Pecados Capitales

El 14 de julio mi querida Daniela convocó a una reunión, a un brindis que no debía haberse hecho. Me doy cuenta que no debió haberse hecho y lamento que haya ocurrido (sic).

Roberto Fernandez 

Presidente 

Es junio en Olivos y los árboles de la residencia comienzan a decorarse con los colores del otoño: pardo, rojizo, y dorado. 

No hay actividad en la Quinta, sólo un mínimo de personal de guardia, el resto está en su casa desde marzo, el comienzo de la cuarentena. 

Daniela se aburre, cepilla su pelo con violencia mientras contempla su bello y joven rostro contrariado en el espejo. Ensaya un par de muecas: enarca las cejas con sorpresa, luego frunce el ceño y adopta una expresión de enojo, hasta que finalmente, le da un beso a su imagen. Algo la alarma de sobremanera, son unas arruguitas que se le forman debajo de los labios con ese beso.

Claro, va a cumplir 40. Un escalofrío le recorre la columna y la ira estalla súbita y descontrolada. ¡¡¡Va a cumplir 40 y no lo va a poder festejar con sus amigos!!!

¡¡¡Ella, la primera dama!!!

Se olvida de la imagen furiosa del espejo, y se levanta decidida a ver a su marido.

Camina desbocada por los pasillos largos de la Quinta. Algunos próceres que la ven pasar se ruborizan al notar las transparencias del deshabille de la mujer.

Lo encuentra en un living inmenso y ampuloso. Está sentado y lee un informe aburrido al lado de un vaso de whisky.

Levanta la vista al verla y se preocupa al notarla tan alterada. Antes de siquiera decir hola ella le lanza el primer proyectil: ¡voy a cumplir 40, y quiero una fiesta con mis amigos!

Complementa el alarido con unas lágrimas amargas y tristes que le ruedan por las mejillas arrobadas.

Para él es lo último que faltaba: 

La gente cae muerta como moscas, el dinero no alcanza para pagar el esfuerzo de la cuarentena, la oposición se regocija y revuelca en el desastre, la actividad económica está detenida, y ahora su mujer le pide lo imposible (¡Bingo!).

Pero Daniela, le dice con la voz densa y sobradora que lo caracteriza.

Pero Daniela, ¿no viste en el noticiero lo que dije ayer? ¿Que iba a ser duro con los que se hicieran los vivos? ¿Y ahora me estás pidiendo vos, la primera dama, que rompa con la cuarentena?

Por un momento el rostro de la mujer parece reflejar la lógica del mensaje de su marido, aunque el deseo puede más y vuelve a estallar furiosa.

¡No me importa la jodida cuarentena, ni los vivos, ni los muertos, ni nada! ¡Quiero celebrar mis 40 como me merezco!

De pronto algo maléfico se cruza por la mente enardecida de la esposa. No es tonta y se da cuenta que por ese camino no lo va a conseguir. Roberto está decidido a cumplir con lo que él mismo ha ordenado. De todas maneras, todos tenemos nuestro punto débil, ¿no?

Se sienta a su lado, muy cerca, se seca las lágrimas y sonríe seductoramente (eso le sale muy bien)

Y con esa voz de nena que tanto le provoca dice suavemente:

Dale, Roberto, es muy importante para mí. Sería un grupo reducido y de confianza. Nadie se va a dar cuenta. Yo creo que estaría dispuesta a entregarte eso que siempre quisiste y yo siempre te negué.

El hombre se relaja, sabe muy bien a lo que se refiere ella, y entonces también sonríe.

Bueno, si lo pensamos bien, creo que se puede hacer…

—-

Julio se presenta más frio que de costumbre. Será porque no hay tráfico ni actividad fabril y por lo tanto menos energía en el ambiente.

Será que la Naturaleza disfruta de la ausencia del Hombre…

Roberto está sentado frente a la chimenea donde crepitan varios troncos de quebracho colorado (otra madera no se aceptaría en la Quinta)

Esta vez el vaso de whisky lo acompaña en sus reflexiones:

Se considera muy inteligente (si no nunca habría podido llegar a Presidente) pero su inteligencia además se complementa con una gran intuición, aunque ésta sea una virtud más femenina que masculina.

