Muerte a la Muerte

Los dolores de rodillas, como un despertador adicional, me recuerdan el deterioro, el envejecimiento, la cercanía de la muerte. Decía un amigo mío, ‘si después de los cuarenta te despertás sin dolores significa que estás muerto…’

Siguen luego los recuerdos que se pierden como gotas de lluvia absorbidas por el pasto de la primavera. Después, son los ojos que ya no ven de cerca, ni tampoco de lejos. 

Los sonidos tardan en llegar, se apagan, y más tarde un tono gris plateado pelea por ganarle a la calvicie, que no afloja.

Síntomas de la edad, símbolos de la muerte a los que hay que resignarse… o había que resignarse hasta la semana pasada que, buceando en Internet, encontré un sitio llamado deathtothedeath.com.  

Con mezcla de curiosidad y escepticismo, lo abrí. Anunciaban un compuesto hecho a base de hierbas. La página web, llena de cuerpos esbeltos, saludablemente jóvenes y bellos ponderaba las píldoras como una sustancia maravillosa que no sólo prevenía la vejez, sino que era capaz de rejuvenecer los tejidos y los órganos internos quitando hasta diez años al (ingenuo pensé) que se le ocurriera comprarlas.

Estaba a punto de seguir mi navegación cibernética cuando un botón brillante captó mi atención, haga clic aquí y obtenga una muestra gratis, los gastos de envío van  por nuestra cuenta’… 

¿Qué puedo perder? me dije, y con decisión apreté ese botón del que ahora reniego.

Una semana después llegó a casa, venía en una cajita de plástico azul, casi negro.

  Recuerdo muy bien ese día, era una mañana de sábado lluviosa, casi fría a pesar de que estábamos en primavera.

Me senté frente a la caja, en el living . Con una sonrisa la abrí, contenía un panfleto parecido al de la web, lleno de fotos seductoras y letras grandes y hambrientas. 

Un pequeño frasquito verde agua reposaba en un paño de terciopelo del mismo color que la caja. Pensé: Demasiado bonito el recipiente para ser una muestra gratis. Arranqué el sello; un par de píldoras negras con forma de granos de arroz reposaban en el fondo. 

Guardé todo sin saber muy bien qué hacer.

Esa noche regresé al sitio  y releí las notas, volví a ver  las fotos e intenté infructuosamente encontrar más información sobre ese producto. Utilicé otros buscadores Nada, absolutamente nada sobre la marca o sus productos.

Tardé más de una semana en tragarme una de ellas. 

Frente a un vaso de agua, saqué con cuidado una de las píldoras negras y la tomé entre los dedos pulgar e índice. Era áspera al tacto. Me la puse en la boca y enseguida me llegó un sabor agreste y metálico a la vez, que se intensificó a medida que la dejaba ahí, sobre la lengua, hasta hacerse casi insoportable. Estuve a punto de escupirla pero recordé el vaso y dando un trago rápido y fuerte la ingerí. Ese sabor metálico rondó por mi boca durante un buen rato.

Al día siguiente me desperté temprano para hacer gimnasia. Me sentía muy bien, las rodillas no me crujieron, movía mi cuerpo como si pesara diez kilos menos. Salí a correr y al terminar mis veinticinco cuadras estaba fresco, renovado. Decidí hacerlo de nuevo por la tarde y, entre sorprendido y asustado, corrí cinco kilómetros.

Esa noche de mayo, mirando las nubes oscuras y descargadas de la tormenta que pasaban apuradas entre los rayos de una luna todavía joven, reflexioné sobre las famosas pildoritas.

Me senté en el porche de casa con un vaso de vino. Hacía frío, pero no lo sentía. 

Mi mente funcionaba rauda y clara a pesar de la bebida y del intenso día. Miré las luces de los faroles, se mostraban nítidas, y más allá, los árboles, las hojas, toqué mi cara para quitarme los anteojos… no los tenía puestos…

¿Me estaré sugestionando?, pensé, pero los colores claros, los dolores ausentes, la mente despejada; gritaban en mi cara que esto era cierto, que el producto funcionaba.

Dormí como un niño. Soñé con un tema del trabajo que hacía semanas que me tenía loco, la solución llegó en bandeja, obvia pero inexplicablemente oculta todo ese tiempo.

Otra vez a la mañana esa sensación de bienestar y poder, ese dominio claro del cuerpo. En el tiempo que corría veinticinco cuadras, corrí cincuenta. 

Una vez en casa volví a tomar el frasquito verde agua y saboreé la última píldora. 

Esta vez la dejé disolver lentamente en la boca aguantándome la intensidad del sabor metálico que dejó paso a un residuo dulce.

El espejo me devolvió una mirada joven. El cabello parecía más rubio que de costumbre y los reflejos grises habían desaparecido por completo. 

