Abuso COVID

Hace cuatro meses que empezó la cuarentena; nadie sabe que pasará la misma cantidad de tiempo para que se termine (de saberlo, más de uno enloquecería). 

Al tercer mes María contrajo COVID, fue de un picaporte en el supermercado chino que utiliza normalmente para las compras. 

Síntomas: dolor de garganta, tos seca, fiebre alta, mucho agotamiento.

A su marido Walter no le fue tan bien. Empezó como ella pero las dificultades respiratorias y la fiebre persistente requirieron internación en la unidad de cuidados intensivos. María no puede ir al sanatorio, un enfermero de nombre Gabriel le cuenta todos los días a las 18 horas el estado de salud de su esposo.

Al principio a la mujer se le hizo difícil lidiar con la culpa. Ella trajo el virus a casa, y fue ella la que deseó con todas sus fuerzas que él se contagiara.

 Walter la mantenía en constante abuso tanto físico como emocional. Él es camionero y mientras trabajaba le daba a la mujer un respiro, pero cuando llegó la Cuarentena eso se acabó y la tortura pasó a ser full-time.

Oscila entre el remordimiento y una especie de felicidad. La soledad, que antes también la abusaba, se ha convertido ahora en una compañera interesante. Aprendió a utilizar Zoom, hacer cursos por internet, y puede ver todas las películas que anteriormente su pareja le negaba. De vez en cuando le ocurren situaciones extrañas. Por ejemplo, anoche quiso poner una película que sabía que no le hubiera gustado a él y comenzó a temblar,  no paró hasta que la cambió por otra. A veces hasta le parece escuchar su voz represora dentro de ella. 

Sus malos recuerdos, que previamente la acosaban y la hacían llorar, se han diluido en el licor de menta que descubrió y que toma al mediodía y a la noche, y a veces (muchas veces) en la tarde. Engordó, pero algún precio hay que pagar por esa anestesia casera. 

Está sentada frente a la ventana que da a la calle con el celular en la mano; son las seis menos cinco. Pronto será la llamada diaria sobre el estado de Walter. Se encienden las luces de la cuadra. Un perro pasa y la mira, se detiene y gira la cabeza de una forma muy graciosa. 

Entonces vibra el teléfono. María se sobresalta por un instante. Es Gabriel, el enfermero.

Un presentimiento hondo y sólido de fatalidad la invade: Le anunciarán que Walter ha fallecido. ¿Y ella qué va a hacer? ¿Llorar? ¿Le saldrá llorar? ¿Y si se ríe? ¿Podrá vivir de su trabajo? ¿Conocerá otros hombres? ¿Alguien la querrá?

Como no contesta enseguida el celular deja de vibrar.

Y ahora tendrá que esperar a que terminen de llamar a todos los familiares para volver a intentar con ella, ¡si será estúpida!

El perro se cansa de mirarla y continúa su camino.

La botella de licor la observa. Hay un vaso usado y pringoso al lado que bien podría servir. Lo toma, le pone dos cubos de hielo y sirve hasta 3/4 más o menos. Es mucho para un vaso de ese tamaño, es mucho para empezar la tarde. Queda absorta con los cubos que se derriten y el azúcar que enturbia la imagen sólo a los costados del hielo. 

No espera más, le da un sorbo bruto hasta la mitad y siente el alcohol que le quema el estómago y una dulzura fresca que la apacigua. 

Espera hasta que una ola de calma falsa la invade. 

Una hora después el teléfono vuelve a vibrar.

Abre los ojos desesperada y contesta la llamada.

Hola ¿María?, soy yo Gabriel (como si no lo supiera).

Te llamé antes para contarte sobre Walter.

Huola Guebrial, le contesta (La botella y el vaso  están vacíos)

Se da cuenta de que está borracha e intenta componerse.

Tengo novedades importantes.

La mujer frunce el ceño.

No te asustes, son buenas. A Walter le bajó la fiebre y hoy pudimos desentubarlo. Si sigue así a lo mejor lo tenés en casa en una o dos semanas.

Tiene ganas de insultarlo, pero consigue permanecer callada.

¿Estás bien?,escucha que le pregunta.

Si, si, nuo te praucupes, estaba oquiupada.

Mñanna hablamous.

Percibe la preocupación del hombre del otro lado.

Bueno, María, que descanses, cuidáte.

La furia la invade como un tropel de caballos salvajes.

Agarra la botella y la estrella contra la pared.

¡¡¡¡¡LA PUTA QUE LOS PAREIO AL HISHO DE PUTA ESHE!!!!! Grita en un alarido.

Y luego el llanto aparece en una cascada de angustia.

Y llora hasta quedarse dormida de nuevo.

