Amor y Deseos

Escribo esto para que, si alguna vez tengo hijos (y son como yo), no caigan en el mismo drama.

Primero… un poco sobre mí: mido un metro cincuenta y siete, peso 90 kilos, llevo anteojos muy gruesos y, a pesar de tener 25 años, me salen unos granos horribles. Mamá dice que es por la comida chatarra; puede ser, pero para los programadores son “pornocos”. Cuando vuelvo del trabajo, me meto en internet a surfear o veo Netflix, o alguna serie (me encanta Los Juegos de Trono) o también juego con la Play Station. Eso es todo.

Soy probador de programas, y soy bueno en eso (tal vez sólo en esto), pues siempre identifico todos los errores posibles. Por esto los programadores me odian y los jefes me aprecian.

Bueno, es hora de ir al grano: 

Hace un tiempo entró en la empresa una secretaria nueva para el Gerente de Sistemas, el Ingeniero Caprile. Malena es su nombre. 

El Ingeniero lo primero que hizo fue pasearla por el piso de la División y presentarla a todos como si fuera un trofeo.

Era gracioso porque a medida que iba de un puesto de trabajo a otro, dejaba un reguero de murmullos y chismorreos. Cuando llegó a mi sitio, me encontró muy concentrado en una prueba. ]De pronto escuché la voz del Gerente y vi una mano delgada y pálida delante de mí. Me llamaron la atención las uñas largas pintadas de varios colores, no eran propias de una buena secretaria. 

Caprile dijo: -Eduardo, te presento a Malena, mi nueva secretaria.

Tomé esa mano y alcé la vista al mismo tiempo que dejaba caer mi mandíbula. Nunca había visto una chica tan bonita: Cabello rubio dorado y largo. Ojos verdes, casi transparentes, nariz pequeña pero armoniosa, boca roja de labios gruesos, y un cuerpo lleno de curvas que decoraba con un vestido color crema, muy ceñido y corto, que dejaba ver unas piernas esculturalmente torneadas. 

-Encantada, Eduardo, -dijo con una voz dulce de nena pero a la vez sensual.

Cuando partió, dejó una esencia de frutas y flores en el aire.

Me enamoré.

Esa noche perdí todos los juegos en la “Play”. No podía sacármela de la cabeza. Durante los días siguientes buscaba cualquier excusa tonta para acercarme a su escritorio. Los programadores se dieron cuenta y se reían a mis espaldas.

Perak, el más viejo de todos, se me acercó un tiempo después para decirme que no me hiciera ilusiones, que el Ingeniero se la “comía”.

Casi le pego. Se me cayeron las lágrimas sin que pudiera evitarlo y tuve que correr al baño.

Yo nunca había estado con una chica y menos, enamorado.

Comencé a dormir cada vez menos, y hasta bajé un par de kilos. 

Malena no mostraba ningún interés en mi persona. Me respondía con monosílabos sin siquiera mirarme. 

Al cabo de una semana, las cosas empeoraron. Los muchachos empezaron a cargarme delante de ella. Silbaban cuando iba a verla y me dejaban corazones de papel sobre mi mesa.

Ella se dio cuenta, y a veces, cuando me acercaba, se levantaba y entraba a la oficina del Gerente.

Un sábado trágico los vi salir del hotel alojamiento Decameron, ese que queda a dos cuadras de la empresa.

Perak tenía razón.

Mi vida se desmoronaba.

Una noche de insomnio -común en esos días- se me encendió la lamparita: Googleé “tres deseos”. Aparecieron canciones como Tres deseos de Gloria Estefan y un par de películas con ese nombre, también una tienda online. Por último, encontré un sitio que rezaba : “Compre tres deseos”. Lo abrí, estaba lleno de símbolos esotéricos, tenía un solo botón: pide tres deseos. 

Nervioso, lo presioné y apareció una pantalla para registrarse. La siguiente solicitaba los datos de tarjeta. Los deseos se compraban juntos pero no hacia falta pedirlos al unísono. Costaban 10.000 dólares, y garantizaban el resultado. 

Sólo me registré, no pagué, y enseguida me llegaron emails reclamando completar la operación. 

A todas luces parecía un engaño, pero yo estaba ciego de amor.

Los ahorros apenas me alcanzaban, y decidí hacer la inversión. 

Una vez realizada la transferencia aparecieron tres ventanas, una para cada deseo. 

El libro “La pata del mono” de W.W. Jacobs, me había enseñado que hay que ser muy cauteloso al pedir deseos. 

Tardé un buen rato en decidirme, al final la desesperación me llevo a ser muy simple: Que Malena Weinter se enamore de mí.

Di enter con los ojos cerrados. Cuando los volví a abrir, encontré un mensaje que decía: Su deseo se ha concretado, le quedan dos.

La mañana siguiente fui el primero en llegar al trabajo. 

Cuando entró Malena, a diferencia de las semanas anteriores, me miró con expresión de sorpresa, se sonrojó y corrió a mi escritorio. 

-Hola, Eduardo, ¿cómo estás? -dijo mientras me estampaba un beso en la comisura de los labios. Yo también me sonrojé, y no pude emitir palabra. 

