Santísima Sangre

Es la primera vez que Gloria participa como mayoralesa en la procesión de la Santísima Sangre, parte de las fiestas anuales de Denia, Alicante. Éste ritual se repite desde hace 400 años. La leyenda dice que una epidemia de cólera se extinguió cuando el Cristo yacente fue llevado en procesión desde la Iglesia de la Asunción hasta el convento de las Agustinas.

Las mayoralesas son las mujeres que componen la Cofradía de la Santísima Sangre, las custodias del ritual.

Gloria viste de negro, lleva el medallón dorado de la Cofradía sobre su pecho, un collar y aros de perlas, una mantilla negra y una vela larga roja de por lo menos un metro con una canastilla de papel que protege la llama del viento.

Sus compañeras visten igual, sólo se diferencian por algún detalle ínfimo como un collar, el peinado, o el dibujo de las medias de nailon.

Poco a poco se forman en filas de a tres, caminan detrás del Cristo y delante del grupo de sacerdotes y monaguillos, que contrastan con sus ropajes blancos y rojos. Por último los integrantes de la banda, de pantalón negro y camisa blanca, desgranan una melodía triste y majestuosa a la vez, que recuerda a la de los entierros de la mafia.

El aire huele a una extraña mezcla de incienso, verano, orina, sudor y tabaco.

Los turistas, como moscas al estiércol, los rodean mientras los acribillan a fotos con los teléfonos celulares. Un alemán gordo, de pelo al ras y cuello más ancho que su cabeza, intenta subirse a un banco para tener una mejor perspectiva. Lo consigue, aunque trastabilla y casi se cae sobre un par de connacionales. Sus ojos azules están llenos de telarañas rojas, producto de la cerveza temprana y también de la de anoche. 

Las campanadas de la Iglesia de la Asunción replican como queriendo que el Cristo no se vaya. Su sonido imponente compite con el que produce la banda y la gente.

Las ancianas locales caminan a la par de las damas de negro, las miran con devoción aunque también con envidia, los ojos serios achinados por el sentimiento.

Al pasar por la esquina, el bar “100 Montaditos” les arroja una vaharada de aroma a frituras, allí los parroquianos disfrutan de los pequeños sándwiches, las palomitas de queso y las jarras heladas de cerveza que transpiran en el calor matinal de aquel pueblo mediterráneo.

Gloria repasa sus recuerdos mientras camina al ritmo de la música con un balanceo casi zombie.

Fue un gran esfuerzo conseguir entrar en la Cofradía. Las donaciones de tiempo y dinero, su puesto de Profesora de Literatura y la agencia de viajes de su marido no fueron suficientes para conseguirle el puesto. 

La clave se la dio Laura, una compañera de secundaria. Le sugirió identificar a las mayoralesas más influyentes y trabar con ellas una amistad. Esto funcionó.

Delante va una de ellas: Hortensia. 

Hortensia es dueña del hotel Castel de Denia, uno de los más antiguos.

Al principio no le hizo mucho caso, pero por fin, luego de varias invitaciones a tapas y sobre todo un viajecito a Formentera
-regalo de Sergio-, consiguió su apoyo.

Hortensia lleva el pelo muy corto, plateado y tieso, como un hombre. Sus ojos grises observan todo desde su “pedestal” de mayoralesa. Su rostro cruzado por una sonrisa mitad Monalisa mitad suficiencia. Pero detrás de esa máscara habita un espíritu torturado. A Gloria le contó sobre su “debut” sexual no consentido con un Guardia Civil en el 71. Fue de camino a casa, después de una noche de copas en la calle Marqués de Campo.

Durante la dictadura franquista no se podía denunciar éste tipo de violaciones; hubiera sido un escándalo y la vergüenza del pueblo, además, nadie le hubiera creído.

También le contó que unos años después, en Democracia, encontró al violador ya convertido en un dócil jubilado, y que le pagó a un par de marroquíes para que lo secuestrasen y violasen. El viejo usó por última vez su pistola reglamentaria al día siguiente. 

Lo que más le impactó a Gloria fueron las carcajadas de la mujer mientras le relataba los pormenores de su desgracia, y aquellos ojos grises impasibles, ajenos a la risa.

La calle se angosta, giran en una esquina, y desde pequeños balcones les arrojan pétalos de rosas rojas.

Un niño de unos tres años observa curioso el desfile tomado como un presidiario a las rejas de una baranda llena de vericuetos. 

Al fondo aparece El Montgo, un monte chato, imponente y rocoso que vigila a Denia desde su nacimiento. 

Una turista, posiblemente sueca, de musculosa blanca y piel color chicle producto del sol implacable, intenta sacar una foto de frente al Cristo. Los mozos que lo llevan le gritan algo y ella se aparta a último momento escupiendo un insulto foráneo.

“Esta noche dormirá colgada”, se escucha a una de las mujeres que siguen la procesión, lo que desencadena una catarata de risitas reprimidas.

Un muchacho mira con desparpajo  los pezones puntiagudos que se descubren debajo de la prenda de la sueca y le sonríe a un amigo mientras con un codazo le hace un comentario soez al respecto.

Los músicos ya están cansados. Por un rato dejan de tocar y sólo se oye el redoble fúnebre del tambor.

A su derecha camina otra de las influyentes: Viviana. Tiene apenas treinta años, es una de las más jóvenes. Su vestido negro y ceñido delata un cuerpo curvo y deseable que despierta miradas lujuriosas. Su rostro moreno, de rasgos árabes, serio y solemne, se derrite en una sonrisa amplia de dientes blancos cuando detecta a alguien conocido entre la muchedumbre.

Viviana resultó ser un poco más fácil de convencer. Enseguida congeniaron, pues tienen la misma edad y problemas similares. Al principio intentó convencerla de que no se uniera, que la cofradía era en realidad un grupo de brujas locas, fanfarronas y avinagradas. Al final también la ayudó dando su voto favorable.

De Viviana se dicen muchas cosas en el pueblo, probablemente producto de la envidia. Trabaja en un restaurante en la zona de La Marina. Las viejas arrugadas y pacatas murmuran que en el verano hace “extras” con los turistas. Gloria piensa que puede ser. Las veces que han salido juntas recibieron el saludo de muchos extranjeros. Demasiados. 

Ya están muy cerca del Convento de las Agustinas. Menos mal. Le duelen los pies como si calzara zapatos de clavos. 

Entran en la penumbra negra del convento. 

Al Cristo lo introducen en un hueco al lado del altar. Por un momento nadie sabe qué hacer, luego se produce el desbande general, la procesión ha llegado a su fin. 

Las mayoralesas se besan con hipocresía. 

Gloria vendería su alma por un par de zapatillas.

Al salir, el sol del mediodía, despiadado, la ciega por un instante.

Ella también tiene secretos sucios, afortunadamente no se los ha confesado a sus “amigas”, ni siquiera bajo la influencia del alcohol. 

Alguien le toca la mano. Es Hasid, su amante senegalés, negro como el carbón. Caminan en la misma dirección, a la parada de micros.

Toman el autobus que los llevará a Gandia, se sientan separados.

El pensar en lo que vendrá la humedece. 

Rauda pasa la playa. El cansancio la vence. Cierra los ojos. 

Ricardo Viti, 6 de enero de 2020.

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