Normalidad Distópica

Septiembre 2020 

El puto barbijo me devuelve el aliento asqueroso todo mezclado del café, las tostadas y la naranja que desayune hace un rato.

Acaba de terminar la Cuarentena, sólo siete meses duró, a mais larga do mundo.

Mientras estábamos encerrados pasó el otoño, el invierno y llegó la primavera; es como si el 2020 nunca hubiera existido.

El aire fresco de Buenos Aires se percibe a través de la piel, no de la nariz. 

Da vértigo ir por la calle después de haber estado tanto tiempo confinado. 

Noto que está repleto de negocios que se alquilan o se venden.

Percibo una sensación de fin del mundo en ese aire fresco y primaveral.

Y la gente. La gente pasa asustada y rencorosa del posible contagio. Todos con sus mascarillas. Algunas, de colores, otras al tono de la ropa, pero muchas de un material que las hace lucir como si fueran pañales faciales.

Sólo dejan ver los ojos, ojos de miedo a ese virus tómbola que dice nada en un casillero y muerte en el otro, pasando por pérdida del olfato y gusto, resfrío, gripe, gripe fuerte, y neumonía

Por fin llego al bar.

Y por fin me reúno con un par de amigos, Lucas el shrink, y el loco Víctor. A lo mejor se prende algún otro, aunque no creo. Pablito todavía tiene miedo de salir el muy hipocondríaco, y Alejandro está enredado en un amor platónico: una chica que no puede besar ni tocar porque vive con su abuela de 95 años y que aún teme contagiarse y contagiarla. Se limitan a pasear en bicicleta o charlar tirados en el pasto.

Es muy raro este mundo versión 2.0 en el que vivimos. No me gusta y eso me preocupa; es que, si no te gusta el mundo, éste es capaz de rechazarte, con todas sus consecuencias.

 Lucas ya llegó y lee algo de Pedro Mairal en una mesa de afuera. 

Acaban de aprobar esto de sentarse en mesas de la vereda, pero tienen que estar separadas por dos metros por lo menos. Me pregunto si así este negocio podrá sobrevivir. 

—¡Hola, Lucas! —le digo con entusiasmo.

Él se levanta y me ofrece el codo mientras pone una cara ridícula. 

Le ofrezco el mío y nos rozamos en ese ritual nuevo y frío. 

Me siento y enseguida llega la moza con un barbijo de lobo feroz y los ojos pintados de odalisca. Me imagino una boca carnosa y pómulos altos.

Pido un cortado en jarrito con poca leche.

Me quito el “pañal” de la cara.

Se puede ver mi sonrisa irónica.

—Se te nota más gordito —le suelto a Lucas.

—A vos, también —contraataca.

Lucas usa la mirada escrutadora de psicoanalista.

—Bueno, por lo menos vos tenés a tu señora; seguro fue una compañía, además del sexo. Yo he pasado seis meses de soledad y celibato. La soledad no me preocupa, al contrario, pero el celibato me tiene mal —dice mi amigo. 

La mirada escrutadora ha dado en el clavo. 

—No te creas; yo hacía un tiempo que no me llevaba bien con Claudia, por lo que apenas nos hemos soportado en una cárcel de lujo de 70 metros cuadrados. Poco dialogo y poco sexo.

No se lo cuento, pero en realidad ha sido mucho peor.

La cosa no iba bien y justo antes de la pandemia Claudia me descubrió unos wasup que había intercambiado con Lucía donde se reflejaba algún encuentro hot con ella.

Desde ese momento sólo ha habido diálogos ásperos como mordiscos, y nada de sexo.

—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? —otra vez esa mirada de Lucas.

—No, nada —miento, pero es fútil pues me ha leído el rostro el muy cretino. 

Lucas respira hondo, piensa, y cuando me va a soltar el interrogatorio, me salva Víctor.

Viene transpirado el gordo, con una sonrisa de oreja a oreja, y no lleva barbijo.

Nos levantamos y estiramos los codos. Víctor pone cara de sorpresa primero y luego vuelve a sonreír. Se abalanza sobre Lucas, lo abraza y le estampa un beso baboso en la mejilla. Después lo empuja sobre su silla y se me tira encima. No hay forma de evitarlo; la bestia pesa 115 kilos y mide dos metros. Hace lo mismo conmigo, y con su vozarrón característico dice: —Déjense de joder con los coditos, mariquitas. 

Lo hace mientras mueve el codo como si nos saludara, pero afeminadamente. Por último se sienta en la silla disponible que cruje dolorosamente.

Nosotros nos quedamos paralizados. Lo menos que pensamos, conociendo la sociabilidad de nuestro amigo, es que ya nos ha contagiado la peste.

Febrero 2021 

Han pasado cuatro meses desde aquel día en que nos encontramos Lucas, Víctor y yo.

Hoy, un febrero recién nacido se muestra caliente en todos los aspectos: el verano insiste con jornadas tórridas; el gobierno promete vacunas que no llegan, y el virus se reinventa en versiones más agresivas y/o contagiosas. Mientras tanto, la esperanza de que esto termine pronto se diluye, terca y despiadada, en un mar de noticias falsas.

A veces pienso si no nos estaremos volviendo locos todos. ¿Hasta cuándo podremos aguantar?

Llego al bar. Lucas ha reemplazado su lectura de Mairal por una de López Rossetti. Ellas, dice el libro en grandes letras rojas.

Me ve, estira el puño y nos saludamos estúpidamente, entonces responde antes de que le pregunte:

—Es para entender mejor a las minas.

Me lo dejó servido. 

—No te alcanzarían todos los libros del mundo para eso —contesto con mirada canchera.

Cierra el libro, lo deja sobre la mesa, y me observa con el tono penetrante de siempre, que desnuda mi cerebro y me hace sentir chiquito, como de tres años.

