Consulting

No hay nada mejor que el momento de la relajación después del arduo trabajo. 

Abel miró las burbujas de champagne francés que subían en una sola columna justo en el centro de la bebida color ámbar. 

Una azafata joven y delgada, de buen cuerpo y mejores ojos azules, depositó, con una sonrisa amable, un pequeño recipiente de frutas secas, surtidas, calientes y ligeramente saladas. El hombre tomó un puñado, y mientras masticaba, y observaba las nubes gordas siempre distintas, recordó la última semana en Nueva York. Había ganado, después de mucho estrés y trabajo, un proyecto importante, crucial para su firma de consultoría. 

Estas cosas no suceden a los 60 años pensó, y sorbió un trago largo de champan bien ganado. 

La azafata abrió la mesita y desplegó un mantel, con prolijidad geométrica dispuso los cubiertos de metal y una nueva copa. Retuvo siempre la sonrisa perfecta. A continuación dejó un plato con salmón, otro con ensalada, aderezos y un pan recién horneado que, por un instante, trajo aromas de hogar al cilindro de plástico y aluminio. 

Todo esto distrajo a Abel de sus pensamientos. 

Buscó una película en la pequeña pantalla y disfrutó de la cena de Business Class.

Los anuncios del aterrizaje próximo lo despertaron. Después de un desayuno ligero, se adormeció hasta que las ruedas chirriaron sobre el pavimento de la pista. 

Recogió su portafolios (Abel era uno de los últimos en utilizar ese tipo de adminículos), y salió del ambiente protegido del avión. Los privilegios desaparecieron y se dejó llevar mansamente por el resto de los pasajeros hasta la cola de migraciones. Allí encendió su celular y leyó los mensajes. Uno de ellos le solicitaba que fuera a la oficina tan pronto como llegara a Ezeiza. Un escalofrío gélido le recorrió la médula. ¿A la oficina después de un viaje de doce horas? ¿Para qué?

Era viernes después de todo, lo normal hubiera sido descansar y trabajar un par de horas en casa. El aniversario de casados y el cumpleaños 30 de su hija Dora habían sido sacrificados en la pira de esta propuesta, ¿y ahora esto?

Pasó migraciones sin problemas a pesar de que les dejo una foto con cara de enojado. La valija lo esperaba en el carrusel. Compró un Ballantines y cruzó la aduana sin incidentes. En el remis llamó a Godoy, el socio a responsable de la oficina de Buenos Aires. 

El señor Godoy está en una reunión, contestó la secretaria. Me dejó un mensaje para usted, que cuando llegue venga a la sala de conferencias del piso 11.

Otra vez el vacío en el estomago, ganas de irse a su casa. O tal vez al otro lado del universo. 

Créase o no, su reciente victoria se eclipsaba con la incógnita negra de la incertidumbre.

Se puso nervioso.

El trafico se ralentizó; el reloj comenzó a mostrar siempre la misma hora, el corazón se le encogió en el pecho y los latidos se hicieron desparejos. De pronto, un chispazo agrio explotó en su mente: Iban a arrebatarle el proyecto para dárselo a Matias, el sobrino de Godoy, el nuevo delfín. 

La furia se multiplicó por cien.

Abrió el portafolios y revolvió los papeles sin leerlos siquiera.

Por fin llego a la oficina. La secretaria de Godoy lo esperaba en la puerta de la sala de conferencias. Se escucharon carcajadas del otro lado. A Abel se le aflojaron las piernas. Abrió la puerta y allí estaban: Su jefe, el delfín y un par de socios, profundos enemigos; listos para devorarlo y celebrar. 

-Sentate Abel, y gracias por venir desde Ezeiza. Felicitaciones por tu inmenso logro -arrancó Godoy, y prosiguió- Hemos pensado que éste es un broche de oro para tu carrera, y la puerta de entrada hacia tu retiro. Te solicitamos, que a partir del lunes, transfieras toda la información a Matias y le informes al cliente.

Todos sonrieron confiados, excepto Matias que también sonreía aunque mostraba temor en la mirada. 

Abel apretó los dientes, dijo que se imaginaba que algo así iba a ocurrir, y que les deseaba suerte en el nuevo proyecto. 

Años después se preguntaría una y otra vez de dónde había sacado el temple para responder así, ya que hubiera querido estrangularlos a todos. 

Luego de aquel día en apariencia fatídico, Abel dejó para siempre la consultoría. 

Sentado en una reposera mientras disfruta del Mediterráneo, rememora los acontecimientos de aquellos años. Pasado un período de crisis se dedicó a la escritura, una de sus escondidas pasiones, se mudó a un pueblito de la costa española, y enfocó con éxito sus esfuerzos para convertirse en escritor.

A veces escarba en aquellos recuerdos para usar el estrés, la envidia, el poder y la presión de esa época y reflejarlas en sus cuentos. 

Ricardo Viti, 6 de enero de 2019

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