El año anterior mi amigo Gary se enfermó de gravedad y casi se muere. Una inflamación de los intestinos no detectada a tiempo, infección generalizada, obstrucción, operación, neumonía en ambos pulmones.
Al final se salvó pero sólo gracias a unos buenos genes que lo hacen un hombre fuerte a pesar de su modo de vida.
A esto se añadió un trabajo que desde hacía años me daba alternadamente satisfacciones y aburrimientos, sobre todo esto último, y sobre todo estrés, mucho mucho estrés.
De a poco se fue creando una tormenta perfecta.
Por otro lado cobraba un buen sueldo que me permitía pagar el alquiler, los gastos, viajar y hasta ahorrar.
La combinación de la enfermedad de mi amigo con la situación laboral y, traspasada la barrera de los 60, me hicieron reflexionar.
¿Y si me retiraba?
En el camino sinuoso de la vida se abrió un precipicio inmenso donde las nubes de incertidumbre tapaban el fondo y no dejaban ver el resultado.
Seguí caminando por el borde de aquel abismo, cada tanto lo observaba y un vértigo de deseo me invitaba a saltar.
De este lado de esa grieta estaba mi vida en Chicago desde hacía más de 20 años, una novia norteamericana, mis hijos, el departamento que alquilaba, los amigos, pero sobre todo el trabajo, una actividad que me había acompañado por casi medio siglo.
Entonces aparecieron un par de proyectos interesantes que me permitieron regresar a España.
Aunque, en realidad, encontré yo la forma de volver. Hice un trato con el cliente: ellos me pagaban el pasaje y yo trabajaba desde Europa. Aceptaron, mi hermana Nora me dio cobijo y durante tres meses estuve en Madrid.
Un día me llego a la mente el nombre del gran cambio de proyecto de vida: Carpe Diem. Empece a pensar sobre regresar a ese país donde había vivido 6 años y medio.
Hice cuentas, me salía mas barato vivir en España que quedarme en Estados Unidos.
Pasaron los meses, terminé mis dos estadías en la capital española, concluyó el proyecto y surgió otro en el mismo cliente, algo local que para mi significaba dos horas de viaje, o más, todos los días.
El gerente del cliente era un norteamericano honesto y profesional, pero lo secundaban un griego terco con un ego descomunal y un bielorruso taimado, y ambos creían que mi rol en el proyecto no tenía sentido. Para empeorar las cosas se trataba de algo muy técnico que yo desconocía por completo.
Para septiembre/octubre se agregó un grupo de control de calidad, todos indios, que no hacían más que incorporar una extraordinaria cantidad de burocracia: papeles, reuniones, revisiones, controles.
Pero además me odiaban, yo había reemplazado a un gerente de ellos y buscaban permanentemente la forma de eliminarme.
Una gerente de color, empleada del cliente, era la que controlaba a los gerentes contratados. Los hindúes la convencieron de que mi trabajo no era de calidad, y a mediados de octubre nos comunicaron que mi contrato, que vencía a mediados de noviembre, no sería renovado.
Para empeorar las cosas yo había reservado un crucero de tres días a las Bahamas meses atrás, y justo coincidió en un momento de mucho conflicto con el cliente. Por fortuna no lo cancelé, no creo que hubieran cambiado las cosas.
Y llegó el día viernes 10 de noviembre. Mi jefa, la dueña de la consultora, me había convocado a una reunión para ver cuales serian los pasos siguientes.
No tenemos otro trabajo para vos, y no han querido renovar tu contrato, por lo tanto te tengo que dejar ir (I will let you go, eufemismo anglosajón de “te despido”)
Tuve que esconder mi sonrisa, era lo que buscaba desde hacía tiempo. Solo necesitaba que alguien me empujara al precipicio.
Desgraciadamente hubo una indemnización de solo un mes, pero era de esperar dado el tamaño de la empresa donde trabajaba, podrían no haberme dado nada si hubieran querido.
Me anoté al desempleo y solicité la jubilación, y con ese dinero subsistí hasta octubre del año siguiente, luego fui a Buenos Aires por cuatro meses y después viajé a España para instalarme en Denia.
El proyecto Carpe Diem estaba en marcha.
Ricardo Viti, 16 de noviembre de 2023