En el trabajo se sorprendieron agradablemente con mi sugerencia, nadie había pensado en aquella solución. 

La recepcionista del tercero, que normalmente se dirige a mi como ‘señor’, me trató por mi nombre de pila, y su sonrisa fue definitivamente más sincera, casi seductora.

Allí mismo, en la oficina, volví a buscar el sitio de las píldoras. El buscador me retornó un mensaje diciendo fríamente ‘dirección inexistente’.

Al principio pensé que me había equivocado. Busqué el mensaje original, hice clic en la palabra azul subrayada deathtothedeath.com , y otra vez el texto de dirección errónea o inexistente. Ya visiblemente nervioso utilicé un buscador… nada… ni una sola referencia al producto o al sitio…

El trabajo me pareció insípido. Por momentos me sentí como si viera una película, como si no fuera protagonista de esa realidad que sonaba absurda, tenía la mente completamente perdida, obsesionada por aquellas píldoras malditas.

De todos modos ese día me sentí físicamente muy bien, como nunca antes lo había estado. 

Traté de olvidarme de las pastillas. Se me ocurrió hablarle a la recepcionista del tercero, necesitaba distraerme.

La invité a tomar un café, y aceptó inmediatamente.

Ya sentados frente a frente en aquel pequeño café escondido a la vuelta de la oficina, con los pocillos recién llenos, todavía humeantes y espumosos, ocurrió algo que aún ahora me eriza la piel de la nuca.

Te comería todo, escuché que decía. La miré con asombro, sus labios permanecían sellados. Qué fuerte que esta este tipo, pensar que nunca me había fijado en él, me parecía tan jovato… 

Las palabras llegaban a mi mente como si vinieran de un walkman, como si mi cabeza fuera un receptor de radio. Le sonreí y se ruborizó. Giré la cabeza y miré al mozo que repasaba las mesas vacías. Lo vi sobresaltarse ante mi mirada, sus ojos se encontraron con los míos, ¿qué quiere este pelotudo?, dijo sin hablar. Alguna cosita más, señor? Murmuró mecánicamente por lo bajo. No, contesté, gracias.

Volví a mirar a Gordana, estaba fascinado. Sus ojos seguían ahí, esperándome, hablándome, y si lo invito a casa?, a ‘picar’ algo?, cómo se lo digo?, se mordió los labios ligeramente, pero no dijo palabra.

Sorbí un poco de café, los sabores llegaban nítidos, tostado, amargo, ácido, dulce…

Hoy me siento solo, dije con aire melancólico, necesito compañía en un lugar tranquilo… no sé… tal vez te parezca muy loco pero lo que más me gustaría en este momento sería sentarme a escuchar música, comer algo liviano, charlar…  y vos siempre me pareciste una de esas personas que transmiten paz, que saben escuchar.

Esa tarde nos amamos descaradamente. El sexo fue una experiencia mágica, prolongada. Las sensaciones brotaron multiplicadas y extendidas hasta llegar, muy lejos y en lo profundo, a una explosión agónica, estelar, primigenia…

La dejé en su casa con una sonrisa en los labios y una promesa de volver a vernos. Mi departamento me pareció oscuro y frío, como la cruda realidad que volvía a abrazarme después de aquella tarde loca.

Busqué en los panfletos, en el frasquito, lo único que encontré fue aquella dirección ahora inútil de la web.

Soñé con la muerte. Venía a buscarme vestida de negro, con su guadaña siempre afilada y sangrante. Luchaba con ella y vencía. De pronto me encontraba en un laboratorio, preparaba las pastillas y reía con una risa trastornada que terminó por despertarme. La receta se me escurrió entre las neuronas aletargadas y ya no pude volver a dormirme.

Me levanté de madrugada y seguí intentando una y otra vez con la computadora, que lógica y testaruda, continuó dándome la misma información.

Han pasado dos semanas. Los efectos de las pastillas tardaron un par de días más en disolverse dándome tiempo para una sesión adicional de amor tórrido y descontrolado con Gordana. Luego volvieron, como aquellos amigos pesados, los dolores de rodillas, el plateado del cabello y las palabras escurridizas que se depositan en la punta de la lengua negándose a salir.  

Hace tres días el proceso de deterioro se aceleró. 

Ayer no pude ir a la oficina, el cambio es devastador.

Por la mañana el espejo me devolvió un rostro arrugado, ojeras profundas, y una cabeza completamente calva. Mis manos temblaron al lavarme los dientes y un par de ellos se desprendieron sin respeto.

Ahora apenas puedo caminar; casi arrastrándome llegué al escritorio para escribir esto que espero sirva para explicar lo sucedido. 

El teléfono suena hueco, lejano, impaciente, pero ya no tengo  fuerzas   para     atenderlo,       seguro        que     es   …

Ricardo Viti, 17 de mayo de 2002

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