—¿Sabés algo de Víctor? —le largo como para defenderme -Intenté comunicarme con él hace un par de meses pero nunca contestó. 

—Le agarró Covid al gordo —me dice orondo, cínicamente contento por saber más que yo. -Estuvo casi un mes en terapia intensiva, con respirador, pero zafó. Hoy viene, no te preocupes.

Me quedo paralizado, aunque no sorprendido. El gordo nos abrazó y besó burlándose de la peste en aquel día en que nos juntamos. 

¡Qué susto nos dimos! 

Era lógico, con esa conducta se lo iba a agarrar.

La voz llega lejana y débil.

—¡Hola, chicos! 

—Es Víctor, aunque no lo es, o mejor dicho, no es lo que era. 

Volteamos la cabeza y vemos la silueta antes robusta y vibrante, ahora delgada y fofa. Tiene el rostro cubierto por el barbijo, y los ojos, vidriosos y hundidos en sus cuencas. Se nota que no sonríe. ¿Qué pasó con el gordo?

Ésta vez se sienta sin tocarnos. Agitado.

—Me hizo moco esta mierda —escupe resignado.

La siguiente media hora nos cuenta los horrores de la terapia intensiva, el intubamiento, la sensación de no poder respirar y los síntomas extraños que deja el virus como “regalitos macabros” desparramados por el cuerpo.

El mozo, que ya lo conoce, trae un chop grande y frío.

—Recién ahora puedo disfrutar de una cerveza, -balbucea sin máscara y dando un trago enorme. 

—Antes era como tomar soda —agrega.

Se limpia los bigotes blancos que le ha dejado la espuma y ensaya una sonrisa, pero sólo de la boca para afuera, ya que sus ojos permanecen en pánico.

Un hombre pasa por delante de nosotros y se detiene. Por culpa del barbijo es difícil reconocer a alguien en estos días. No obstante, él sí sabe quienes somos.

—¡Víctor, Lucas, Ricardo! —dice la voz del otro lado de la máscara. 

Lo miramos extrañados. 

Entonces, con un gesto dramático, descorre el telón y nos revela el rostro.

Aún así, nos cuesta ubicarlo. Parece que la vida se lo hubiera llevado por delante como una locomotora.

Al final, de las entrañas de la memoria surge el nombre: es Eduardo Cuntrich, un compañero del Liceo.

—¡¿Qué hacés, Eduardo?! —decimos casi al unísono.

—¿Puedo sentarme? —pregunta mientras ocupa la única silla vacía.

Lo que ocurre después no lo esperábamos: la mirada se le transforma y cambia en un instante de sonriente a preocupada; parece que hubiera envejecido inesperadamente en apenas un segundo.

Mientras le pide un café al mozo, mira hacia un lado y hacia el otro como si percibiera que lo persiguen, y nos suelta:

—Tengo algo que contarles, pero por favor, no se lo cuenten a nadie. No sé si hago bien en decirlo; el caso es que necesito largar esto, y también necesito ayuda.

—Soy todo oídos —contesta Lucas con su típico aire de terapeuta.

Víctor termina de un sorbo el chop y le hace señas al mozo para que traiga otro.

Yo enciendo un Parisien e intento recordar la vida de Eduardo. 

Fue oficial de Caballería y se retiró como Coronel, hace unos diez o doce años. Después le perdí el rastro.

—Y cuando me retiré, me dediqué a la Seguridad Informática. —nos dice en un susurro ansioso. —Me fue bastante bien. Hace poco conseguí un contrato con el gobierno. Estaba organizando todo, cuando me topé con un área de alta seguridad. No me quisieron dar acceso, pero mi maldita curiosidad fue más fuerte, y le busqué la vuelta hasta que conseguí vulnerar el sistema. Si les digo la verdad, sospeché que era algún chanchullo, un afano gordo.

Pero no, era algo mucho peor.

Contenía la descripción en inglés de un proyecto y el tablero de control o dashboard que se utiliza para su seguimiento. El proyecto se llama NG project. NG por New Genesis.

—¿Y qué decía? —pregunta el ex gordo.

Eduardo prosigue:

—No mencionaba los autores. Sólo comunicaba lo que iba a suceder y qué debía hacer el gobierno argentino. También indicaba que si no se cumplían los objetivos, habría represalias que podían ser de carácter nuclear.

Comenzaba describiendo la situación insostenible de que fuéramos una población de 7600 millones de humanos con recursos naturales suficientes tan sólo para 1500. Explicaba, con diversos gráficos, que acabaríamos con estos recursos en, aproximadamente, cuarenta años, y que entonces se debía actuar de inmediato para evitar la extinción de la Humanidad.

Había que reducir, a corto plazo, la población a la mitad; esto no solucionaría el problema aunque daría tiempo para corregirlo. Era responsabilidad de los gobiernos de cada país apoyar las medidas de reducción. A la Argentina, le correspondía eliminar a 22 millones. 

A nuestro país le falta gente dirán ustedes; esto se subsanaría trayendo habitantes de otras zonas. En nuestro caso, de China.

A continuación describía cómo se iba a concretar el proceso.

Decía más o menos esto: Cerca de 50.000 muertos para el 2020, sólo producto del Covid. En el 2021, la vacuna rusa y las nuevas cepas sumarían unas 550.000 personas más. Esto desencadenaría una guerra civil que lograría eliminar 1.400.000. En el 2022 estallarían guerras regionales, que con la ayuda de la pandemia mutante y las vacunas inútiles, matarían a otros 2.000.000 de personas. 

Vamos por 4; si hice bien las cuentas quedan 18 millones a desaparecer en los cinco años siguientes. No explicaban en detalle esto último, sólo que se solicitaban unos 3 millones, o un poco más, por año.

—¡Que lo parió! —larga Víctor con los ojos muy abiertos.

—¡Me estás jodiendo! —digo yo sorprendido.

