Club Med

Nilda tiene que ir a trabajar, su marido salió muy temprano a pescar. Conrado, su hijo, llora en silencio sobre el colchón desde que se despertó a la madrugada. Anoche hizo una travesura y su madre le dijo que, como castigo, no iría a la fiesta anual del Club Med, un evento que el resort organiza para los niños carenciados, de los cuales muchos son hijos del personal de limpieza del mismo club. Para el pequeño esto es tan importante como la Navidad o el Carnaval. Los padres los visten de domingo, un micro los pasa a buscar y en el club les dan un desayuno maravilloso, luego les organizan juegos que durarán hasta caída la tarde. Conrado tiene ocho, el año pasado fue su primera vez, y ha estado esperando este día desde que termino aquel. Pero lo arruinó la noche anterior cuando tiró la olla de la comida que iba a ser la cena.

Nilda escucha el sonido mustio de los llantos de su hijo, ayer se quedaron sin cenar por su culpa. Joao se enojó tanto que se marchó al bar para no sacudir al niño y volvió muy tarde con olor a puta. Además uno de los jefes del hotel donde limpia le ha puesto el ojo y un par de veces ha intentado magrearla. Hoy van a estar solos y no sabe cómo hará para sacárselo de encima. 

Joao respira fuerte la brisa marina. Está nublado y el mar se ha vuelto gris como los pensamientos que lo rodean. 

A partir de la cuarta bebida se le nubló la memoria. Recuerda que se encontró con un amigo y se fueron al Quilombo donde bailó con una negra “curvosa” más oscura que él y luego subieron a una habitación. También recuerda, con dolor, que se gastó la quincena anoche. 

El hombre espera que ese día saquen algo, con eso podrán cenar, por lo menos. 

Nilda se acomoda su uniforme de trabajo. Se acerca a su hijo que ahora la mira acurrucado en un rincón de la única pieza que tienen por casa.

-Vamos, Conrado, pero que sea la última vez –le dice con una sonrisa triste.

El niño corre a abrazarla pero en el camino se acuerda que debe vestirse y vuela a ponerse su mejor short y remera.

El calor ha empezado a apretar cuando salen de la casita y caminan de la mano hacia la plaza del pueblo. 

Ricardo Viti, 17 de septiembre de 2016

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