Postpandemia

No has hecho bien el trabajo, y el cliente se ha quejado. 

Luisa, te hemos perdonado muchas veces. Demasiadas.

La imagen se vuelve borrosa por las lágrimas. No quiere llorar, pero no lo puede controlar. Intuye una sonrisa en el rostro de su jefe.

Lo mataría.

Entregá tu laptop en Recursos Humanos, y la credencial, y llevate tus cosas. 

Detrás está la perra de la secretaria, también sonríe, imperceptible.

Abre los ojos y los sabe mojados. Otra vez ha llorado mientras duerme.

Tiene frío. El mal sueño le ha quitado las mantas. 

Ya hace tres meses que perdió su trabajo, ¿o cuatro? Fue apenas terminó la cuarentena.

Tiene 50 años. Es una vieja, ¿quién va a contratarla? 

Se cubre la cabeza como cuando era chica y escurría sus temores en ese mundo de oscuridad y calor, un sustituto del útero de su madre.

Pero hay que levantarse. Según sus cálculos le quedan 5 o 6 meses hasta que se coma todos los ahorros. Y eso si no hace estupideces.

Se pone la bata y va para la cocina. Una montaña de platos sucios le da los buenos días. No les contesta, se hace un té y una tostada. 

Con la taza en las manos mira por la ventana del living. Afuera llovizna y hace frío. 

Le viene a la mente la imagen de Oscar. Su pareja por 6 años. La Pandemia los separó. Por meses no pudieron verse. Al principio pasaban horas en videollamadas. Hasta hacían el amor por ese medio, pero luego él se empezó a mostrar distante, a buscar excusas tontas para no verla.

Y un día se lo dijo: Era Norma, la vecina. 

Otra vez el mundo se torna esmerilado.

El COVID no se le pegó, pero la vida la ha surtido con ganas en la pospandemia.

Hay que trabajar, y el trabajar en buscar trabajo es un espanto, pero también una necesidad.

Durante un par de horas se dedica a responder ofertas, contestar emails y llamar por teléfono.

Se cansa y decide salir. La garúa ha sido reemplazada por un viento helado y el cielo se ha puesto de un gris oscuro y siniestro.

Va a la farmacia. Sólo la gente con perros ha salido a la calle. Una chica se le cruza con un caniche. Un perfume caro reemplaza al aroma de las hojas del otoño y la transporta a un casamiento. Fue la noche en que conoció a Oscar, llevaba ese mismo perfume. Alguien los presentó. Le gustaron sus ojos azules y la mirada pícara llena de promesas. Ella acababa de salir de una relación horrible con un abusador emocional, y el muchacho le pareció tierno y sensible. 

Fueron buenos tiempos hasta que llegó la pandemia. Hicieron viajes juntos a Brasil y República Dominicana. Al cabo de 5 años él le propuso vivir juntos, pero ella decidió que no, que quería su independencia, su propio espacio. 

¡Pésima decisión!

En la farmacia hay un anciano con una lista de remedios. La empleada le trae las medicinas y pero finalmente las cuentas no cierran, al hombre le falta dinero. Se angustia, putea contra el gobierno y se lleva lo que puede.

Es su turno, cuando la empleada le pregunta qué quiere se da cuenta de que se ha olvidado lo que iba a comprar. Por suerte es sólo un instante: Zolpidem, le dice. Es caro, pero últimamente le cuesta conciliar el sueño. 

Otra vez se encuentra con la soledad cruel del departamento.

Es hora de almorzar, sin embargo no tiene hambre. Se calienta el caldo de anoche y prepara unas tostadas con queso crema. 

Busca en YouTube algo para ver. Al Netflix lo tuvo que cancelar para achicar gastos.

Vuelve a llover.

Un vaso de tinto no le vendría mal. Lo saborea despacio observando la lluvia implacable. 

El sonido del celular la arranca del momento, sobresaltándola.

¿Luisa Paredes? Te llamo de Hawk Systems. Nos han hecho llegar un curriculum tuyo y nos gustaría entrevistarte. ¿Mañana puede ser? ¿Sobre las 10?