—No puede ser —susurra Lucas, poco convencido.

Eduardo abre la boca para contestarnos, pero un estruendo nos hace saltar a todos:

¡Zamp! ¡Zamp! ¡Zamp!

Las aspas de un helicóptero que parece rozar los techos resuenan como si quisieran cortarnos en pedazos.

Miramos hacia arriba hipnotizados por la imagen. La bestia azul y blanca, con ”Policía Federal” escrito en letras negras, se balancea sobre nuestras cabezas.

—¡No! —alcanza a gritar Eduardo mientras huye agazapado como si eso sirviera de algo.

Lo vemos desaparecer en dirección al río.

La policía detrás. 

Se escucha una catarata de voces excitadas, es la gente que nos rodea, pero poco a poco el ruido se aquieta, al igual que las aspas del helicóptero.

Los tres nos miramos, pálidos, sin hablar.

Diciembre 2021

No puedo creer que este bar siga abierto. Han cerrado casi todos.

En estos días los teléfonos e internet todavía funcionan, pero el transporte público hace rato ha desaparecido.

Otros servicios, como el agua o la electricidad, sufren cortes cada vez más frecuentes, especialmente de noche.

El verano se nos echó encima demasiado pronto, lo que al principio generó una falsa esperanza de menos contagios.

Me siento en una de las mesas de afuera, que encuentro milagrosamente libre.

De pronto recuerdo que el mozo ya no está (se lo llevó el Covid), y me levanto para pedir un café en la barra.

Mientras espero, pueblan mi mente las imágenes de aquel día de febrero en que perdimos a Eduardo. Esa mañana nos enteramos por él de unos planes siniestros que, desgraciadamente, se han cumplido casi al pie de la letra. Desde aquella fecha se perdieron medio millón de argentinos, un poco más del 1% de la población. 

Primero fue la cepa Manaos, luego, la cepa Matanza, mucho más letal y contagiosa que la brasileña (e inclusive peor que la Delta), y por último, las vacunas, que a los tres o cuatro meses provocaron trombosis súbitas en el 90% de los vacunados.

Hace sólo un par de años todo esto me hubiera sonado a un cuento malo de ciencia ficción; es notable cómo el ser humano se adapta a los hechos y los naturaliza.

Al principio nos chocaba ver a todos con barbijos, los entierros nocturnos masivos en Brasil, o las cremaciones grupales en la India, pero al cabo de unos meses, nos acostumbramos a esas cosas y a otras aún peores. 

Aparece mi café, dejo un billete de 500 (la inflación crece más rápido que la cantidad de muertos) y salgo del local. 

Lucas llegó y está sentado en mi silla.

Se lo ve pálido y delgado, con ojeras oscuras de estrés. Seguro que yo luzco igual.

—Hola, Lucas, ¿te pido algo antes de sentarme?

—Una Coca, por favor.

La Coca es algo que todavía se produce, y no sé por qué, no me sorprende.

Cuando salgo con la bebida, veo el libro que lee mi amigo, es uno de Mariana Enriquez.

Él se da cuenta y me dice:

—Es un poco “depre”, y tétrico también, me recuerda a la realidad que vivimos. 

Sonrío, y eso me hace bien.

—¿Cómo van tus mujeres? —me pregunta con su habitual mirada de rayos equis, aunque a diferencia del pasado se vislumbra un dejo de locura en ella.

No me acuerdo si le conté que después del episodio del teléfono y Lucía, Claudia me echó de casa.

—¿Sabías que Claudia y yo nos separamos?

—Sí —responde profesionalmente -No agrega nada más, solo me deja atrapado en su silencio como un conejo encandilado por las luces de un coche.

—¿Sabés algo de Víctor? —pregunto para salir de la trampa.

Antes de que Lucas conteste aparece el gordo. Se lo ve mejor que la última vez que nos encontramos. En esa oportunidad se recuperaba del Covid.

Viene alguien conocido detrás de la enorme figura de Víctor. Es Pablo.

—¡Hola, chicos! —dice como si ayer nos hubiéramos visto.

Nos abrazamos. La amistad es más poderosa que el virus.

Luego van para adentro y regresan con cuatro cervezas bien fresquitas.

—Tenemos que brindar —dice el gordo.

—¿Por? —pregunta Lucas.

—Nos vamos al sur —contesta Víctor.

—¿Quién? —esta vez soy yo.

—Todos -agrega canchero.

La siguiente hora se diluye en una pequeña multitud de botellas que va llenando la mesa mientras escucha en silencio nuestros diálogos.

Básicamente la situación es la siguiente:

El país no da para más. Una guerra civil o un conflicto con una nación vecina está a la vuelta de la esquina.

Los cuatro estamos solos y tres de nosotros hemos perdido el trabajo. Lucas es el único que apenas se mantiene con sus sesiones de terapia online.

Víctor tiene una hermana en Chichinales, provincia de Rio Negro, un pueblito de 3000 habitantes a poco más de 1000 kilómetros de Buenos Aires, y propone que nos establezcamos allí. 

Partiríamos en un mes. Eso le da tiempo a Lucas para malvender su departamento (los demás alquilamos la vivienda) y al resto, para deshacernos o regalar lo poco que tenemos.

Nos desplazaríamos en dos coches, el Peugeot de Victor y el Volkswagen de Pablo, ya que son los que están en mejores condiciones.

En Chichinales compraríamos una chacra y aprenderíamos a utilizarla, en principio, para nuestra propia supervivencia, luego veríamos. 

Está claro que Víctor lo trae a Pablo convencido del plan. Lucas y yo todavía lo tenemos que pensar.

Suena descabellado, pero en realidad todo en estos días suena así. 

Nos damos una semana para contestar.

—Necesitamos un nombre para el proyecto —concluye 

Ut renati —contesta rápido Pablo, que significa renacer en latín. 

