Semana 10
Oh sinners let’s go down, let’s go down to the river to pray…
Le canta con voz hipnótica Alison Krauss a Juan una y otra vez.
Menos mal que la tiene grabada; ya no hay internet.
No hay nada en realidad.
Salvo electricidad, afortunadamente.
Casi no le queda vodka tampoco, pero de todos modos sorbe el líquido transparente y frío que le quema la garganta.
¡Y hasta no hay Laura! y ríe a carcajadas locas hasta que se vuelca encima un poco de lo último que tiene.
Dijeron que había que quedarse en casa, que eso provocaría que la peste desapareciera, que la curva de contagios se achatara, decían, aunque se les reflejaba en el rostro que escondían una verdad imposible de comunicar.
Semana 1
El veneno había viajado -casi siempre en avión- desde China al resto del mundo. No se le hizo mucho caso hasta que la gente empezó a morir. En el comienzo sólo personas mayores con problemas físicos. Pasado un tiempo, el virus mutó y empezaron a caer los jóvenes. Hubo países que entendieron esto como una especie de proceso darwiniano y decidieron no tomar medidas, aunque rápidamente se dieron cuenta de que serian demasiados los cadáveres y actuaron; algunos lo hicieron a tiempo, a otros los desbordó la situación.
No existía una vacuna, entonces el confinamiento era, en apariencia, la única solución posible, con el consiguiente desastre económico.
Juan, que hacia poco trabajaba en un bazar chino, se vio de pronto en su casa con todo el tiempo por delante para hacer lo que quisiera, pero sin ingresos.
A Laura, su mujer, que trabajaba en un bar, le pasó exactamente lo mismo.
Llevaban siete años de casados, no habían podido tener hijos -algo que les hacia daño a los dos- y el aburrimiento y el tedio habían empezado a reptar entre lo que quedaba de su amor.
El trabajo les había ayudado mucho para mantenerse distanciados. Los dos se iban temprano y volvían tarde. Cada tanto -muy cada tanto- hacían un amor descafeinado solo para sacarse las ganas, o invitaban parejas amigas aburridas como ellos para tener cenas sosas, donde discutir de política y de lo mal que iba el mundo.
En la primera semana de la cuarentena ese mundo ya no iba. Se había detenido.
Juan pensó que esta nueva e inédita situación de alguna manera, en otro aspecto, lo había ayudado. No le iba bien en el trabajo; los chinos son muy exigentes y trabajólicos. Juan no se adaptaba a su disciplina y a su calidad de “no chino” y por lo tanto empleado de segunda clase. La semana anterior a la cuarentena estuvieron a punto de echarlo por estar más de cinco minutos en el baño.
Laura, por su parte, no se sentía aliviada por el cambio. Hacia poco había entrado a trabajar con ella Luis, un muchacho cinco o seis años menor. Muy simpático y comprador, guapo y musculoso, que supo enseguida despertar el deseo dormido de la mujer. El cóctel entre la mala relación con su marido y el nuevo hallazgo iba a resultar explosivo.
Los primeros días de inactividad fueron divertidos. Se despertaban más tarde que de costumbre, desayunaban tranquilos en la cama, remoloneaban y terminaban haciendo un amor lánguido mientras se escuchaba de fondo las noticias horrorosas del nuevo virus.
El sentido apocalíptico de la pandemia actuaba como afrodisiaco.
El día seis del aislamiento ambos recibieron la comunicación de despido de sus trabajos junto con una pequeña indemnización que apenas cubriría los gastos de un mes, pues además tenían la hipoteca de la casa y la cuota del coche.
Al finalizar la primera semana se iniciaron los conflictos. Laura sugirió pedirle dinero a sus padres que, a diferencia de ellos, tenían un buen pasar. El ego de Juan se interpuso, pero debió ceder; era la única solución. Esta situación le dejó un gusto amargo en la boca y se puso agresivo.
En una sesión de Skype se resolvió que los gastos de la tarjeta serían pagados por los padres, venderían el coche (para qué lo necesitaban si no se podía circular) y pagarían la hipoteca hasta que ya no fuera posible hacerlo, con la esperanza de que surgiera un nuevo subsidio del gobierno, algo de lo que ya se hablaba.
Todo este estrés y la inactividad hizo que Juan regresara a una adicción del pasado: la bebida.
Primero fue vino en el almuerzo, luego, un whisky o vodka por la tarde. La bebida lo atontó de tal manera que un whisky seguía a otro y otro y otro hasta que terminaba dormido en el sofá con la televisión insistiendo con la pandemia.
Laura aprovechó para concretar su fantasía. Esperaba a que su marido se durmiera para comunicarse con Luis mediante mensajitos que incrementaban su temperatura al mismo tiempo que Juan incrementaba su adicción.
Así terminó la primera semana: Con el presagio del desastre de la pandemia y el presagio de un conflicto en la pareja.
Semana 4
La cuarta semana empezó lluviosa y fría. Los medios decían que el clima cambiaba, que el Global Warming retrocedía y los días serian más fríos y húmedos sin la contaminación.