Cuando algo va a salir mal siente como si una presión muy especial en la nuca. El asunto del cumpleaños de Daniela es así, y no lo deja dormir.

La lista ha crecido demasiado, ya son cerca de 15 los invitados, y eso sin contar a la peluquera, la manicura, la maquilladora, la masajista, la de los pies, la sicóloga, la profe de inglés, la de expresión, etcétera.

Alguna de estas personas cantará, y si no es una de ellas tal vez un invitado, y habrá problemas.

Y la Señora, ¡qué diría la Señora!. Se lo comería crudo. 

Toma un trago largo hasta que los cubitos chocan con sus dientes. Sabe bien el Chivas. Ese calorcito que aparece después del frío, y los pensamientos y preocupaciones que se retraen en lo profundo de la mente.

Los pasos de Daniela lo sacan de sus cavilaciones.

Hola cielo.

Me dice Sofia que vos le dijiste que recorte la lista de invitados, que 15 son muchos, 6 es lo máximo.

Si cariño, no más de 6 por favor. Dice en un susurro.

Vos me dijiste que podía hacer la fiest… digo reunión. Esa estrategia la conozco demasiado bien, primero decís que sí, y después cambiás las cosas. ¡Esta vez no! ¡¿Eh?!

Solos están los cubitos en el vaso, solos como él ahora.

Bueno, dale, se oye decir a sí mismo como si fuera otra persona. Metele, pero no más de 10/15.

El rostro de Daniela se ilumina con la victoria, no fue tan difícil después de todo (aunque cumplir con la promesa, será doloroso)

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El 14 de julio amanece nublado y fresco. Al mediodía llega una camioneta con el catering.

Luego los 16 invitados, uno a uno, a escondidas, con permisos especiales de circulación. Sofia lo planificó de forma impecable. 

El peluquero de la Primera Dama, Federico Isaac, es de los primeros, no se quiere perder nada. A él le gustaría ser Daniela, pero eso es imposible, la naturaleza le ha dado un cuerpo de hombre. Por otro lado Roberto nunca se hubiera fijado en él, es más, lo mira con desdén, casi con asco. Seguro que lo envidia por su condición de homosexual.

Un mozo le acerca una copa de champán importado, y él se siente importante, “uno de ellos”. Prueba un sorbito del néctar ámbar y un sinfín de sabores le recorren el paladar: uva, almendras, algún resto de maderas. Observa la copa que despliega una sola columna de burbujas en su centro.

La fiesta transcurre sin incidentes. En un momento Federico saca un par de fotos con su celular. Luego las consabidas velitas y regalos. La homenajeada brilla de alegría y su peinado (hecho por él) es ponderado por varias de las invitadas.

¡Qué fantástico es no sentir el barbijo sobre la nariz!

Parece una celebración como las de antes de la Cuarentena.

Come demasiado. Toma demasiado. Al final, antes de regresar a su pequeño departamento en Palermo Hollywood pasa por el baño para descargar sus excesos.

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Roberto se ha despachado un par de viagras y espera a su esposa nervioso y excitado en la cama. Ella se acicala frente al espejo.

Sonríe maliciosamente…

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Lo echaron, ya no es más el peluquero de la reina. 

El control de la entrada a la Quinta le descubrió una bolsita de coca que se olvidó de dejar en su casa y el turro del milico de la puerta lo denunció. Casi lo meten preso. Tuvo que interceder la señora para que así no fuera, pero ya no trabaja más para ella. 

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El invierno siguiente es menos frío. La cuarentena hace rato que terminó, sin embargo todavía hay medidas sanitarias como el uso del barbijo en los locales cerrados.

Federico está sin trabajo y seguirá así por un par de años (si no se pasa con la coca). El polvito blanco y las amenazas del proveedor por no pagar le dieron coraje y se ha llevado una buena pasta con la venta de las fotos. 

¡Menudo quilombo se va a armar!

Se acerca a la ventana y se distrae con la vista de las hojas secas que se desprenden de los árboles de la cuadra. 

De pronto le llama la atención un par de coches sin patente que se detienen justo frente a su edificio. 

Seis hombres de gris oscuro salen de los vehículos.

Ya es tarde para hacer cualquier cosa.

Ricardo Viti, 23 de julio de 2022

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