El Final

El tatarrateo de una ametralladora lo sorprende y asusta. Está en una trinchera, en medio de la guerra, y es noche cerrada, apenas se distinguen las siluetas salvo cuando un proyectil de mortero explota, una bala trazadora dibuja una linea perfecta y brillante, o alguien dispara una bengala que ilumina el terreno con luz rojiza de sangre. 

Suenan silbatos, la orden de ataque. 

Siente las tripas licuarse  de miedo, pero si no avanza su jefe de pelotón tiene ordenes de disparar, así que hace acopio del coraje y la energía que no tiene, sale de su escondrijo y se lanza en una carrera loca hacia adelante, hacia un enemigo que espera.

El ruido de los disparos ensordece, lo mismo que los silbatos. Va a morir pronto, y lo sabe. 

-¡Mauricio! ¡Mauricio despertate! -lo sacude suavemente Marcos.

Abre los ojos con espanto, arrancado de la pesadilla que no se ha ido del todo. Los ruidos son de bombos y silbatos de sus oponentes, que gritan un cántico nefasto: ¡Volviiimo! ¡volviiiimo!

-Tenemos reunión y luego la prensa -le indica Marcos. Mauricio le dice que se lava la cara y lo acompaña.

Si pudiera ni saldría del baño, piensa mientras se lava la cara para espantar ahora dos pesadillas.

Los alaridos de “volviimo”, que suenan acolchados dentro del recinto, le recuerdan a aquellos de sus compañeros del Cardenal Newman: “tano cocolicheeee” le gritaban mientras ligaba algún que otro cachetazo. 

Se refriega la cara como para espantar los recuerdos y sale. Por el corredor Marcos le explica que los conteos iniciales dan un porcentaje de cerca del 50% para el Frente de Todos, y que han perdido las elecciones. 

Desde la crisis de agosto y la aun peor de septiembre que ha perdido la esperanza, a pesar de sus colaboradores que siempre aparentan optimismo.

La sensación de ahogo es parecida a cuando lo secuestraron. La puerta de la sala de conferencias es la del infierno. 

Hay cuatro personas en la amplia habitación: Juliana (que contesta mensajes de whatsup), Maria Eugenia (que ha perdido estrepitosamente y está sentada erguida y nerviosa), Horacio que lo observa todo con una mueca que va de la alegría a la tristeza (pues ha ganado cómodamente) y Guido, el nuevo Ministro de Economía que reemplazó a Hernán en septiembre cuando el dólar se disparó a 80, y que está sentado ligeramente encorvado con el rostro pintado de desolación. 

Su esposa mantiene la actitud de aquínohapasadonada. En realidad, para ella no ha pasado casi nada, no más actos oficiales aburridos y reuniones internacionales interesantes, pero aumentarán los viajes. Extrañará la Quinta de Olivos, y poco más. Mantiene la misma sonrisa de siempre, un poco desconectada de los ojos. 

A Maria Eugenia se le cristaliza la vista, lagrimas calientes le hacen ver borroso aquel panorama negro. Se ha deslomado para levantar la provincia y ganarse una victoria, pero un patilludo imberbe pseudozurdo se la ha arrancado como se arranca una rosa. 

Al principio se dejó convencer por el verso del crecimiento, pero después vino la especulación y los dólares voladores y de remate el FMI. Primero preguntó y le dieron la misma respuesta de siempre. Luego protestó, y la miraron mal. Y después, después fue tarde a pesar de todo lo que hizo. 

¿Qué les va a decir a sus hijos, a sus amigos, y sobre todo, a la prensa?

Se le presenta un abismo con el que no contaba. 

¡Cómo la engañaron!

Siente lagrimas gordas que ruedan por sus mejillas y se estrellan en la alfombra, también siente vergüenza, ajena por supuesto, mientras observa el rostro descompuesto y macilento de su jefe.

Horacio sabe que Jesucristo lo ha ayudado porque está de su lado, y que algún día, a pesar de su rostro grotesco de títere antiguo, será presidente.

¿Quién puede no ser presidente en Argentina? 

Hace un esfuerzo para que la sonrisa ancha que tiene no provoque conflictos. 

Sí, tendrá que lidiar con el Gobierno Nacional que intentará boicotearlo, y también el de la Provincia, pero saldrá victorioso. Cristo está con él, hasta haciendo milagros como cuando su mujer quedó embarazada de Serena. “Ni lo sueñe”, le decían los médicos. Después de la visita al Papa quedó embarazada. ¡Ver para creer! O mejor dicho ¡Creer para ver!

Pobre Mauricio, no pudo lograr la reelección. Volverá con todo La Campora, el autoritarismo, el adoctrinamiento. El populacho ganará más y estarán mejor, por lo menos, hasta que todo vuele por los aires.

Guido es el nuevo sapo en este pozo ahora profundo. Era presidente del Banco Central hasta la megacrisis de septiembre. ¿Cómo quedará su reputación después de esto? 

Y lo peor, seguro que intentarán meterlo preso, razones no faltan. A lo mejor los parientes de Roma lo ayudan a instalarse allá.

El sonido de los bombos, cánticos y silbatos va en crescendo.

¿Festejarán que ganaron las elecciones o que nosotros perdimos? Reflexiona Guido mientras observa los rostros pálidos y angustiados que lo rodean.

Marcos está anestesiado. Siempre lo estuvo, mira al mundo como si no fuera parte de él, como si fuera un juego por computadora de realidad virtual.

Nada lo afecta.

Con cara de poker observa al resto del equipo mientras sugiere una estructura para declarar y responder preguntas. Hasta proporciona algunas respuestas estándar e insípidas.

Suena su celular, lo llaman de Estados Unidos para ver qué pasó, y decide no contestar. La última vez pudo convencerlos pero los 5400 millones no los soltaron.

La historia de “hay que salvar a Argentina para que no se convierta en Cuba” ya no la compran. Los 65000 millones de deuda valen más que eso y ha dejado un montón de gente con los calzones al aire. Los únicos que lo pueden salvar son los nuevos dueños de aquella fortuna, que han sabido compensarlo y sabrán protegerlo, o por lo menos eso cree. Si no game over y a apagar el ordenador.

A Mauricio, una vez más, le han derrumbado el castillo que creyó construir. 

Desde hace meses que está casi convencido del mensaje que ha desparramado. Afortunadamente eso lo hace más creíble, pero desafortunadamente no lo hace real.

El problema son las noches, cuando se encuentra con su conciencia y discute con ella hasta altas horas de la madrugada, mientras las pobres Etica y Moral, abrazadas, se achican en un rincón.

-¿Vamos? -inquiere Marcos.

Nos esperan los medios.

Ricardo Viti, 31 de agosto de 2019

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