Los animales salvajes, tímidamente, invadían las ciudades.
La cuarentena ya se había extendido dos veces a pesar de lo cual las curvas de contagio y muertes seguían en su expansión hiperbólica.
Una tarde, Juan despertó de su borrachera y, justo cuando iba al baño, sonó el celular de Laura, que casualmente se había quedado dormida mirando Netflix.
Juan no era de espiar a su pareja. Nunca había sido celoso, pero los alcohólicos son celosos y posesivos, y en eso se había convertido Juan en tiempo récord. Tomó el teléfono y leyó el mensaje: “¡Hola, Cielo! ¿Cómo estas? Te extraño…” decía el texto, con el nombre Luis arriba a la izquierda.
Juan frunció el ceño en una mueca de disgusto. Observó a Laura que roncaba despacito en el sillón y sonrió malévolamente. Ya tenía una excusa para pelear, algo que sus neuronas aletargadas por el alcohol le pedían a gritos.
En la cena, con la misma entonación con la que le hubiera hablado del tiempo, le preguntó por el mensaje. Laura hizo una pausa, se ruborizó, tomó un trago de vino y lo miró fijo.
Por unos segundos sólo se oyó la televisión que vomitaba cifras aterradoras.
Luego unas palabras, contenidas hacia tiempo en la mente de Laura, salieron calientes, densas, mordidas:
-No te quiero más, Juan, hace mucho que no te quiero más- le dijo mientras lágrimas dolorosas le corrían por las mejillas acaloradas.
-Quiero el divorcio, ya no te aguanto-
Se levantó, descargó con fuerza la servilleta sobre la mesa y corrió a llorar al dormitorio.
Juan permaneció por un instante mirando el plato a medio comer de su mujer, volvió a sonreír malévolamente, agarró el vaso de vino y tomó hasta que no quedó gota, luego terminó de comer y lavó los platos como si nada hubiera ocurrido.
A partir de ese momento dejaron de hablarse, a menos que fuera para un reproche. La tensión se hizo dueña del ambiente. Encontrarse en la misma habitación les generaba una incomodidad insostenible por lo que, de alguna extraña manera, establecieron sus territorios. El balcón y el living eran para Juan; el dormitorio, para Laura; el baño y la cocina, neutrales.
Él se dejó llevar del brazo por el alcohol. Pasaba el tiempo fumando habanos en el balcón mientras tomaba en una inmensa copa de cognac.
Ella incrementó su relación con Luis. Desesperada por sentirlo físicamente arreglaron para encontrarse en el aparcamiento de un gran supermercado.
Laura disfrutó sensualmente de una ducha lenta y caliente, eligió su mejor lencería, vistió un chandal rosa, y se escurrió hacia la puerta mientras le daba un adiós culposo desde lejos a su marido que, por la lluvia, había cambiado el balcón por el living. Él contestó con un gruñido sordo, casi imperceptible.
Los dos coches se ubicaron lado a lado en medio de la tormenta. Era la hora de la siesta y el estacionamiento estaba casi desierto.
Laura subió al vehículo de Luis aprovechando que era un todoterreno y, por lo tanto, más grande y cómodo.
Se sonrieron con hambre y se besaron. Las ventanas no tardaron en empañarse mientras los amantes se quitaban la ropa y exploraban los cuerpos. Luego, Luis tiró el asiento hacia atrás y Laura lo cabalgó hasta que los dos explotaron en un orgasmo liberador y desesperado.
Decidieron verse en el pequeño departamento de Luis al día siguiente.
Juan estaba en la cocina abriendo una botella de vino cuando ella regresó.
Sirvió un par de copas, intentó un brindis que no fue correspondido, y le habló. Empezó con un resumen de la situación: que la cuarentena no estaba dando resultados y se prolongaba, que la cifra de muertos y contagiados subía despiadadamente, la economía colapsaba y ya se notaban problemas para la distribución de alimentos; la gente en los barrios marginales había comenzado a saquear supermercados y finalmente, que los servicios sanitarios eran mínimos por estar sobrepasados por la cantidad de infectados y el poco personal médico que todavía estaba sano.
-Visto y considerando que se acerca el fin del mundo- terminó su exposición, -me gustaría olvidar tu pequeño amorío y que intentáramos salir adelante juntos. No sé si nos queda mucho tiempo.
Laura, que apenas había escuchado el discurso de su marido, distraída con los pensamientos de lo vivido en el estacionamiento, le tomó la pera mientras sonreía y le dijo : -dame tiempo para contestarte, estoy confundida, necesito quedarme sola para pensar-, y luego dio media vuelta y se fue con la copa para su dormitorio, sin dejar espacio para una respuesta
La tarde siguiente Laura volvió a ponerse sexy y a escabullirse mientras Juan dormía en el balcón.
Ya no llovía y había bajado sensiblemente la temperatura. Ella tenía miedo de que la detuviera la policía, y esto la hacia sentir como en una película de James Bond, la excitaba.