Aprobando el nombre chocamos una vez más las últimas cervezas mientras los parroquianos nos observan con sus barbijos puestos y sus ojos sospechosos y tristes a la vez.

Enero 2022 

Llego a la puerta del bar, y la  encuentro tapiada, además han roto los cristales y vandalizado el lugar.

Lucas arribó antes que yo, y no sostiene en las manos ningún libro esta vez.

-¿Qué hacemos? -pregunta.

-Vamos a lo de Jorge Kichener. Su casa queda a un par de cuadras. 

Mientras caminamos sorteamos las pilas de basura maloliente que ya nadie recoge. No hay negocios abiertos, salvo una verdulería que vende sus productos a precios estratosféricos. 

Jorge nos abre con precaución la puerta blindada de su casa. 

Hablé con él la semana pasada, viene con nosotros, lo mismo que su esposa Silvana.

Hay más personas alrededor de la mesa de la cocina. Pablo y Víctor (con su cerveza en la mano, por supuesto) y Alejandro, que ha dejado su amor platónico para sumarse a esta aventura.

Silvana trae más bebidas. 

De pronto Víctor sonriente exclama:

-¡Ut Renati está en marcha!

Nos miramos y tratamos de responder a su gesto, pero la verdad es que el horno no está para bollos,  y apenas esbozamos una sonrisa.

El gordo va a continuar cuando es interrumpido por el timbre de la puerta. 

-¿Quién podrá ser? -pregunta intrigado Jorge mientras se levanta y va a abrir.

¡Para sorpresa de todos es Eduardo Cuntrich!

Lo abrazamos efusivamente, lo creíamos muerto después de aquella tarde en que lo perdimos perseguido por un helicóptero de la Policía Federal.

Nos sentamos los ocho alrededor de la mesa.

-Tengo mucho que contar -dice entusiasmado Eduardo.

El helicóptero lo persiguió hasta abajo, y aterrizó en la explanada de Alvear y el río.

Cuatro comandos vestidos de negro portando ametralladoras rodearon a Edu, que se había refugiado en los totorales.

-Pensé que era el fin -dice excitado.

Lo llevaron a la aeronave y allí se le presentó un excamarada de Ejército que le dijo que se quedara tranquilo,  que no eran la policia, y que formaban parte de un grupo revolucionario opositor al gobierno. Necesitaban la información que él poseía.

Aterrizaron en el Club de Planeadores de Cañuelas y se dirigieron a una estancia de las cercanías donde el grupo había montado su centro de operaciones. 

-He estado allí hasta hace unos días, en que debimos dispersarnos pues aparentemente nos habían localizado -nos dice Eduardo, y prosigue.

-A partir de que les di mi información, formé parte de su grupo de Inteligencia, y afortunadamente pude actualizarme con lo que sucede ahora.

Escuchen bien, estamos en los comienzos de una guerra civil. El país se encuentra dividido en dos: la zona norte y la provincia de Buenos Aires permanece bajo el control del gobierno actual, pero desde Mendoza a Tierra del Fuego es prácticamente otro estado. La Capital Federal también quiere participar en el nuevo gobierno, pero la amenaza de la provincia de Buenos Aires se lo impide. Lo mismo ocurre con Santa Cruz del lado nuestro; esto provocará a corto plazo enfrentamientos feroces. 

Por último quiero decirles que ha muerto y va a morir mucha gente, pero aún así no se alcanzarán los objetivos dispuestos por el plan New Genesys, lo que lleva a pensar en algún tipo de represalia externa.

Debemos irnos, muchachos, y cuanto antes. Esta misma tarde si pudiéramos. 

Quedamos en regresar a nuestras casas, recoger lo poco que nos llevaremos de equipaje y dinero, y volver a lo de Jorge Kichener por la noche.

Saldremos sobre las dos de la madrugada. 

Partida

Anoche regresamos con nuestros bolsos y el dinero que pudimos juntar. 

Cerca de las dos de la mañana, tratando de hacer el menor ruido posible, partimos. Vamos en tres coches: El Peugeot 2008 de Lucas, con Víctor y Eduardo a bordo; el Volkswagen de Pablo, donde voy yo también; y la Amaroc de Jorge, que viaja con Silvana y Alejandro.

La ciudad está a oscuras, salvo por los resplandores de los incendios que convierten en cenizas varias zonas de la Capital y Provincia.

Vamos en fila india, lo más pegados posible. 

Eduardo se apareció ayer con tres fusiles ametralladoras FAL, una caja con veinte granadas FMK-2 y cuatro pistolas Glock, de 9 mm, todo proveniente del Ejército Argentino. También trajo tres radios VHF, que nos servirán para comunicarnos entre los vehículos. A Lucas no le gustó tanto armamento, lo consideró demasiado peligroso,  pero los demás aprobamos el gesto; eran mil kilómetros llenos de peligros desconocidos los que íbamos a recorrer.

Repartimos las armas en los tres coches y las escondimos fuera de toda vista. Por un lado, no debían ser visibles por si nos paraba la policía, por el otro debían estar a mano para el caso que hubiera que defenderse.

A pesar de que era tan temprano ya se escuchaban disparos.

Al ratito nos cruzamos con un par de patrulleros y dos coches, que parecían huir, como nosotros, del caos imperante y creciente.

Llegamos a la Panamericana y giramos hacia el camino del Buen Ayre. En la autopista debimos esquivar varios choques y una barricada, cuyos protagonistas, afortunadamente, estarían durmiendo.

Al llegar a Paso del Rey tomamos el Acceso Oeste hacia Luján.

En la rampa nos topamos con un grupo de unas treinta personas que se nos abalanza sobre los vehículos. Eduardo saca una pistola por la ventanilla y dispara al aire, eso parece contenerlos. 