A las 10 de la noche vuelve a despertarse. Está hambrienta y se mueve rauda hasta la heladera.

Un poco de jamón cocido, otro poco de queso, un par de huevos, una cebolla vieja, todo esto será un delicioso omelette.

Y claro, hay una botella nueva, sin abrir, del famoso licor de menta, que seguramente le alegrará la velada.

– – – 

Abre los ojos a través de un vidrio esmerilado. Los aprieta y consigue enfocar un poco. Tiene sed, y un dolor sordo, rasposo y permanente en su garganta. Se siente muy cansado, igual que cuando maneja a San Luis o a Salta de un tirón (aunque esté prohibido).

Comienza a recordar. La fiebre, la tos, la internación, la sensación de asfixia, el rostro de preocupación de María, y las pesadillas en las que su tío abusa de él una y otra vez.

Aparece un enfermero de cara conocida (¿Javier se llamaba?).

Hola dormilón, le dice mientras sonríe con cautela. 

Le quiere hablar pero le sale un gruñido ronco.

Ni lo intente, Walter. Estuvo entubado durante diez días y tiene la garganta muy irritada. Ya va a poder hablar, por ahora aproveche a descansar que le ha ganado la batalla al COVID, es uno de los pocos.

Asiente con la cabeza y luego trata de enfocar la vista en el enfermero.

Hablé con su esposa para darle las buenas nuevas, se puso muy contenta (miente)

Walter frunce el ceño. ¿Contenta la perra? Seguro que era feliz hasta hoy.

El muchacho se le acerca para acomodarle los tubos a los que está conectado y alcanza a leer Gabriel en su identificación.

Bueno, Walter, hasta mañana, que descanse.

Se va y lo deja solo. 

Al rato siente curiosidad por la pequeña pantalla que muestra sus signos vitales. La línea de sus latidos apenas se altera y el medidor de pulsaciones por minuto muestra 32. 

(¿No es muy poco?)

Le falta el aire.

Ahora es 25.

Mientras tanto, en una salita contigua, la enfermera de guardia discute con su novio. Le descubrió en “wasap” una nueva “amiga”, y diálogos morbosos y eróticos que su pareja, a tropezones, pretende explicar.

Ahora es 18.

Los costados de su campo visual se oscurecen igual que un túnel. 

Intenta moverse, le es imposible. Busca el botón de llamada y lo encuentra, pero su mano no obedece.

Ahora es 12.

Un sopor de frío lo invade. Y luego llegan los recuerdos, en tropel: Su coche a pedales, la sonrisa de su madre, la mirada adusta de su padre, la alegría de la primera vez que condujo un camión, el casamiento con la María.

Ésa es la última imagen en su mente.

Luego todo se apaga.

Ahora es 0.

Un suave pitido llena la habitación.

Sonia, la enfermera, está furiosa. Ha salido al balconcito, necesita calmar los nervios con un cigarrillo. 

Recién cuando regresa observa con espanto el 0 pulsaciones del paciente Walter Peralta.

_ _ _

Se despierta en un charco de vómito, tirada en el piso del living, al lado del sillón.

Abre los ojos; la poca luz de la mañana la ciega y la cabeza parece partírsele en mil pedazos.

Luego, en cámara lenta, empieza a llegar lo que pasó anoche: El omelette (el recuerdo le provoca una arcada), el licor en el hielo, pero sobre todo la bronca de saber que Walter mejoraba. Esto último le produce una quemazón instantánea en la boca del estómago. 

Se había pintado otro mundo, un mundo que gritaba libertad a los cuatro vientos, donde estaba ella sola para definir su destino, para hacer lo que quisiera…

Y el muy cretino se había salvado. Ahora lo que se imaginaba era a él recuperándose en casa, los gritos para que le trajera esto o aquello, los nuevos golpes y las nuevas miradas de desprecio.

Lástima que se acabó la bebida, si no seguía.

¡MNMNM! ¡MNMNM! ¡MNMNM! Vibra su celular.

Es el enfermero. No va a contestar, aunque es raro que llame a la mañana, siempre lo hace a las 6 de la tarde.

Resuelta, se levanta, limpia el desastre que hizo, se da una ducha con agua bien caliente (¡A ver cuándo salís de la ducha!), se pone el vestido de florecitas chiquitas que le regaló su tía (¡Parecés una loca con eso puesto! ¡Sacátelo o te reviento!) Busca en sus remedios el paroxetine que le recetaron para paliar la depresión (¡Estas chiflada!,¿ves? ¡Por eso tomás esa porquería!)

Y tranquila, esta vez con agua, toma todo lo que le queda.

Que es mucho.

Y suficiente.

Rocco Denia 

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