Cazando

Hacía tiempo que la tenía en la mira.

Laureana es una mujer decididamente impactante. Figura alta, pechos firmes y aplomados, cadera angosta, una cola parada con forma de pera, y unas piernas largas como carretera australiana. Su rostro es más agresivo que bonito. Pelo lacio, negro. La frente ancha, ojos verdes como los prados de Irlanda, y una boca de labios regordetes inspiradora de vicios oscuros aunque placenteros.

Laureana es la secretaria del Pichón, un amigo psicólogo con un corazón grande y luminoso.

Salía un día a almorzar cuando mi instinto de cazador pudo más que los ruidos de mi estómago. 

El consultorio del Pichón queda a un par de cuadras de mi oficina. Pensé una excusa cualquiera: el tema del liderazgo que habíamos estado charlando unos días antes, una invitación a comer. Cuando me quise dar cuenta estaba frente ala oficina.

Tiene una de esas puertas de películas de detectives, con una ventana de vidrio esmerilado, el nombre del dueño y el número de oficina en letras negras.

Golpeé suavemente.

La silueta de Laureana se dibujó. Aun a través de la deformación del cristal se podía ver lo buena que estaba.

-¿Si? –preguntó- ¿quién es?

Soy Víctor Morales, un amigo del licenciado. ¿te acordás? (ensayé un tuteo).

La puerta se entreabrió un poco y el rostro de Laureana  apareció cauteloso. 

-¿Víctor?, sí, pasá  -dijo devolviendo el tuteo.

Me quedé petrificado, mis ojos resbalaron por aquella piel desnuda insinuada por  una blusa transparente que remataba en una minifalda que apenas cubría un cuarto de aquellos contundentes muslos.

-El Sr. Lambra no está -siguió diciendo mientras miraba el reloj -Mmm… llegará en unos veinte minutos, ¿querés esperarlo?

-Sssíi -alcancé a balbucear.

El consultorio del Pichón consiste en dos habitaciones: una salita de espera con un sofá de cuero, una mesita pequeña llena de revistas de psicología , una biblioteca empotrada con libros que ya no debe leer nadie, el escritorio de la secretaria, y otra sala con un diván, un sillón, cuadros y plantas diseminadas sin orden ni gusto por todos lados. 

Me senté estratégicamente frente al escritorio de la chica. A ella pareció no importarle, depositó su superestructura en la silla dejándome a la vista la gloria de sus intimidades.

Estaba tan sumido en el espectáculo que no me di cuenta de que ella, haciendo lo propio, me observaba con igual esmero.

-¿Víctor …Víctor…?

Alcé la vista  e intenté contener, sin éxito, el rojo infame que me invadía la cara y, lo que era peor, las orejas.

Ella sonreía -Víctor, ¿qué mirás?

-T u s   p i e r n a s -dije mortalmente herido por mi súbita sinceridad.

Ni se inmutó, su sonrisa se desplegó publicitando unos dientes salvajemente perfectos. 

Se levantó. Pensé que venía derecho a pegarme una cachetada y ya la estaba esquivando, cuando estiró una mano y me revolvió el pelo.

-Loquito lindo, me dijo, vamos al diván a explorarnos un poco.

…. 

Miré alrededor. Los muchachos de la barra estaban paralizados por el relato, varios cigarrillos se consumían solos en el cenicero. Hasta el humo parecía detenido en el tiempo. 

El gallego se eternizaba en el lustre acompasado de un vaso de chop.

Los contemplé saboreando la atención, giré cancheramente  la vista hacia la ventana, como queriendo contener el poder del momento.

-¿Y? -dijo el cabezón Paglilla secundado por algunas otras bestias.

-¿Y? -dijo la voz de Laureana a mis espaldas…

Ricardo Viti, 23 de enero de 2002

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