Pero la tranquilidad dura poco. Ese grupo seguramente le advirtió a los de más adelante, y al llegar a la bifurcación de General Rodríguez, nos comienzan a disparar desde arriba del puente.

Eduardo nos grita por la radio que demos la vuelta. Los proyectiles zumban a nuestro alrededor. Es una suerte que hubieran empezado a disparar cuando todavía estábamos lejos, sino nos acribillaban.

De contramano por la autopista, nos escapamos por una salida hacia la colectora.

A toda velocidad intentamos pasar el cruce. Seguramente los que estaban sobre el puente ahora se dirigen rápidamente a interceptarnos.

Está oscuro todavía. Eso ayuda en nuestra huida. 

De nuevo empiezan a llover las balas. Es igual que en las películas: ¡ping! Y una chispa. Alguno con buena puntería hace estallar la ventana trasera de nuestro vehículo.

Ahora disparamos todos hacia el lugar donde oímos las detonaciones o vemos los chispazos.

De pronto, de mi lado y muy cerca, veo a alguien apuntándome. No debe estar ni a diez metros.

¡Es él o yo! Aprieto el gatillo y lo veo saltar hacia atrás casi instantáneamente.

Conseguimos pasar.

¡No puedo creer lo que hice!. Estoy seguro de que le di en la cabeza porque vi salir de ella una nubecita roja. El atacante estaba detrás de un farol de la carretera y perfectamente iluminado. 

Me quedo frío, paralizado por el estupor: acabo de matar a una persona. 

Pablo lo ha visto todo e intenta calmarme.

Me tiemblan las manos y no puedo sostener nada. Respiro profundamente para ver si así me tranquilizo.

Eduardo vuelve a comunicarse. En 15 minutos llegaremos a Luján y sugiere que nos detengamos antes para trazar la estrategia de cómo la cruzaremos. El Acceso Oeste pasa por un costado de la ciudad, pero igual tendremos edificaciones por ambos lados; eso sin contar un puente que debemos cruzar por debajo en la misma entrada. 

En la primera salida que encontramos volvemos a salir a la colectora, y ya muy cerca de Luján, nos detenemos en una arboleda.

Alejandro se queda de guardia mientras el resto nos reunimos en el Amaroc.

Eduardo enciende su Ipad y revisamos el itinerario en Google Map. El rodeo es importante, pero necesario. Tomaremos la ruta 6 hasta cruzar el río Luján, de ahí por la 192, que nos dejará del otro lado de la ciudad. Seguiremos unos pocos kilómetros hasta una calle llamada Tropero Moreira. Después iremos por caminos de tierra hasta desembocar en la ruta 5, que es la que debemos tomar.

La siguiente ciudad en la que hay que decidir si rodearla o no, es Mercedes, y luego, Chivilcoy.

El grito de Alejandro nos hace saltar a todos.

-¡EEEEEHHHH! ¡EEEEEHHHH! -exclama sin decir palabra.

Dirigimos la vista hacia donde él mira.

Donde estaba la ciudad de Buenos Aires, a pesar de que nos encontramos a unos 70 kilómetros, se ve claramente un hongo gigantesco de humo, fuego y rayos. Al cabo de casi un minuto sentimos la detonación como un trueno profundo, grave y sordo, y pasados unos instantes nos llega una ola de viento caliente, como un empujón extraño, y seguramente algo radioactivo.

Silvana comienza a llorar en silencio. Creo que todos lloramos en silencio…

La bomba

La oscuridad y la falta de señales hizo que nos perdiéramos por los caminos de tierra y nos llevara una hora rodear Luján. Afortunadamente no encontramos más gente ni barricadas. 

Al llegar a Mercedes nos arriesgamos, y sin efectuar rodeos, pasamos sin problemas. Lo mismo ocurrió en Chivilcoy.

 Ya son las seis de la mañana y acaba de salir a nuestras espaldas un sol rojo y enorme provocado por la nube de polvo que dejó la explosión.

La radio chisporrotea; es Eduardo que nos sugiere que, dado el riesgo de ser asaltados, nos detengamos en algún pueblo y circulemos sólo de noche. 

Estamos todos de acuerdo. La siguiente ciudad pequeña es Bragado. Buscamos un hotel y encontramos uno milagrosamente abierto cerca del centro. Allí devoramos un café con leche y medialunas recién horneadas que, de alguna manera, nos traen una normalidad que nunca más existirá.

Decidimos descansar, ya que tenemos que estar frescos por la noche, pero es difícil hacerlo cuando uno piensa que el mundo en que vivíamos es ahora la nube de polvo que flota sobre el Río de la Plata. 

Al mediodía nos preparan un almuerzo liviano en el mismo hotel. 

Eduardo viene con noticias frescas. Se ha podido comunicar con su grupo revolucionario, y describe lo siguiente:

Una bomba nuclear, de alrededor de 300 kilotones, ha sido detonada sobre Buenos Aires y ha dejado, inicialmente, más de 500.000 muertos y 1.200.000 heridos, seguramente estas cifras crecerán en los próximos días debido a la radiación. 

Este hecho es, claramente, un precio a pagar por no haber cumplido con la reducción de población definida para 2021.

Pero no ha ocurrido sólo en Buenos Aires. Todas las capitales de Sudamerica han sido bombardeadas.

Nos miramos perplejos. A esta altura de los acontecimientos ya habíamos perdido la sorpresa, pero esto es demasiado.

-Y hay más -continúa Eduardo- Se ha piensa que los bombardeos a grandes ciudades cumplirán un doble propósito, es que además de reducir la población generaran, un pequeño invierno nuclear. Y consideran que este hecho va a compensar en parte el aumento de temperatura producido por el efecto invernadero. 

-Pero todo esto sumirá al mundo en el caos, ¡los países, tal como los conocemos, desaparecerán irremediablemente! -dice Lucas angustiado.

