Tía Amanda

Desde muy chico la sufrió. Era hermana de su mamá pero de personalidad completamente opuesta: su madre era dulce, buena, afectuosa. La tía Amanda era cruel, agria y tan malvada como el personaje Cruela de Vil de los 101 dálmatas. 

Sus primeros recuerdos se remontaban a las visitas a la casa de la calle Ibiza, cerca del Parque del Retiro. Ni bien llegaba, y sin que la madre se diera cuenta, le arrancaba lágrimas mediante pellizcones en las mejillas mientras le decía: -¡qué rico se a puesto Valerio!

Cuando comenzaba el llanto agregaba: -¡pero si es muy llorón ese hijo tuyo!

Al marido lo asesinó a disgustos. Amanda no se conformaba con nada y lo vivía denigrando de la mañana a la noche. Pepe era un hombre bueno que había cometido un error bestial al casarse son esa arpía.
Acababa de jubilarse cuando “se le fue la mano” con la medicación y murió intoxicado. 

Durante el velatorio, Valerio, que había entrado en la etapa de adolescente rebelde y no se guardaba nada, acusó a la tía por la muerte de su esposo. Ella nunca le perdonó. Esperó más de 30 años, y en ese período acumuló odio y resentimiento hasta que encontró la oportunidad de venganza. 

Fue un error fatídico de Valerio. Amanda había sufrido un ACV con secuelas importantes que la había dejado paralizada de la cintura para abajo.

La madre de Valerio presentó la propuesta pues las enfermeras le duraban uno o dos días a la hermana. 

Si cuidaba a la tía heredaría la casa de la calle Ibiza. 

Valerio acababa de terminar con una pareja de diez años y dos hijos, no tenía dónde vivir y el 75% de su sueldo terminaba en los bolsillos de su exmujer.

Aceptó la oferta, y comenzó el infierno. 

Dos veces por día debía llevarla a pasear al Retiro en su silla de ruedas. Ella aprovechaba para acosarlo emocionalmente con preguntas que, como pequeñas dagas, se le clavaban en el corazón. 

Invariablemente se hacia encima y él debía bañarla y cambiarla. Casi siempre volvía a hacerse, parecía que se guardaba algo para soltarlo después tan pronto como se sentía limpia. 

El calvario le cambió la personalidad al muchacho, lo volvió taciturno y malhumorado. Dejó de salir con amigas y en los pocos descansos se sentaba frente a la ventana que daba a la avenida mientras escuchaba melodías sombrías y tristes como Pavana para una Infanta difunta, su pieza preferida.

Todo sea por heredar la casa, justificaba para sus adentros. 

Una monotonía cruel y enfermiza se instaló en la casa hasta que encontré su testamento y decidí matarla.

De pronto se enteró que la muy cretina legaba la casa de la calle Ibiza a Don Ramon, el portero.

¡Menuda sorpresa me iba a llevar!

Por semanas navegué internet de forma compulsiva, buscaba la forma más segura para eliminarla y que no dejara rastros. Al mismo tiempo preparé un testamento alternativo que envié al abogado meses antes de la muerte de la vieja. 

Aproveché una noche de invierno que Amanda se encontraba con una gripe feroz que le provocaba fiebre y le dificultaba la respiración. 

Sobre las tres de la mañana se intensificó su tos. Fue muy simple, solo tuve que taparle el rostro y esperar a que dejara de sacudirse. Lo peor fue cuando retiré la almohada y me encontré con una sonrisa llena de dientes y los ojos bien abiertos. 

El médico diagnosticó muerte por ataque cardiaco, y yo quedé libre de culpas y dueño de la casa de la calle Ibiza. 

La vida poco a poco cambió de ritmo. El trabajo mejoró y conocí a una mujer estupenda, Rosa. 

Volví a sonreír.

Fue la primera vez que hice el amor con Rosa que Amanda me habló. Esperó justo al momento antes del orgasmo. Su voz se escuchó clara e inconfundible dentro de mi cabeza: -Valerio, ¿te creías que te ibas a salvar de mi así de fácil?

Aquí estoy, para acompañarte y recordarte siempre lo inútil que eres.

-Demás está decir que no pude consumir el amor con Rosa aquel día. 

A veces desaparece por una o dos semanas, lo suficiente para crearme una esperanza, luego se presenta de improviso, en el momento más inoportuno, para torturarme.

Ricardo Viti, 12 de Julio de 2016

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