El chapoteo constante del agua sucia del canal vence el silencio oscuro de la noche. Camino por una calleja adoquinada, oculta de aquel carnaval loco que cada año brota del espíritu de los venecianos para adueñarse de la ciudad inundada.
El olor a cloacas se desliza junto a las ratas, pero aun así, la belleza eterna de aquella ciudad única, su originalidad, y los misterios y rincones que despliega a cada paso, hacen vibrar mi corazón en una noche para recordar.
Una luna obesa y plateada es la dueña de la luz que pinta aquel ambiente sórdido con colores opacos pero elegantes.
Al principio son sólo susurros, luego estos crecen en alaridos, olores, cantos, silbatinas, suspiros y la música medieval que, aglutinados, me van guiando a la fuente.
Por fin la encuentro, es el canal principal donde la ciudad entera festeja la fiesta pagana.
Y de la paz de tumba del chapoteo del agua me transfiero en un instante glorioso al bullicio del festejo centenario.
Me coloco la máscara blanca y me pierdo en el gentío que se apiña morbosamente. Allí están el tendero y la modista, y el conserje del hotel mezclados con los turistas en una ensalada pecadora, en una libertad fulgurante que de por sí… justifica la vida…
Los trajes negros de los hombres compiten con los vestidos con miriñaques y piedras engarzadas de las mujeres, las corbatas finas se enlazan con los escotes opulentos y deseados.
Admiro las góndolas que pasan engalanadas con velas multicolores, la muchedumbre enmascarada, el ambiente a vicio y relajo que todo lo contamina. Cada escena es un cuadro, cada paso una historia; me gustaría que el tiempo detuviera su marcha indefectible para poder disfrutar cada segundo como si fuera una hora, y no perderme detalle de esta obra majestuosa.
De pronto, distingo a mi presa, está sola. No se ha disfrazado y me sorprende su sencillez. Sólo lleva a manera de ritual un pequeño antifaz rojo que contrasta con su vestido azabache que apenas cubre su cuerpo.
Con sorpresa identifico esa boca, me recuerda a la mujer que todavía no conozco pero que de vez en cuando viene a besarme en mis sueños.
Está sentada en un rincón, mira el agua negra saturada por las chispas de los reflejos del carnaval.
Me acerco.
Entro en el círculo de su soledad. Parece que hace más frío a su alrededor. Le ofrezco un cigarrillo que acepta sonriente, como si me hubiera estado esperando. Fumamos compartiendo una calma transitoria, como las que preceden a las tormentas; cargada de ansiedad, de pasión, de promesas.
Se pone de pie y se marcha. Y yo la sigo y vuelvo a perderme; esta vez, con ella, en los recovecos de la ciudad anciana y moribunda.
Al dar la vuelta en una esquina presiento que la he perdido. Aunque no, ahí está, en aquel rincón donde los fantasmas nos hacen lugar para que demos permiso a los instintos.
La mañana me sorprende dormido. El chapoteo perezoso del agua me despierta. He dormido sobre la acera, al borde del canal, con la cabeza apoyada en un adoquín, tal vez milenario.
A duras penas me levanto, sacudo el polvo de mis ropas.
De ella, ni rastro…
Sólo espero volver a encontrarla en mis sueños.
Ricardo Viti, 2 de agosto de 2002