-Efectivamente, parte del mundo se verá sumido en un caos que durará varios años, aunque las capitales de los países que lo han planificado no han sido destruidas. Por el momento, y no sé si habrá más, son Estados Unidos, China, Rusia, Gran Bretaña, Alemania y Canadá. Esta última se salvó por su escasa densidad de población y por su cercanía con los Estados Unidos. A pesar de que son países que han sufrido una gran disminución poblacional a causa de la pandemia y las vacunas, podemos afirmar que se mantienen intactos en lo que respecta a lo social. 

La brutalidad de la información hace que nos encerremos en nuestros propios cocoons para pensar sobre la humanidad y el futuro que se cierne sobre ella. 

Eduardo prosigue como si estuviera hablando de organizar una reunión entre amigos, sin notar el mutismo trágico en el que estamos sumidos: -Sugiero que hagamos guardias para custodiar los coches y la entrada del hotel. Consulté con el conserje y, aparte de nosotros, sólo hay un par de chicas que ocupan una habitación contigua a las nuestras.

De pronto llaman a la puerta y todos nos sobresaltamos.

-¿Quién es? -pregunta Jorge.

-Somos las vecinas de al lado. 

Abrimos. Dos chicas atractivas y muy parecidas entre sí, de alrededor de treinta años, se presentan como Florencia y Daniela. Son hermanas y nos explican que viajaban a Buenos Aires cuando se les rompió el palier del coche y tuvieron que detenerse en Bragado. 

Ésto les salvó la vida.

Sus parejas ya estaban en la Capital, lo mismo que sus hijos… 

Se les inundan los ojos de lágrimas y casi no pueden hablar.

Quieren saber quiénes somos y si podemos llevarlas.

Nos miramos. Los rostros revelan los puntos de vista de cada uno: Eduardo permanece con el ceño fruncido; no creo que le guste la idea. Siente que  los riesgos aumentarán, lo mismo que Lucas, cuya cara refleja un dejo de disgusto. Él no quiere complicaciones. No pasa lo mismo con Víctor, Pablo y Alejandro, que sonríen picaronamente. Jorge y su esposa permanecen impasibles. 

Yo, me sumo al grupo de los sonrientes…

-Ésta es una decisión grupal -encara Eduardo-

Necesitamos un rato solos, enseguida les avisamos.

Las chicas agradecen y salen de la habitación.

Otra vez nos miramos.

En la siguiente media hora el ambiente se caldea con la discusión, y por otro lado, nos ayuda a olvidar por un rato la situación inmensamente trágica en la que nos encontramos. 

Al final, los “sonrientes” imponen su deseo: Las chicas vienen con nosotros. Y para mayor satisfacción de Alejandro, viajaran con él en la Amaroc de Jorge.

Cenamos tostados de jamón y queso en el hotel y sobre las nueve de la noche, partimos. El sol se ha escondido alrededor de las 20:15 y no saldrá hasta las 06:00. Eso nos da unas siete horas de oscuridad, y nos quedan casi diez hasta Chichinales. No llegaremos hoy (y tampoco es prudente apurar la marcha), habrá que detenerse en otro lugar para pasar el día, será General Acha. 

Los hoteles están cerrados, pero por internet hemos encontrado unas cabañas todavía disponibles a tan sólo unas dos o tres cuadras de la ruta. 

La suerte parece que también escapa junto con nosotros porque además encontramos una Shell abierta a la salida del pueblo, donde nos cobran la nafta al módico precio de tres dólares el litro. Tenemos poco más de 500 kilómetros por delante. De paso compramos un bidón de 20 litros para cada vehículo, así aseguramos la llegada a nuestro próximo destino.

Después veremos. 

En la oscuridad de la noche me vienen a la mente  recuerdos recientes: La cara de asombro y alegría de las chicas cuando les dijimos que podían venir con nosotros, el sabor de los tostados, la expresión de melancolía anticipada del conserje, quien seguramente pensaba que seríamos sus últimos clientes por mucho tiempo.

Como casi no hay tráfico, tampoco luces, la noche nos traga mientras devoramos kilómetros llenos de ansiedad alejándonos de la debacle atómica.

Sobre las diez de la noche cruzamos la rotonda de Nueve de Julio, donde se ven gomas quemadas, ¿de una barricada? Tal vez.

Diez y media la de Carlos Casares. Otra vez las familiares gomas.

Eduardo rompe el silencio de radio. Tenemos una hora más hasta Pehuajó. Nos vamos a encontrar con un par de las consabidas rotondas y con un puente, donde puede haber gente parapetada. Nos comenta que antes de entrar a la ciudad hay una estación de servicio, allí podríamos desviarnos y rodear todos esos puntos peligrosos. 

Contestamos que sí, que él marque el rumbo.

             Una hora nos lleva llegar a la entrada a Pehuajó. La estación de servicio está a oscuras y casi la sobrepasamos. 

Los csminos del desvío que tomamos, además de oscuros, se ahogan en barro. La Amaroc y el Peugeot pasan con cierta dificultad, pero el Volkswagen se queda un par de veces. 

Como en una coreografía bien ensayada Alejandro y yo nos ponemos delante y detrás del convoy con los FAL preparados mientras que los demás trabajan para liberar al vehículo. De todos modos perdemos tiempo y ya no sabemos si llegaremos a General Acha.

Al dar la una de la mañana conseguimos volver a la ruta. Hay un par de pueblos pequeños hasta llegar a Trenque Lauquen. Ésta ciudad sólo tiene dos rotondas, pero la segunda es muy grande y hay un puesto de la Policía Caminera. No podemos arriesgarnos a que nos detengan y nos quiten el armamento, nos requisen los vehículos, o algo peor, elegimos desviaremos.

Sobre las dos de la mañana llegamos a Trenque Lauquen, tomamos el desvío y otra vez el Volkswagen se queda en el barro. Otra hora perdida. 

