Liberado

Pensar que casi tiró aquel sobre a la basura. 

Por un momento creyó que se trataba de una propaganda, pero no, era nada menos que la notificación de su libertad, decía: Se le informa al ciudadano José Arnaldo Gómez que el día 12 de enero de 2025 será puesto en libertad de acuerdo con lo dispuesto por el Tribunal en lo Criminal N° 4 del Departamento Judicial de San Isidro. Seguían los motivos de su libertad temprana: la buena conducta y haber cumplido la mitad de la condena de 30 años por robo y asesinato.

Eso sucedió hace dos meses. 

Ahora recoge una bolsa de papel con lo que le quitaron en el 2010: unos pesos que seguramente no sirven para nada, un pañuelo, su DNI y un manojo de llaves, las de la casa que por entonces compartía con Diana. 

La calle no se ve muy distinta de cuando lo “guardaron”, salvo una mayoría de coches eléctricos, jóvenes sin género reconocible, celulares pulsera, y miseria, mucha miseria en forma de mendigos. ¿Será él un futuro mendigo?

Sus pies lo llevan a la casa de Diana, pero antes de llegar lo abruma la sed y decide entrar a un bar y tomar la cerveza más grande que encuentre.

La barra está vacía.

Se sienta en un taburete y casi se cae -falta de costumbre-

La bebida llega en un chop enorme, de medio litro por lo menos; miles de gotitas se agolpan heladas del lado de afuera del recipiente. Tiene miedo de tomarlo y de que se le resbale. El líquido ámbar y espumoso le trae recuerdos de su juventud, alocada y desperdiciada. Una suma de desaciertos lo llevaron al robo, asesinato, y luego la cárcel.

Si no hubiera estado medio borracho aquella noche, no lo hubieran atrapado, o quizá no hubiera apretado el gatillo inútilmente.

Ahora la cerveza es una amenaza amarilla, como los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. 

El pensamiento loco le arranca una sonrisa.

Sostiene la copa con decisión. Antes de sorber el líquido huele su perfume, amargo y con cereales, tan único de esa bebida.

Toma un trago hondo y siente la frescura que le baja hasta el estómago. Las neuronas saltan de alegría ante el vicio olvidado. Es su primer contacto con el placer después de tantos años. El alcohol no tarda en relajarlo y por fin puede disfrutar, aunque sean migajas, de su nueva libertad. 

Ésta vez será distinto. Buscará a Diana y se marcharán fuera de la ciudad. Encontrará trabajo en el campo. Aunque pensándolo mejor, tiene 57 años, es un ex-convicto por asesinato y robo de casi 60 años, ¿quién le dará trabajo?

La copa vacía lo observa y él cree que en vez de cerveza ha tomado tristeza. Y luego viene una pregunta empapada de angustia: ¿lo espera Diana? Hace años que no sabe nada de ella. Se acuerda de la canción: “Mirta de regreso”, esos eran 3 años a la sombra, no 15 como en su caso. Para el que vuelve del infierno solo quiere fantasmas, solo quiere un tiempo blando.

Canta en silencio el resto, las lágrimas brotan calientes y se deslizan brillosas por el rostro curtido.

Pide otra cerveza con la esperanza de que no sea tristeza sino es embotamiento. Éste  es bueno para no sufrir, acolchona los sentimientos. 

Paga lo que le parece un precio exorbitante, y vuelve al camino. 

El embotamiento también embarulla la mente. Un par de veces tiene que rehacer la ruta pues se pierde en esas calles renovadas. 

Llega a la puerta de la que fue su casa y toca el timbre, no se atreve a usar sus llaves.

El mareo, empujado por los nervios, se marcha como por arte de magia, mientras el corazón trastabilla alocado por escapar de su pecho, y el estómago se estruja como cuando lo atrapó la policía. 

Se escucha un trote infantil; la puerta se abre. Una chiquita de 10 años lo mira asustada. Se parece mucho a Diana, demasiado.

Ricardo Viti, 20 de mayo de 2019.

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