Más tarde, uno de los programadores, especie de ropero humano siempre de mal genio, atropelló mi escritorio indignado a raíz de todos los errores que había detectado en su aplicación. Comenzó a insultarme. Por el rabillo del ojo vi que ella se levantaba y caminaba hacia nosotros; su rostro afeado por la furia. 

-¡Estévez! -le gritó -O se calma y se va a su lugar o llamo al Ingeniero. Eduardo sólo hace su trabajo, y lo hace muy bien, por eso detecta errores.

Estévez quedó paralizado. Su rostro mutó del enojo a la sorpresa y de ahi, a la confusión. Se levantó y se fue sin pronunciar palabra. 

La chica también transformó su enojo en completa dulzura mientras preguntaba: – ¿Estás bien, Eduardo? -y agregaba- ¿Podemos almorzar juntos hoy?, mientras se mordía sensualmente el labio inferior.

Tartamudee un “sí”, miré la pantalla y seguí con la prueba. Ella se dio vuelta y caminó gatunamente hasta su sitio. 

Al mediodía se acercó con una sonrisa resplandeciente y nos fuimos a almorzar.

Durante la comida no dejó de hablar y tocarme la mano. Yo seguía paralizado aunque intentaba participar en la conversación. Se mostró interesada en todo lo que le conté sobre El Juego de Tronos y la Play Station. Cuando terminamos insistió en pagar y me invitó a tomar algo a la salida del trabajo. Contesté que sí, a pesar de que me sentía abrumado por el cambio. 

A la tarde fue ella, ante el estupor de los programadores, que se acercó varias veces a mi escritorio para charlar. 

Después del trabajo, mientras íbamos a un bar a dos cuadras, me propuso si no quería que fuésemos a su casa, vivía con una amiga, que estaba en Cordoba por un par de días. 

Era un departamento con dos dormitorios, ¡con una televisión de 50 pulgadas 4K en el living!

Ella se sirvió una cerveza y yo, una tónica, luego encendió la tele y nos sentamos en un enorme y mullido sofá. Me acarició el cabello y me dijo que yo le gustaba mucho. Nos besamos. Me acordé de las películas e intenté hacerlo igual, con lengua y todo eso. Era agradable aunque ella a veces me mordía los labios y me hacia doler. 

Luego, muy despacio, me quitó la ropa e hizo lo mismo. Tomó mi mano y me condujo a su habitación. Tenía una colección de muñecas y casi todo era rosa.

Hicimos el amor todo el resto de la tarde.

Su cuerpo era muy suave. Se dejó explorar; mis caricias le hacían cosquillas.

Al principio todo salió mal. Después aprendí.

No nos protegimos; eso me preocupó, a ella pareció no importarle.

A la hora de la cena llamé a mamá y le mentí, le dije que tenía que quedarme a terminar unas pruebas urgentes y que tal vez no regresaría a dormir. 

Me abracé a su cuerpo desnudo y tibio toda la noche. 

Por la mañana desayunamos en la cama. Antes lo hicimos otra vez. 

Llegamos al trabajo; los programadores se dieron cuenta. Ya no me cargaban, permanecían en un envidioso silencio.

Esa semana no dormí en casa. 

Se nos había hecho rutina. Ya no almorzábamos juntos para no despertar sospechas, pero sí nos encontrábamos en la plaza o en un café, charlábamos un rato y luego íbamos a su casa o al Decameron. Allí nos dejaban dormir hasta el otro día. Me convertí en un buen cliente.

Extrañaba a la “Play” y la llevé a su departamento. 

Mamá se preocupó mucho. Al principio me hacia escenas de celos, luego pasó a ignorarme, por último, decidió irse a lo de mi tía en Rosario. Me voy por un par de meses dijo y dio un portazo. Escuché que a lo lejos agregaba: a ver si así recapacitás.

Yo estaba en la gloria más absoluta, el verdadero Paraíso Terrenal.

Éramos felices, hasta que ocurrió el episodio de la fiesta de la empresa. 

Los programadores, que habían dejado de molestarme, a veces me llamaban y me hacían preguntas íntimas sobre mi relación con Malena. Yo no les contestaba.

Esa noche apareció radiante con su vestido negro de lentejuelas, corto y con un escote del que brotaban casi libres sus pechos. 

Me encontraba con los muchachos cuando llegó. Lo primero que hizo fue darme un “piquito”, lo que arrancó miradas libidinosas entre mis compañeros.  

Después de la cena yo ya estaba cansado pero ella insistió en bailar así que, como pude (no sabía), danzamos un rato. 

El Ingeniero había tomado de más, y lleno de resentimiento apareció en la pista y arrancó a Malena de mis brazos, a la vista de todos, incluyendo a Marita, su esposa. Mi chica le dio un cachetazo que resonó por encima de la música. Luego me tomó de la mano, y nos fuimos a casa. 

Esa noche lloró mucho, antes y después de hacer el amor. 

Sentí que debía terminar con la situación o los dos nos quedaríamos sin trabajo. 

Mientras ella dormía entré a la web de los deseos y pedí que Malena dejara de quererme. 

Me fui a dormir a la habitación de mamá, eso fue una buena idea pues a la mañana salió de casa como una tromba.

Yo la amaba con todo mi corazón, como nunca antes había querido a nadie; por eso, después de que se marchó, pedí el último deseo. 

Ahora ya estoy tranquilo.

Ricardo Viti, 31 de mayo de 2019

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