 

No es realmente de noche pero casi, es la oscuridad producida por el sol que se ha ido. 

Los cuatro se abrazan. 

Al joven le extraña ver las sombras de unos soldados detrás de la arboleda que rodea al parking. 

Johnny, que hasta hace un momento tiritaba, tiene calor, lo rodean árboles que hace un instante no estaban ahí. Los alemanes lo buscan, es el último soldado del pelotón que había quedado detrás de las líneas enemigas.

Y además esta esa gente extraña que mira al cielo. Ha oscurecido, pensó que serían las nubes de nieve pero no, está despejado, gira su cabeza hacia el sol y se sorprende por el eclipse, nunca había visto uno. Hasta llega a pensar que ha muerto. 

Se pone de pie y mira a su alrededor, ese no era el paisaje que lo rodeaba. Está en un bosque, hace calor, y los soldados han desaparecido. 

Sonríe y ahora piensa que debe estar loco. Las personas que alcanza a ver están vestidas con ropas de colores, algunas mujeres parecen casi desnudas. No entiende qué pasa. 

El muchachito tirita. Ya no está en Illinois, es Alemania a fines de diciembre de 1944. 

-¿Donde esta Billy? -pregunta Bob extrañado.

Su madre mira para todos lados pero la influencia del eclipse es más poderosa, y sabe que solo durará dos o tres minutos.  

-Estará jugando con su teléfono –le suelta a su marido. 

Algo nuevo vuelve a sorprenderlos. Son los grillos. Están cantando como si fuera de noche y se pueden ver algunas estrellas en el cielo. 

Como hipnotizados siguen mirando hacia aquel agujero donde estaba el sol. 

Billy toca el suelo, es nieve. Se escuchan disparos y su familia ha desaparecido. Lo rodean enormes pinos azules y las nubes tienen ese color blanco plomizo de nevada inminente. También se escuchan gritos en ingles y alemán. 

Por un momento se le cruza por la mente la idea de que está dentro de su juego, pero esto es real, el frío y también los disparos.

Se arrastra por el suelo nevado y se topa con un cadáver, es un soldado alemán. 

El uniforme es gris oscuro y tiene como una sabana que lo cubre para enmascararlo en la nieve. Los ojos del muerto están abiertos, se ven acuosos por la temperatura. Algo de sangre seca le pinta el rostro, tiene un tiro en la frente, un agujero negro rodeado de escarcha, le recuerda al eclipse. Lo toca y esta helado. Intenta quitarle la Luger de las manos crispadas pero no puede.  

Encuentra una granada y la toma. Es pesada y esta helada.

Ahora las voces en alemán se escuchan más cerca. 

-¿Donde esta Billy? –pregunta su hermana. 

Nadie le contesta. Ya falta poco para que el eclipse total se termine. 

La gente habla a los gritos, brinda con cerveza o champan. Se escucha rock a todo volumen. 

Johnny se acurruca junto a un árbol y cierra los ojos. Se acuerda de su tierra natal, Michigan. Aquellos sonidos lo transportan al verano y hasta puede reproducir el sabor de la hamburguesa recién asada y la cerveza fresca y amarga, y también su espuma. Rememora el gusto dulce de los besos de Susan, su novia, que lo espera en aquella América profunda. 

Llora sin saber qué pasa. 

 Los soldados alemanes lo han visto, y con curiosidad pero con cierta precaución se acercan al muchacho. 

Reacciona como si estuviera jugando con su Iphone. Quita el seguro de la granada y se la arroja a los soldados. Luego se cubre. Después de una voz de alerta llega la honda expansiva y el sonido. Los oídos le silban y lo ensordecen momentáneamente. El calor también se siente y una lluvia de restos humanos cae humeando a su alrededor. 

Cierra los ojos y grita.

-Cuidado que va a volver a salir –alerta Bob a su familia.

Vuelven a ponerse las lentes especiales y alcanzan a ver un resplandor en la base del agujero negro, es el sol que vuelve. 

La luz cambia, los grillos detienen su canto y es reemplazado por el de los pájaros.

Johnny vuelve a sentir frio. Abre los ojos y se da cuenta que ha vuelto a Alemania. 

Guardará ese momento en su mente hasta el 2010. En su lecho de muerte le contará al padre que le vendrá a dar la absolución lo que ocurrió aquel día. 

Billy también abre los ojos. Está otra vez acostado en el césped a pocos metros de sus padres y hermana. 

Su padre se acaba de quitar las gafas y lo observa. 

-¿Estás bien Billy?, te ves blanco como un papel –agrega.

Él no quiere contar nada de lo que ocurrió, piensa que lo tomaran por loco. 

Le contesta que está bien, se levanta y acompaña a la familia al coche. No van a esperar a que termine el resto del eclipse a riesgo de enfrentarse a un atasco enorme.

Ya en el coche, con manos temblorosas, el muchacho abre el teléfono y borra el juego. 

-¿Que es eso? Le pregunta Sally señalando una mancha de sangre en su brazo.

Ricardo Viti, 7 de octubre de 2017

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