Salgo de la cama y lo primero que hago es un licuado, así como estoy, en pijama y con las lagañas puestas. Abro el sache de leche fresca y entera, saco unas cuantas bananas y las pelo, echo todo en la licuadora, un chorrito de vainilla, un par de cucharadas de dulce de leche, una buena dosis de crema y ¡a batirrrrr!
Miro el aparato creándome ese dulce placer, escucho el ronroneo del motor y como va aumentando de velocidad a medida que termina de mezclar los ingredientes.
Luego le toca el turno a las croissant, ¡las medialunas bah!. Agarro unas cuantas, tres o cuatro, y las pongo en la tostadora. Luego, ya crocantitas, las abro y las unto con manteca pura y veo como se impregna la masa con el liquido brillante.
¡Ya esta listo el licuadooo!
Sonrío frente a la imagen de las facturas y el vaso enorme de licuado. Tomo un sorbo intenso y profundo, me quedan los bigotes amarillentos, luego muerdo una de las pobres medialunas, la enjuago con mas licuado, y así hasta que no queda nada doctor, apenas unas miguitas que presiono con el pulgar y trago displicentemente.
¿Doscientos setenta me dijo?, inquiere el medico.
Doscientos sesenta y ocho, digo con orgullo.
Levanto la vista y miro el mar, y la pequeña isla que me rodea. Con una sola palmera pero sin cocos, igualita a la de los chistes. Hace dos semanas que la tormenta se llevó el velero. Apenas salve un par de bidones de agua. Por lo menos se me inunda la boca con la saliva al escribir estas líneas. No hay nada que comer, y todavía no se me ha ocurrido masticar el cuaderno, el escribir me ayuda a alimentarme, por lo menos en mi imaginación. La arena se extiende despacio alrededor de la isla, y los pocos peces se ríen de mi desgracia, imposible atraparlos con las manos, ya lo he intentado.
Dejaré de escribir, el sol cae y estalla en mil tonos , un espectáculo único del que disfruto cada atardecer.
Tal vez mañana me rescaten. Si no, seguiré alimentándome de fantasías.
Ricardo Viti
20 de julio de 2006