La sonrisa y los calores le iluminan el rostro. 

Esto da para otro vino, se dice a sí misma y en voz alta.

Se desliza entre las sábanas. Un calor maternal la invade y deja que el sueño la acune.

Una hora después despierta con algo de resaca que el recuerdo de la oportunidad la borra de un plumazo.

Llama a su amiga Olga. No contesta.

Toma el libro que le regalaron para su cumpleaños: Te conozco Mendizábal, de Eduardo Sacheri. Comienza a leer un cuento aunque pronto se da cuenta de que su mente está en otro lado. Se esfuerza por concentrarse. Es un hombre al que le atrae una mujer muy bonita, cree que lo mira pero al final se da cuenta de que no lo miraba a él sino a un espejo.

Toma el Ipad y abre Tinder. No ha tenido suerte últimamente. A los 50 y pico parece que los hombres sólo quieren gastarse los últimos cartuchos, no hay interés por una relación estable y larga.

No encuentra ningún candidato potable. 

Olga la llama. Ella es como no le gustaría ser en 10 años, una especie de antimodelo o antiejemplo. Ha engordado, no hace gimnasia, fuma y toma, y salta de hombre en hombre. Su única ventaja es que le sobra el dinero. Una tía le ha dejado un par de millones de dólares. La realidad es que no sabe cómo gastarlos y es un poco tacaña. Cuando salen, por ejemplo, insiste en que paguen a medias.

Hoy está resfriada y se quedará en su casa.

Ya es casi de noche.

Otra vez la ventana.

Alguien le llama la atención. 

Es el anciano de la farmacia. Camina de una esquina a la otra frente a su casa mirando el suelo como si buscara algo.

¡Se va a morir de frío!

Sin pensarlo se pone la bata y baja.

Ahí está, la mirada perdida, los labios violáceos, la tez blanca.

Sus ojos le recuerdan a los de Oscar.

¿Qué le pasa, señor?

Las llaves de casa, se me cayeron, tienen que estar por acá.

Un trueno los sobresalta a los dos. Gotas gruesas e implacables comienzan a azotarlos.

Venga a mi departamento hasta que amaine. Acá se va a morir congelado. Le dice mientras le tiende una mano

El hombre la observa con mirada extrañada, pero extiende también su mano que ella siente dura y callosa, aunque tibia.

En el departamento le quita el impermeable y lo cuelga en la entrada, luego trae una toalla. Él se sienta en el sofá y observa todo con la expresión de un niño.

Es bonita tu casa, le dice con voz dulce. 

Gracias. Voy a preparar un té, contesta ella.

En la cocina reflexiona sobre lo que ha hecho.

Recoger de la calle a un hombre que no conoce, ¿está loca o se hace?

¿Puedo poner música?, pregunta él tímidamente sacándola de sus pensamientos.

Tengo un parlante bluetooth, está en la biblioteca.

¡Ah!, dice él con orgullo. Entonces la música la pongo yo.

Los saquitos están ya dentro de la pava. Los usa un par de veces para ahorrar.

Gymnopedie nro.1 suena cristalina y cambia completamente el ambiente. Es como si se hubieran encendido las luces y aumentado la temperatura.

Luisa descubre su segunda sonrisa del día junto con un paquete de galletitas que creía comido y ni siquiera había abierto. 

Cuando aparece en el living, él se ha puesto de pie.

Ella deja las cosas sobre la mesa ratona. 

¿Bailamos?, escucha.

Se funden en un abrazo. Su perfume le recuerda al hogar de la casa de su niñez. Leña quemada mezclada con pino y eucalipto. 

Huele a su padre.

Bailan muy despacio, casi sin moverse. La pieza es corta y luego suena el Canon de Pachelbel. No son lentos pero es como si lo fueran, aunque tal vez mejor.

Deja que la lleve y su mente se relaja. 

Va a hacer algo muy loco, lo sabe. 

Lo besa en la mejilla, y luego en los labios.

Le toma de las dos manos y lo lleva a su habitación.

El té escucha la música hasta que, poco a poco, se enfría.

Ricardo Viti, 28 de febrero de 2024

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