A los treinta minutos más o menos, nos detenemos en la casa de retiros espirituales Mari Lauquen, cerca del pueblo de ese nombre. Estamos cansados; el trabajo para sacar los autos del barro ha sido agotador. 

Despertamos al sacerdote que cuida del lugar. Sus asistentes se han marchado, lo mismo que los participantes del Retiro Espiritual. 

El hombre acepta que nos quedemos hasta la noche siguiente, siempre y cuando lo llevemos a Santa Rosa.

Aceptamos a regañadientes. Santa Rosa es una ciudad relativamente importante, que definitivamente queríamos rodear.

El lugar es hermoso y tranquilo, aunque no se puede ver mucho por la hora. Lo rodea una arboleda densa e importante. Es una estancia antigua donada al Opus Dei como lugar de Retiro y albergue de personalidades. Tiene una capilla revestida en madera y galerías que parecen haber salido de una estación de tren de la época de los ingleses.

Nos ubicamos cada uno en una habitación e intentamos descansar.

La energía espiritual y religiosa del lugar nos duerme profundamente hasta las nueve de la mañana, cuando nos despierta el canto de una multitud de pájaros.

Florencia y Daniela nos brindan un desayuno espectacular: café con leche con libritos de grasa, mermelada y manteca caseras y fruta fresca de la quinta. También conseguimos abrir una horma de queso de la zona ante las protestas del padre Julián.

Al mediodía, Alejandro nos prepara un asado para chuparse los dedos. Jorge descubre la bodega secreta de la chacra y abre un par de botellas de Luigi Bosca.

Otra vez, por algunas horas, volvemos a un oasis de la vida pasada. Durante el almuerzo nos enteramos de que Florencia tiene 40 años y Daniela 38. Ambas tienen dos hijos cada una, o mejor dicho, tenían. Inteligentemente cambiamos de tema y hablamos de viajes, libros, y cosas menos sensibles.

El vino y el aire puro del campo nos acunan y dormimos una buena siesta. 

Más tarde, algunos aprovechan para ir a la capilla y rezar por los que ya no están (que son muchos), y el cura toma ventaja de la situación para dar misa. Otros caminan por el bosque o meditan bajo un inmenso Ombú que intenta proteger el lugar con sus ramas imponentes y frondosas.

Más tarde Florencia y Daniela nos vuelven a sorprender. esta vez con unos sándwiches deliciosos que armaron con los restos del asado y vegetales de la huerta. 

Al atardecer, Eduardo -como siempre- nos trae las últimas noticias:

De lo que fue la CABA no queda prácticamente nada. La radioactividad asola al AMBA y los muertos y enfermos se multiplican.

Los gobiernos se han establecido uno en Mendoza y el otro en Mar del Plata. Las Fuerzas Armadas y de Seguridad responden a los mandos políticos en base a su lugar físico, y han declarado que no se enfrentarán entre sí, y que sólo reaccionarán a ataques externos y, en el mientras tanto, ayudarán con tareas solidarias, especialmente, en las ciudades bombardeadas.

-¿Ciudades bombardeadas? -pregunta Lucas.

-¿No fue únicamente Buenos Aires?

-Rosario, también -contesta Eduardo con un hilo de voz. Y luego prosigue sin dejar que los demás tengan tiempo de expresar su pena: 

-La NGWG (New Genesys World Government) se ha comunicado con el mundo. Básicamente ha dado a conocer su plan a lo que aún queda de la humanidad.

Por razones de seguridad, pero también de poder, hay dos sedes de gobierno; una en Washington y la otra en Pekín. 

Dejarán que cada país restañe sus heridas como pueda, y en un plazo de tres meses se establecerán delegaciones del gobierno mundial en distintas zonas geográficas. Si hay resistencia se responderá con armas nucleares.

-¡Madre mía! -exclama Víctor visiblemente alterado.

-¿Y qué pasa con aquellos países que eran poderosos a los que no han dejado participar en esto? -pregunta Lucas inteligentemente.

-No sé -responde Eduardo -Tenés razón; es un buen punto. Habría que ver cómo han quedado las capacidades militares de esos países luego de los ataques, o si tienen acuerdos secretos con la NGWG.

Sobre las 9 empiezan los preparativos. Con cierta reticencia del Padre Julián nos armamos un stock de comida, agua y algunas botellas de Luigi.

Muertes 

A las 10 partimos. Nos llevará una hora y media,  como mínimo, arribar a Santa Rosa. El Padre Julián viaja con nosotros en el Volkswagen. Al final, hemos negociado dejarlo en el Hotel La Campiña, que queda a la entrada de la ciudad. Desde allí intentaremos retomar caminos rurales. El rodeo será lento y trabajoso.

Tenemos los nervios a flor de piel.

11:30 de la noche llegamos al hotel.

No hay luces encendidas. Visiblemente nervioso el Cura nos indica que demos vuelta a la rotonda y que ahí está la conserjería. Con un “chau” apurado baja del vehículo. 

De pronto la noche se ilumina parcialmente por los disparos que nos hacen desde la edificación. 

Eduardo grita que escapemos lo más rápido posible pero que retornemos el fuego.

Saco medio cuerpo por la ventana y rocío de proyectiles la puerta del establecimiento. El sacerdote se desploma camino a la puerta, lo ha alcanzado el fuego cruzado.

Un grupo de gente que estaba escondido dentro de la rotonda alcanza a interceptar a la Amaroc de Jorge.

-¡Sigan sigan sigan! -aúlla Eduardo.

Entramos a la ruta, y al llegar a la primera curva nos desviamos para escondernos en una arboleda.

Cargados de angustia bajamos de los coches.

-No usen la radio  -pide Lucas.