Llegó al departamento. Luis la esperaba con incienso, velas y música suave. Había subido la calefacción y el ambiente caldeado les hizo olvidar lo que pasaba en el mundo. Se amaron lentamente, esta vez desnudos, hasta que los sorprendió la noche y los venció el sueño.
El frio despertó a Juan cuando ya había caído el sol. Le llamó la atención que su mujer no hubiera vuelto. Preparó un sandwich y se sentó a ver una película.
Las noticias lo ponían nervioso.
El sol de la mañana lo despertó implacable y doloroso por culpa de la resaca. Se levantó tambaleante y, de camino al baño, notó con sorpresa que la puerta del dormitorio continuara abierta. Se asomó y observó la cama vacía y aún prolijamente tendida.
La furia lo atacó como una avalancha de nieve, de sorpresa y con violencia. De un portazo cerró la puerta y comenzó a gritar insultos mientras iba a la cocina y se servía su primer vaso de vodka del día.
Recién después de dos o tres tragos, fue cuando pensó en matarla.
Mientras tanto Laura abría los ojos en el departamento de Luis.
Al principio se asustó porque no reconoció dónde estaba y ni a quién tenía a su lado, luego se activó la mente y recordó la tarde anterior. Abrazó el cuerpo tibio del muchacho y lo acarició hasta que consiguió despertarlo y excitarlo.
Después del amor se ducharon y, envueltos en toallas, tomaron un café fuerte con medialunas.
La idea surgió clara como el cristal: Debían deshacerse de Juan.
Ana
A Ana le faltaba poco para la ansiada jubilación. Recogió del suelo una cajita de caramelos que le llamó la atención por sus colores y caracteres que parecían chinos. La guardó en la bolsa de basura y siguió barriendo mientras un tablero a sus espaldas mostraba una inusual cantidad de vuelos cancelados.
Se detuvo, quitó la cinta elástica que tenia atada en el pelo, y con un gesto mecánico la sostuvo con su boca mientras se acomodaba el cabello y volvía a ponérsela.
Ahí se contagió.
Cuando regresaba a casa, observó que Luis se despedía de una mujer atractiva pero que parecía un poco mayor que él. Lo esperó; le gustaba el muchacho aunque podía ser su madre, o con un poco de imaginación, hasta su abuela.
-¿Y esa niña?- le preguntó con malicia.
-Nada, dijo Luis, una amiga, ya sabes que tú eres mi único y verdadero amor- contestó él mientras la abrazaba y le plantaba un par de besos sonoros.
Semana 6
Había dos cosas que le extrañaban a Laura. Una, que Juan no había abierto la boca desde aquella vez en que durmió fuera de casa. Ni siquiera con reproches o con alguno de esos pequeños puñales en forma de palabras que la ponían al mismo tiempo triste y enojada. La otra, más importante, era que desde hacia tres días no tenia noticias de Luis. En el último mensaje que había recibido le decía que no se hallaba muy bien, que pensaba que se había pescado algo.
De pronto sintió el mordisco de la angustia y decidió ir al departamento. Esta vez salió vestida como estaba y sin despedirse de Juan.
Presionó el timbre un rato hasta que una voz débil y rasposa le dijo que se fuera, que no quería contagiarla.
¿Que no quería contagiarla? Las palabras resonaron lejanas en su cabeza mientras se apoyaba en la pared para no desmayarse. Después de aquella noche que pasaron juntos, se habían visto por lo menos cuatro veces más, la última hacía menos de una semana.
Insistió y golpeó la puerta hasta que se empezaron a abrir la de los vecinos, que protestaron con voces enfermas de toses.
Salió corriendo del edificio y por un buen rato condujo hasta que se encontró, sin haberlo querido, en el estacionamiento del supermercado.
Lloró sin prisa un buen rato hasta que, cansada, extrañamente cansada, volvió a su casa. Juan se escapó al balcón ni bien la vio, aunque tomó buena nota de sus ojos enrojecidos.
Semana 7
Más síntomas se hicieron presentes. Primero, la sensación de no encontrarle sabor a la comida, luego la falta de aire, después una tos seca que la obligaba a levantarse durante la noche y la sacudía por toda la habitación.
De Luis no tuvo más noticias después de un mensaje triste de despedida.
Más tarde vino la fiebre, y ya no pudo levantarse. Con la poca voz que le quedaba llamaba a Juan que no contestaba o, peor, le cerraba la puerta.
La muerte entró sigilosa mientras dormía.
Semana 9
Juan se preparó para la compra semanal. La última había sido problemática. Esa vez casi no quedaba nada en el supermercado, por suerte pudo al menos llevarse algo de vodka.
Cargó, por seguridad, su escopeta de caza y se lanzó a la calle.
Cuando llegó a la esquina notó que al cadáver de Laura, envuelto en una manta, dejado por él hacía un par de días, se le habían sumado otros. Ya nadie los pasaría a recoger.
El supermercado estaba vacío y desvalijado. Después de revisar, con cuidado, los almacenes de la parte trasera, volvió al departamento.
Tampoco se podía estar en el balcón.
El perfume dulce de la muerte lo invadía todo.
Ricardo Viti, 3 de abril de 2020