-Debemos volver -nos larga Eduardo con los ojos bien abiertos y continua -No sé cuántos son, seguro que son más que nosotros. Hay que actuar ya para usar el factor sorpresa, es la única manera de rescatarlos.

Vamos nosotros adelante, despacio hasta entrar al complejo, y de ahí aceleraremos. Yo voy a tirar un par de granadas; una, en la rotonda y otra, en la entrada. Ricardo nos cubrirá mientras Lucas y yo intentaremos liberar a Jorge y los demás.

Tomemos las armas y regresemos.

Víctor le pide a Lucas que lo deje manejar, que él no ve muy bien de noche (uno de los “regalitos” del Covid)

Con las luces apagadas y a paso de hombre llegamos a la entrada, allí nos lanzamos.

La sorpresa es total.

Las granadas explotan casi simultáneamente. Se escuchan alaridos. Yo disparo a los bultos rezando para que no sean nuestros amigos.

Vemos a Jorge que se lanza sobre el volante y a los demás que magistralmente repelen el fuego que ya el enemigo empieza a organizar.

En la ruta giramos hacia Buenos Aires y luego de unos kilómetros tomamos de nuevo por caminos vecinales.

Parece mentira que hubiera transcurrido apenas media hora desde que dejamos al infortunado padre.

De pronto la voz alarmada de Víctor nos hace saltar:

-¡Chicos, tenemos un problema; han herido a Lucas y a Eduardo!

Busco mi teléfono (increíble que todavía funcione la telefonía celular)

El Hospital Evita queda a las afueras de la ciudad, en dirección hacia Chichinales.

Aceleramos por los caminos de tierra semiembarrados, es un riesgo que hay que correr para salvar a nuestros amigos.

Al llegar vemos que Emergencias está abierta. Un par de enfermeros cargan a los heridos y se los llevan.

Estamos desolados.

Al rato nos informan que Lucas llegó muerto y que Eduardo es probable que tampoco sobreviva.

Formamos un triángulo con los vehículos e improvisamos una guardia.

Estoy preocupado por mi amigo y también extraño las noticias que nos llegaban de sus fuentes de información. 

Se lo comento a Víctor y me responde que Eduardo le explicó cómo contactarse con el grupo revolucionario. “Por las dudas”, le dijo. Hasta ese punto era previsor.

No sé si estoy sugestionado, pero siento que la temperatura ha bajado un par de grados. ¿Será porque estamos más al sur?

Mientras esperamos la evolución de nuestro compañero, Víctor chequea las noticias:

Son numerosas las ciudades que han sido bombardeadas, por lo menos dos o tres en cada país no miembro de la NGWG, aunque también ha habido respuestas nucleares por parte de países no miembros como Francia, Israel e India: Londres, Birmingham, Frankfurt, Nueva York, San Petersburgo y Toronto también recibieron lo suyo. 

El pequeño Invierno Nuclear se les ha escapado de las manos. Grandes áreas de todos los continentes permanecerán contaminadas por muchos años, o incluso siglos. La temperatura media global bajará unos cinco grados y la reducción de la radiación solar afectará la agricultura significativamente por un decenio por lo menos. 

¡Qué perspectiva!

Eduardo fallece al amanecer.

En el hospital nos sugieren cremar a nuestros amigos y eso hacemos. Nos llevaremos las cenizas y las enterraremos al plantar nuevos árboles en Chichinales.

El ambiente es sombrío pero además sabemos que del otro lado de la ciudad está el enemigo lamiéndose las heridas, y no sería descabellado pensar que en algún momento se enterarán de que todavía estamos aquí y vendrán a consumar la venganza. 

Chichinales

En un frugal y desganado almuerzo dialogamos sobre las alternativas: nos quedan unos 430 kilómetros, no hay ciudades importantes en el camino, tal vez General Acha sea la más grande con apenas 12000 habitantes (antes de la pandemia). Si nos quedamos hasta el anochecer es muy probable que nos ataquen, pero si salimos de día podríamos caer en manos de otros piquetes que de seguro hay ya más adelante sobre la ruta. 

Sopesamos los riesgos y decidimos partir inmediatamente.

Sobre las 3 de la tarde, y con las urnas de nuestros amigos todavía tibias, retomamos el camino.

Tenemos frente a nosotros una linea recta de cuarenta kilómetros hasta un pequeño pueblo que se llama Ataliva Roca, y luego, una cantidad similar hasta la ruta 152.

4 y media llegamos a General Acha. 

Necesitamos combustible y hay una Pampetrol a la entrada del pueblo.

No nos quieren vender la nafta, a ningún precio. 

Víctor, en un acto tan espontáneo como desesperado, apunta con un FAL a los empleados de la gasolinera. Lo sigue Jorge. Alejandro y yo repostamos los vehículos mientras las chicas les confiscan los celulares para que no avisen a la Policía. 

A toda velocidad rodeamos General Acha por caminos secundarios. 

No me siento precisamente orgulloso por lo que acabamos de hacer, pero han cambiado las reglas del juego y ahora es el “todovale”, o la muerte.

Parece que la sorpresa nos ayuda porque no nos persiguen. Son las cinco de la tarde y nos quedan unas cuatro horas hasta Chichinales.

Alejandro se ha cambiado al coche de Lucas, quiere acompañar a Víctor, que viaja solo.

Por radio acordamos no detenernos hasta llegar a destino.

El viaje transcurre sin incidentes. 

Llegamos al pueblo y vamos directo a la casa de Julia, la hermana de Víctor, que nos recibe con amabilidad pueblerina. 

¡Por fin hemos llegado!

Despedimos al sol que se hunde en un atardecer rojizo, y tiñe nuestros rostros mientras nos llena de melancolía, aunque también de esperanza. 

Y junto con el sol, se va el mundo en el que supimos vivir.

Ojalá mañana despertemos a una nueva vida.

Ricardo Viti, 17 de octubre de 2021.

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